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Ingenuidad del Intelectual
Triunfo del populismo
por Eduardo García Gaspar

 
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          Muchos lo podemos reconocer cuando lo vemos frente a frente. Estamos preparados para hacerlo y al detectarlo lo solemos rechazar. Su mismo nombre connota ideas negativas de política sucia y engañosa. Lo llamamos populismo.

          Pero cuando se nos pide definirlo, empiezan las dificultades. No es tan fácil como debiera serlo. Vemos a, por ejemplo, Hugo Chávez y no tenemos duda del populismo que practica. Verlo es una gran ayuda académica para detectar un rasgo central del populismo: la creación de conflictos dentro de la sociedad.

          Un buen populista siempre encuentra grupos enemigos. Obama lo ha practicado también. El populista crea grupos a los que califica con adjetivos conocidos: capitalistas, especuladores, enemigos del pueblo, intereses ocultos, fuerzas desestabilizadoras, comerciantes codiciosos, monopolistas, multinacionales, imperialistas y muchos otros más nombres.

          Es un truco primitivo, pero suele funcionar bien dentro de un mecanismo mental simple: esos grupos malévolos por definición son los enemigos que el populista atacará como una misión personal sagrada que favorece a la gente común, a la mayoría, al pueblo, a los débiles, a los marginados. Toda la idea es que el populista obtenga apoyo mayoritario.

          Una manifestación sensacional del populismo es Chávez y sus expropiaciones. Si los comerciantes elevan precios, los expropia. Si un campo de golf le parece excesivo, lo expropia. En una versión no menor, Obama ha hablado de las malas aseguradoras a las que les ha hecho la guerra en aras del bien de las mayorías. 

          Por supuesto, el populismo tiene otros rasgos, como el manejo descuidado de los recursos públicos, la elevación del populista a un nicho sagrado, concentración de poder, degradación del estado de derecho, eternización en el poder, culto a la personalidad. Pero lo que más importa es la razón por la que el populismo tiene éxito entre demasiados.

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          Sí, sabemos que el populismo es un viejo y sucio truco político que en realidad tiene como objetivo elevar y mantener a alguien en el poder, permitiéndole implantar sus ideas personales sin limitación. Pero la duda queda, ¿cómo es que sabiendo que se trata de un engaño aún así se sucumbe a él? 

          Me refiero a, por ejemplo, ciudadanos que votaron por candidatos claramente populistas.

          Le pedí sugerencias a un amigo para que me ayudara a contestar esa pregunta. 

          Lo primero que me dijo usó palabras que no me atrevo a repetir, pero que se referían a la ingenuidad, al candor e inocencia de tantos ciudadanos. Se trata de una respuesta basada en la credulidad de la gente con escasa preparación y educación pobre.

          Una gran masa de ciudadanos demasiado simples, siempre dispuestos a la llaneza de creer lo que un político les diga. Es una realidad dura y cruel, pero que no es nada con la otra explicación que me dio y que espero explicar con claridad en lo que sigue.

          La anterior explicación del éxito del populismo se centra en la impreparación de un número importante de ciudadanos que pecan de inocentes y crédulos, y les convence la idea de que tienen enemigos muy poderosos de los que los librará el populista. Pero la siguiente explicación es que el populista también atrae a muchos de los más educados y preparados, a la elite del pensamiento.

          Mi amigo expuso su breve análisis diciendo que el populismo atrae al escasamente educado, pero también al altamente educado porque ambos son muy parecidos en una cosa. Los dos, los no educados y los intelectuales, son extraordinariamente cándidos, crédulos e inocentes en lo que se refiere a cuestiones políticas. Creo que la idea tiene su originalidad.

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          Entiendo que personas con escasa educación sean engatusadas con facilidad por un populista que les engaña con promesas irrealizables y bienestar futuro fácil de lograr. Eso se comprende con facilidad. Pero que la elite de los más preparados también sea engañada por el populismo me costó trabajo entender. 

          “Los más educados, los de la elite intelectual”, me dijo, “también se tragan el cuento de la existencia de enemigos de los que nos librará el gobierno si se le permite actuar sin limitaciones al populista que se creen tiene metas sociales altruistas. Los únicos que se pueden salvar son los que tienen más sentido de la realidad, los que viven de su trabajo y conocen los males que los gobiernos producen”.

          Toda la idea me sorprendió, pero, la verdad, también salí convencido de que mi amigo tenía un buen punto. 

          Según él, los intelectuales muy educados son igual de cándidos y simples que los de muy escasa educación. Los dos se tragan con notable inocencia el cuento de las buenas intenciones gubernamentales basado en una representación boba de la sociedad en la que existen enemigos ocultos. Los que no tienen esa candidez son los que conocen el mundo real y padecen en carne propia la realidad de un gobierno lleno de buenas intenciones.

Con la autorización de Contrapeso.info para Informe Uruguay

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