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Año V - Nº 270
Uruguay,  25 de enero del 2008
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EL CONSUL PERLASCA
27 de enero – recuerdo de las víctimas del Holocausto

Graciela Vera
por Graciela Vera
Periodista independiente
 
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           Hace pocas semanas tuve oportunidad de ver una película que me hizo pensar en lo poco que conozco (conocemos) de la España que coexistió durante el régimen franquista, con los avatares de la Segunda Guerra Mundial.

            Para el mundo España fue un país neutral, no beligerante, con un gobierno fascista con claras simpatías hacia el nazismo, que se magnificaron con la participación de la División Azul en el frente ruso.

            ¿Qué le debe el pueblo judío a un país de tales características?

            Una respuesta apresurada nos llevará a repetir un error demasiado común.

            Un análisis parcial de la historia nos impediría obtener la visión íntegra. 

            Muchas veces una sombra muy grande nos hace creer que hay un todo inmenso que la produce cuando quizás esté formada  por muchas sombras pequeñas. Como en este caso en el que un protagonista, para mi desconocido, alojó  en mi cerebro esas sombras que ahora reflejan luminosidad.

            El 27 de enero de 1945 el ejército soviético llegó al horror de Auschwitz-Birkenau, el mayor campo de exterminio nazi. Sesenta y un años después el mundo recordó por primera vez como un todo aquella barbarie. Unas semanas antes, el primero de noviembre del 2005, las  Naciones Unidas habían aprobado la resolución 60/7 por la que se designaba la fecha del 27 de enero de cada año como Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto.

            Me pregunto que pasaba en España cuando las tropas de Hitler invadían países y arrasaban dignidades. Muchos judíos españoles fueron deportados y en donde vivo, Almería, cada columna de este monumento que vemos en la foto de abajo, recuerda a uno de los almerienses que entraron por las puertas de los campos de concentración alemanes por el solo hecho de ser judíos.  

            Retrocediendo hojas en el libro de la historia me encuentro con capítulos que me conducen por laberintos donde la ignorancia y las heroicidades anónimas caminan por el mismo trillo y no puedo menos que sentir asombro e incredulidad.

            Asombro por lo difuminada que puede escribirse alguna parte de la historia cuando la pluma toma vida ajena y prioriza los  rencores.

            Incredulidad ante las acciones casi incompatibles entre sí, producto de un mismo gobierno.

            ¿Franco ayudó a los judíos perseguidos por el nazismo?, cuando leemos que para él, ‘la conspiración judeo-masónica ‘ que estaba seguro se tramaba en su contra hacía peligrar la existencia misma de su España nos cuesta creerlo, pero diferentes historiadores que nos dan visiones que en sus contrasentidos no hacen más que profundizar la duda, nos tientan a seguir investigando.

            Creemos resumir los extremos opuestos, los criterios tendenciosos de la investigación y la búsqueda de la ecuanimidad  en un artículo del historiador, periodista y escritor César Vidal en el que el autor se hace la misma pregunta que yo ahora: ¿Fue Franco un antisemita?

            Al no ser española de origen, al tener que vivir esa época a través de la visión de terceros, entender la ignorancia del común del pueblo español sobre la barbarie que acorralaba a los europeos (de uno y otro bando) que vivían al norte de los Pirineos, ha implicado la labor de tratar primero entender su propia guerra, con sus odios, miserias y temores.

            Me sorprendo cuando creo entender las contradicciones. Me dicen que Franco quizás fuera antisemita pero no era anti sefardita. Cuando descubro que su propio apellido (Franco) es serfardí me encuentro más proclive a comprender.

            Los españoles vivían una dictadura cuya institución los había aislado del mundo. España como país no podía siquiera pensar en sobrevivir a otra guerra.

            ¿Porqué si el régimen franquista era supuestamente contrario al judaísmo, mantenía un decreto ley que se dictó en  1924 durante la dictadura de Primo de Rivera  y por el que se otorgaba la nacionalidad española a todos los descendientes de los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos, ley que tuvo su apogeo durante la Segunda Guerra Mundial cuando los judíos sefarditas comenzaron a acogerse a ella en los consulados españoles en países europeos invadidos por la Alemania nazi. 

            Una investigación concienzudamente realizada en forma totalmente imparcial puede develar muchas dudas sobre esta época en España  y estoy ansiosa de saber más sobre el particular, pero en esta oportunidad debo alejarme de la figura de Franco porque no es a él a quién voy a referirme,  sino a otros hombres a los que el tiempo ha colocado sobre los pedestales que ellos mismos, quizás sin siquiera pretenderlo, cimentaron con su heroismo y su amor por los demás.  

            Una película hizo que me interesara en la figura de Giorgio Perlasca, Jorge mientras se hizo pasar por cónsul de España en Budapest, pero aquel italiano no fue el primero que desde la embajada del país supuestamente neutral, supuestamente antisemita, supuestamente pro-nazi, salvó la vida de miles de judíos.

            Los años de su vida antes de aquel invierno de finales de 1944 y principios del 45 podemos resumirla en pocas frases, sin embargo lo que parece imposible de atesorar en un escrito, por más que nos extendamos, son esos pocos y frenéticos meses: diciembre y enero.

            Giorgio Perlasca nació en 1910 en la provincia de Padua, Italia,  en un pueblito ribereño del lago de Como. Muy joven se decantó por el fascismo, participó activamente durante la Invasión de Etiopía y en la Guerra Civil Española se alistó como voluntario para luchar junto a Franco.

            Por su actividad recibió de éste un salvoconducto que le garantizaba especial protección en las embajadas españolas de cualquier país.

            Poco después abandonó España porque se sintió defraudado por el fascismo franquista, a causa de la tolerancia de éste con el nazismo y el antisemitismo.

            Durante la Segunda Guerra Mundial Giorgio Perlasca trabajó con status de diplomático, en los países de la Península Balcánica buscando abastecimientos para el ejército italiano. Cuándo Italia se rindió a los Aliados, él permaneció en Budapest y cuando los nazis ocuparon Hungría su seguridad se vio seriamente comprometida.

            Podía haber dejado aquel país pero optó por refugiarse en la embajada de España haciendo uso del salvoconducto otorgado años antes por Franco. Se camufló como ciudadano español con el nombre de Jorge Perlasca.

            Y es a esta altura que en la historia comienzan a surgir otros nombres, como el del embajador Ángel Sanz Briz que por entonces logró junto a otros diplomáticos de estados neutrales, sacar a muchos judíos de forma clandestina de Hungría.

            España estaba en condiciones de dar un paso más, de hacerlos pasar por ciudadanos de este país en base a la ley que reconocía como españoles a todos los judíos de origen sefardí. Las cartas de protección que daba la embajada y a la que los judíos se aferraban como última esperanza decían:

“… Los familiares de los españoles en Hungría requieren su presencia en España. Hasta que se reanuden las comunicaciones y el viaje sea posible, permanecerán aquí bajo la protección del gobierno de España.”

            Ser sefardita era lo mismo que ser español y como tal ciudadano de un país neutral pero lo cierto es que los sefardíes eran muy pocos en el total de judíos protegidos por la nacionalidad española. Quizás la colonia sefardí en Hungría no llegaba a los doscientos individuos pero los diplomáticos habían oído hablar de las cámaras de gas e intuido el destino final de aquellos que eran deportados y habían decidido salvar al mayor número posible de judíos.

            Varias casas bajo soberanía española daban albergue a cientos de familias judías, pero a pesar del  ingente  esfuerzo de la embajada por mantener la inviolabilidad de ese territorio, no siempre lo lograba. No obstante, el balance seguía siendo positivo.

            Todo este trabajo hubiera quedado interrumpido y la protección desaparecido cuando, ante la inminente llegada del ejército ruso a Budapest, los representantes diplomáticos, entre ellos el embajador Sanz Briz, fueron trasladados a Suiza.

            Ya no había delegación diplomática española en Hungría y por lo tanto las casas donde se refugiaban los judíos dejarían de estar protegidas. Todo el esfuerzo parecía perdido pero Perlasca, aún a sabiendas de que quedarse y rechazar el salvoconducto que Sanz Briz le hizo llegar desde su nuevo destino para que pudiera retornar a su tierra, podía significar la encarcelación e incluso la muerte a manos de los rusos, para los que los italianos y españoles se habían convertido en enemigos, decidió quedarse para proteger hasta la llegada de los rojos, a los judíos que estaban en las casas y a los cientos más que llevó a ellas durante aquellos aciagos días.

            Ideó un plan. Anunció el retorno del embajador Sanz Briz y se autonombró cónsul de España. Nadie le desmintió, los pocos empleados que quedaban en la embajada le apoyaron y ayudaron; noche y día se emitían nuevos salvoconductos para los nuevos refugiados y para reponer los que les eran arrebatados a los ya protegidos cuando  la inmunidad territorial era violada.

            Jorge Perlasca había ideado un sistema para mantener comunicadas las casas protegidas con la embajada, por medio de mensajeros conocedores de todos las callejas que permitían unir unas con la otra sin pasar por los puestos de control de los soldados.

            Así podía estar alerta las 24 horas y así pudo en más de una ocasión rescatar a las familias arrancadas de la tambaleante seguridad de las casas. Sobornando  lo sobornable, exigiendo y amenazando con exigencias y amenazas que no tenían asidero y que de ser descubierta su fragilidad inmediatamente le hubieran significado la muerte; con la sangre fría de quien tiene delante una misión prácticamente imposible, ‘el cónsul de España’ detenía columnas de prisioneros y las retornaba al sitio de donde habían sido arrancadas;  bajaba a los judíos, cuyas cartas no habían sido tenidas en cuenta  por los soldados, de los trenes a punto de partir hacia los campos de exterminio y siempre se llevaba consigo a algunos otros.

            Era consciente que el tiempo jugaba en su contra y que la salvación de los judíos húngaros podía significar su perdición, pero aún así aguardó a que el ejército ruso hubiera tomado la ciudad para iniciar, recién entonces, sabiendo que había arrancado de la muerte alrededor de 5.200 judíos, su viaje de retorno hacia Italia.

            Ya no era Jorge, volvía a ser Giorgio, el que durante más de treinta años mantuvo secreta su historia y así quizás seguiría si un grupo de mujeres de la comunidad judía de Hungría no hubiera rastreado a aquel diplomático español que les había salvado la vida a tantas familias.

            En 1989 Israel le proclamó Justo y le concedió el título de Ciudadano de Honor invitándole a plantar el Árbol en la colina de los justos de Yad Vashem, en Jerusalén.

            Italia le otorgó la Medalla de Oro al Valor Civil y el título de Gran Oficial de la República.

            España, país en cuyo nombre realizó su extraordinario trabajo humanitario, le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica.

            Hungría le otorgó La Estrella al Mérito, máxima distinción honorífica nacional.

            En 1990 Estados Unidos le recibió como un héroe cuando fue invitado a la colocación de la primera piedra del Museo del Holocausto en Washington.

            El 15 de agosto de 1992 en la localidad italiana de Pádova dejaba este mundo alguien que nos hace creer que la humanidad para no repetir sus errores y sus horrores, no sólo debe recordar su historia sino que en la historia deberá haber siempre hombres como Giorgio Perlasca.

Desde Almería, en el sur del norte, 24 de enero de 2008.

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