La
vitalización de los partidos
Oscar
A. Bottinelli
Uruguay
tiene un sistema político que se ha definido como partidocéntrico,
en tanto los partidos políticos cumplen un rol central en el manejo del
Estado y el Estado tiene en el país un rol extraordinariamente fuerte.
Pero además la centralidad de los partidos ha ido de la mano de su papel
de articuladores de la sociedad, sin que hayan podido ser desplazados ni por las
organizaciones gremiales (el grupo de presión más fuerte en cuanto
a organización de masas) ni por lo que se le denomina “la sociedad civil”,
que es un conjunto de organizaciones no gubernamentales de desigual peso, influencia
y convocatoria. Estos partidos políticos han contado en la mayor parte
del tiempo con dirigencias de fuerte confiabilidad pública y un manejo
altamente profesional y sofisticado de la política y del gobierno, así
como han debido moverse en un sistema político (electoral, de partidos,
de gobierno) altamente complejo, sin duda el más complejo del planeta.
Y también han contado con una adhesión de la ciudadanía de
alta pertenencia.
Las pertenencias posiblemente han bajado algo, aunque algunos
creen que han bajado mucho. Es que se confunde la excepcional caída de
las pertenencias tradicionales con la caída de las pertenencias en general.
Ocurre que se ha producido un fenómeno significativo de sustitución
de pertenencias. Probablemente en los años cincuenta ocho de cada diez
uruguayos manifestaba pertenencias a una de las dos colectividades tradicionales
y esto se elevaba a nueve de cada diez al incluir las pertenencias cívica
(de la Unión Cívica), comunista y socialista. Hoy la pertenencia
a ambos partidos tradicionales sumados apenas alcanza al tercio de la población,
pero más de otro tercio se define como frenteamplista. Ergo: más
de dos de cada tres uruguayos se siente de un partido. La pertenencia implica
no la adhesión puntual en un acto electoral, ni siquiera la mera simpatía,
sino el sentirse “ser” blanco, colorado, frenteamplista.
Un
año atrás la relación de la sociedad con el sistema de partidos
diseñaba este mapa (en trazos gruesos): más o menos la mitad orientado
hacia la izquierda, alrededor de un 15% para cada partido tradicional, un 10%
de indefinidos y otro 10% de refractarios, los que dicen “no voto a ninguno”.
También se notaba un fuerte agotamiento del poder de convocatoria de los
liderazgos tradicionales, los que dominaron los partidos tradicionales en la última
década y media. Hoy el panorama es otro: la izquierda sigue más
o menos en lo mismo, los indefinidos han bajado algo y los refractarios volvieron
al muy bajo nivel tradicional de algún que otro punto porcentual. El mayor
cambio se operó desde diciembre en los partidos tradicionales. El coloradismo
no ha salido del empantanamiento y los blancos han despegado hasta tocar el nivel
de las elecciones de 1994.
¿Qué
ha provocado este fenómeno o estos dos fenómenos opuestos, la vitalización
y el estancamiento? Sin duda las formas y sustancias en que uno u otro partido
operó en relación a su situación. El Partido Colorado apostó
a un juego muy complejo, que se puede caracterizar en: a) no apostó a la
continuidad de sus liderazgos; b) tampoco apostó al retiro de sus líderes,
dado que al menos Sanguinetti sigue en carrera hacia el liderazgo del Partido
Colorado; c) Batlle impulsa y fuerza una candidatura única; d) Batlle da
un paso al costado en materia de candidatura propia y el nuevo referente de La
15, Atchugarry, por dos veces rehuye el desafío de un liderazgo efectivo
(no asume el riesgo de las candidaturas mayores: la presidencia, la vicepresidencia);
e) el referente electoral del Partido surge de un acuerdo de cúpula entre
los dos máximos líderes y apunta a una renovación de figuras
pero no generacional. El producto ha sido hasta ahora el estancamiento.
En
el Partido Nacional, Lacalle y el herrerismo se aprestaron a revalidar en las
urnas el liderazgo partidario, mediante la consolidación de la estructura
sectorial, el limado de diferencias internas, el trazado de reglas para la definición
de candidaturas parlamentarias y una fuerte campaña proselitista. El desafío
central a Lacalle fue protagonizado por Larrañaga, quien debió recorrer
un largo camino para trasformarse en el challenger único: convencer a todos
que todos los caminos conducían a la dualidad Lacalle-Larrañaga,
demostrar que "Larrañaga no se cae" (como todos sus actuales
socios y buena parte de los extraños pronosticaron hasta mediados del año
pasado), apostar al todo o nada sin negociar con ningún otro sector (hasta
que lo único que hubo que negociar fue cómo se incorporaban a su
candidatura) y convencer a dirigentes medios de todo el país que sumarse
a Larrañaga era sumarse al vencedor. Creó una corriente que creyó
en sí misma y levantó una ola de esperanza en la sobrevivencia partidaria,
hasta el punto de soñar con la toma del gobierno, con ser quienes pueden
derrotar a Vázquez. Por otro lado ambas partes del nacionalismo aprendieron
de los errores de 1999 y han hecho hasta ahora una campaña esencialmente
prolija, con pocos y suaves desafines, por la positiva. Al punto que desde diciembre
a la fecha ni Lacalle ni Larrañaga han perdido un solo voto, sino que toda
la carrera ha sido un constante crecimiento de ambos, donde la ventaja de uno
sobre el otro es el producto de una mayor velocidad e intensidad en la captación
de votos de afuera. Ahora hay dos resultados posibles, que son la continuidad
de Lacalle o su sustitución por Larrañaga. Y en ambos casos el partido
sale fortalecido, porque si Lacalle llegara a ganar, mantendría el liderazgo
por decisión de los votantes; y si pierde, será porque apareció
otro líder con mayor fuerza de convocatoria, como un día, hace más
de 30 años, Wilson Ferreira sustituyó a Etchegoyen.
Publicado
en diario El Observador
junio 6 - 2004