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Año V Nro. 344 - Uruguay, 25 de junio del 2009   
 
Informe Uruguay

 
 
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Visión Marítima

 

Un mundo maravilloso
por Juan F. Carmona y Choussat

 
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         Sam Cooke era un afamado cantante de soul y gospel de los sesenta. En 1959 ideó una pegadiza canción. El estribillo dice así: Don't know much about history/Don't know much biology/Don't know much about a science book/Don't know much about the French I took/But I do know that I love you/And I know that if you love me too/What a wonderful world this would be. Con menos talento y ninguna gracia, Obama, presentándose como un estudiante de historia en el albor de un mundo maravilloso, les ha cantado un remix devaluado a los musulmanes en El Cairo.

         La lista de medias verdades, flagrantes incoherencias, absurdos desconocimientos y simples banalidades que plagan – como antaño otras diez famosas circunstancias – su discurso de Egipto es extensa.

         Si Bush hubiese confundido una región española con una de sus ciudades y hubiera borrado a continuación cinco siglos de historia para unir el califato de Córdoba con la Inquisición todavía nos estaríamos riendo. Como el mundo informativo ha decidido que hay dos varas de medir, una contra lo conservador y liberal y otra a favor de lo presuntamente progresista, excusar las bobadas de este lado es considerado misericordioso, mientras que no resaltar con entusiasmo las insuficiencias del otro conlleva castigos - ¿lo diremos? - inquisitoriales de la máxima severidad.

         Es indiscutible, al menos para la tendencia dominante, que las palabras del presidente americano están llenas de buenas intenciones y que, en la inigualable expresión de uno de los autores que Obama evitó consultar, su voluntad era declarar algo así como que:

         Hay algo en la cultura religiosa del Islam que inspiraba, incluso en el más humilde campesino o nómada una dignidad y una cortesía hacia los demás nunca superada y rara vez igualada por otras civilizaciones. Sin embargo, en momentos de trastorno y dificultades, cuando se remueven las más profundas pasiones esta dignidad y cortesía hacia los demás pueden desembocar en una mezcla explosiva de furia y odio que empuja (…) a adoptar el secuestro y el asesinato, y a intentar encontrar en la vida de su Profeta, aprobación e incluso precedente para tales acciones.

         Pero lo que Bernard Lewis escribió - pues de él se trata - no lo leyó Obama. De hecho, de entre todo el cosmos progresista, el único que lo hizo fue Samuel Huntington que, inspirado en Las razones de la furia musulmana de 1990, dio a luz su archifamoso Choque de las civilizaciones, unos años más tarde. Justo antes de resultar desheredado por un progresismo muy indignado. Desde entonces ha decidido que por no mencionarlo ha dejado de existir.

Las fuentes de la rabia musulmana

         Ni toda esta bondadosa voluntad reconciliadora puede demostrar que declarar la universal comprensión del género humano equivale a producirla. Ciertamente está Obama acostumbrado a parar el ritmo de las mareas, pero el mar Rojo, de momento, sólo se secó una vez. No por desconocer la realidad se obtendrán resultados más provechosos.

         Según Lewis, es esta. Mientras en Occidente se ha fundado el ámbito público en la separación entre Iglesia y Estado propia del mandato evangélico: al César lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios; esta separación no tiene razón de ser en el Islam. La separación que sí existe en el mundo musulmán y a la que, de hecho, el presidente Obama hizo una elíptica referencia, es la que hay entre la Casa del Islam y la Casa de la Incredulidad, entendida esta como la lucha necesaria para atraer al no creyente a la  nueva fe o, a falta de ello, someterlo. A lo largo de la Edad Moderna, y definitivamente con la Contemporánea, la Casa de la Incredulidad emprende una senda de progreso incomparablemente superior a la Casa del Islam y deja a esta en una situación secundaria y atrasada.

         Hacia la mitad del siglo XX eclosionan dos fuerzas internas de la Casa de la Incredulidad que, generadas en el mundo occidental, a la sazón en Europa, llevan en su seno ideas profundamente antioccidentales. El carácter mundial de la contienda que van a provocar y su extensión propagandística hace que se generalicen a todo el planeta. Con ello, en distintos lugares de la Casa del Islam, se unen al resentimiento original por un periodo de decadencia que coincide con el esplendor de Occidente – lo que un día era la Cristiandad – una serie de acusaciones hoy familiares contra este cuya partida de nacimiento está en la propia Europa. Tanto el materialismo soviético como el nazismo extienden esas acusaciones hasta llegar al Islam que se convierte en tierra abonada para la crítica a Occidente. Una vez derrotadas estas fuerzas, el sentimiento antioccidental perdura y crea el ambiente de una rivalidad de civilizaciones en la que la Casa del Islam aparece como relegada a un segundo plano con el que no se conforma y del que culpa, en primer término, a Occidente.

         El Islam ha proporcionado consuelo y paz espiritual a innumerables hombres y mujeres. Ha dado dignidad y sentido a vidas apagadas y empobrecidas. Ha enseñado a gentes de diferentes razas a vivir en hermandad y a personas de diferentes creencias a vivir lado a lado en tolerancia razonable. Ha inspirado una gran civilización en la que otros, además de los musulmanes, han vivido vidas creativas y útiles y que, con sus logros ha enriquecido al mundo entero. Pero el Islam, como otras religiones, también ha conocido periodos en la que ha inspirado a algunos de sus seguidores un sentimiento de odio y violencia. Es nuestra desgracia que una parte, aunque de ninguna manera todo el mundo musulmán, está atravesando ahora uno de esos periodos y que mucho de ese odio, aunque de nuevo, no todo, está dirigido contra nosotros.

         Obama pudo haber dicho esto, pero no lo hizo. Prefirió las buenas intenciones a la verdad, con qué fin.

         Para hacer amigos, generar complicidades, progresar hacia la comprensión mutua y superar infecundas enemistades. What a wonderful World this could be. Pero, hablando de enemistad: el carácter recurrente con el que los líderes espirituales y temporales del mundo musulmán identifican a los occidentales como enemigos de Dios, requiere una cierta explicación.

         En el Islam la batalla entre el bien y el mal adquirió pronto dimensiones políticas e incluso militares. Mahoma, se recordará, no era solamente un profeta y un maestro, era además, como los fundadores de otras religiones, el jefe de una comunidad política, un dirigente y un soldado. De ahí que esa batalla implicara a un estado y a sus fuerzas armadas. Si los luchadores en la guerra por el Islam, la guerra santa “en el camino de Dios”, están luchando por Dios se deduce que sus oponentes están luchando contra Dios. Y como Dios es en principio el soberano, el jefe supremo del estado islámico, - y el Profeta y después del Profeta los califas son  sus virreyes – entonces Dios como soberano dirige el ejército. El ejército es el ejército de Dios y sus enemigos los enemigos de Dios. El deber de los soldados de Dios es despachar a los enemigos de Dios lo antes posible al lugar donde Dios pueda castigarlos – es decir, a la otra vida.

         De ahí también la distinción entre la Casa del Islam (Dar al Islam) y la Casa de la Guerra o de la Incredulidad. Como la mayor parte del mundo es infiel y además ha progresado e incluso dentro del Islam hay peligro de pérdida de la fe y decadencia, la lucha contra la infidelidad comienza en casa y se extiende afuera.

         Al nacer en el siglo VII el Islam se encontró con una Cristiandad, entendida esta no solo como religión sino como conjunto histórico-cultural, vigorosa. No menor fue el impulso del Islam en sus inicios. Esta rivalidad que ha consistido en una serie de ataques y contraataques, yihads y cruzadas, se ha extendido por un milenio, en el que las victorias musulmanas, a pesar de la singular Reconquista fueron incrementándose forzando a las demás naciones a la retirada. Así hay que entender las dos llegadas a Viena, hasta el fallido sitio de la ciudad en 1683 en que comenzó una época defensiva del Islam. Después de un largo milenio no sólo resulta que Dar al Islam ha perdido su influencia en tierras foráneas sino que ha tenido que sufrir la humillación del cuestionamiento de sus propias costumbres y actitudes en su propia tierra.

         La tendencia anti-occidental que se genera en el Islam va a experimentar un aumento desmesurado en la segunda parte del siglo XX en el que va a heredar la propaganda de fuerzas nacidas en Occidente para su destrucción: el nazismo y el bolchevismo; o si se prefiere, del fruto bastardo de la unión entre el nacionalismo y el socialismo. Estas críticas, que Lewis llama acusaciones familiares, nos son ciertamente conocidas. América, en particular, como elemento dominante de Occidente, era el ejemplo definitivo de una civilización sin cultura: rica y holgada, materialmente avanzada pero carente de alma, artificial, mecánica, tecnológica pero sin vitalidad ni espiritualidad, sin humanidad y sin la cultura comunitaria, por ejemplo, de las auténticas naciones, como avanzaba la ideología nazi.

         A esto hay que añadir el rechazo al capitalismo occidental por parte del marxismo y, por fin, su influencia en el movimiento tercer-mundista o no alineado teñido del legado de Rousseau, según el cual el paraíso terrenal habría sido corrompido por Occidente, esa serpiente tentadora que vino a desbarajustar una mítica edad de oro en que el cordero vivía con el león y el recién nacido con el áspid.

Respecto a estos pecados y a otros muchos cometidos por Occidentales e interpretados por otros occidentales y orientales, he aquí lo que tiene que decir Lewis:

         Las acusaciones son familiares. Nosotros en Occidente somos acusados de racismo, sexismo e imperialismo, institucionalizados en el patriarcado y en la esclavitud, en la tiranía y la explotación. Y a estas acusaciones, y a otras igualmente odiosas, no tenemos más opción que declararnos culpables – no como americanos, no como occidentales, sino simplemente como personas, miembros de la raza humana. En ninguno de estos pecados somos los únicos pecadores, y en algunos de ellos estamos muy lejos de ser los peores. El tratamiento de las mujeres en Occidente y más particularmente en la Cristiandad ha sido siempre desigual y a veces opresivo, pero incluso en su peor momento ha sido bastante mejor que la regla de la poligamia y concubinato que ha sido de otro modo la suerte universal del sexo femenino en esta planeta.

         Pero quizá la acusación más común y generalizada por encima de las demás sea la de imperialismo. Por ello el discurso de El Cairo insistió en pedir perdón por el colonialismo, presentándose Obama con desenfadada naturalidad como el representante de los ingleses y franceses que con tanta fruición lo practicaron. Este imperialismo es visto de manera completamente propia en el mundo musulmán.

         Lo que es auténticamente malo e inaceptable es la dominación de los infieles sobre auténticos creyentes. Que auténticos creyentes dirijan a los incrédulos es lógico y natural, ya que esto proporciona el mantenimiento de la ley santa y da a los descreídos la oportunidad y el incentivo de abrazar la verdadera fe. Pero que los descreídos dominen a los auténticos creyentes es blasfematorio y antinatural, puesto que lleva a la corrupción de la religión y la moralidad en la sociedad, y a la desnaturalización o incluso la abrogación de la ley de Dios.

         Tomando como base estos elementos y sentimientos existentes en el Islam, la tarea del fundamentalismo ha consistido en concentrar el resentimiento en el desprecio hacia el secularismo y el modernismo. La línea contra el secularismo es clara: se dirige contra una creación de occidentales, judíos y americanos como fuerza neo-pagana que disminuye o destruye la piedad y la fe. En cambio no es tan explícita ni consciente la que se dirige contra el modernismo que ataca toda una serie de costumbres y actitudes copiadas de Occidente en el propio mundo musulmán.

         El fundamentalismo islámico ha dado un objetivo y una forma a un resentimiento de otro modo amorfo y sin sentido. Ha moldeado la rabia de las masas musulmanas contra las fuerzas que han devaluado sus valores tradicionales y lealtades, y, en último término, les han robado sus creencias, sus aspiraciones, su dignidad y cada vez más, hasta sus medios de vida.

         Lo que lleva a Lewis a concluir con las líneas sobre las que Samuel Huntington construiría su choque de las civilizaciones:

         Debería estar ya claro que nos enfrentamos a un sentimiento y un movimiento que trascienden con mucho el nivel de las políticas y de la marcha de los asuntos por parte de los gobiernos que los dirigen. Esto es no menos que un choque de civilizaciones – la quizás irracional pero seguramente histórica reacción de un antiguo rival contra nuestra herencia judeo-cristiana, nuestro presente secular y la expansión mundial de ambos.

         Por fin Lewis sitúa el centro del problema y la solución en el mismo mundo musulmán:

         El movimiento que hoy llamamos fundamentalismo no es la única tradición islámica. Hay otros más tolerantes, más abiertos, que ayudaron a inspirar los grandes logros de la civilización islámica en el pasado y podemos esperar que estas tradiciones prevalecerán con el tiempo. Pero antes de que este asunto se decida habrá una gran batalla, en la que nosotros occidentales, podemos hacer poco o nada.

         Con el tiempo Lewis moldearía esta postura hasta concluir decididamente, al discutir la posibilidad de la transferencia de la democracia liberal a tierras islámicas que:

         Creo que el esfuerzo es difícil y el resultado incierto, pero el esfuerzo hay que hacerlo. O les llevamos la libertad o nos destruyen.

Hay solución: el regalo del extranjero

         El profesor de Johns Hopkins Fouad Ajami ha resaltado la importancia de este don, la libertad, más apreciado en esas tierras de lo que han querido admitir en Occidente los que se dicen defensores de los musulmanes. La notabilidad de este autor queda vinculada a la guerra de Irak y a su libro El regalo del extranjero: la libertad.

         Hablando recientemente de los acontecimientos en Pakistán y de la necesidad de defender en los países islámicos a aquellos que tienen posturas más moderadas, sin dejarlos a los pies de los caballos de los intransigentes, llegaba a estas conclusiones:

         En su deseo de ser el anti-Bush, el presidente Obama parece decidido a hacer esta guerra en el teatro AfPak sin ennoblecerla, sin darle un nombre o hacer un llamamiento significativo. No podemos ver esta batalla a través de la lente de una “larga guerra” contra el yihadismo o el islamismo, porque esto reivindicaría el modo en que George W. Bush interpretó la situación del mundo tras el 11 de septiembre. En todo caso ya habíamos declarado esa guerra terminada, y una gran exageración.

         Según la práctica y advertencia del gobierno de Obama no hemos de ver una senda ideológica desde Oriente Medio hasta el Sur Asiático que ha puesto el mundo islámico y su frágil modernización en gran peligro. La nuestra es una campaña oculta. Queremos “degradar, desmantelar y derrotar” a AlQaeda, impedirle la posibilidad de hacernos daño. En Afganistán y en el cinturón Pashtun en Pakistán deseamos separar a los reconciliables de entre los talibanes, de AlQaeda y las fuerzas de la yihad global. Pero a la gente misma, la mantenemos a distancia. No podemos involucrarnos en sus asuntos al modo en que George W. Bush se involucró en la reforma y liberación del Gran Medio Oriente.

         Para un hombre de palabras, y hasta un autor de best sellers, la reticencia del Sr. Obama acerca de lo que nos jugamos en esta batalla es extraña y sorprendente. La ideología está tan “trasnochada”. (…)Bajo el Sr. Obama no hemos de abrazar a los iraquíes y celebrar la victoria que logramos allí y el ejemplo democrático decente que implantamos en terreno tan poco prometedor.

         Y termina esta demoledora crítica de los nuevos modos y maneras de Washington que, a pesar de toda la retórica, tan sólo recuerdan a un realismo aún más trasnochado y más descatalogado por inútil de lo que parece:

         Para ser una gente tan pragmática, los americanos se han comportado mejor cuando han sido llamados a grandes tareas. No es bastante llevar a este paisaje contestado del Sur de Asia la sangre fría de los llamados realistas en política exterior.

Si Bush es Truman, Obama es Nixon

         De modo que habiendo sido la analogía aplicable a George W. Bush la que le comparaba con Truman, de acuerdo con el libro de Podhoretz La Cuarta Guerra Mundial, ¿cuál le será aplicable a Obama?Recuérdese que Podhoretz compara esta guerra con la Fría que habría sido la III Guerra Mundial, siendo por tanto la presente la IV. Siguiendo la semejanza, si Bush se correspondía con Truman, la forma en que Obama se enfrenta al peligro presente es similar a la de un presidente que trató de organizar la retirada ordenada de los avances de otros, y este presidente es Richard Nixon. Esto, claro, tiene el inconveniente de comparar a la secretaria de Estado Clinton con el de entonces, Henry Kissinger, y es cierto que hay cosas que desafían la imaginación.

¿Qué hizo Nixon que haga hoy Obama? 

         La época conocida como Guerra Fría tiene su inicio en 1947, cuando los Estados Unidos, tras varios años de admitir la expansión soviética, decidió por fin resistir los avances ya fueran del ejército rojo o ya consistieran en intentos de subversión política mediante partidos comunistas locales.

         El lanzamiento del Plan Marshall, acompañando la llamada Doctrina Truman, se concibió como el modo más seguro de garantizar una prosperidad económica que impidiera caer en la tentación comunista. Por fin, el círculo de la estrategia de protección de Occidente por los herederos de Europa que habían ascendido a la dominación mundial se cerraba con la preocupación militar por la seguridad, garantizando los Estados Unidos su compromiso a través de la OTAN. El conjunto de esta actitud iba a denominarse contención. Partía de la idea del status quo. No se debía permitir el avance expansionista de la URSS, pero ello no significaba que los americanos fueran a hacer retroceder las fronteras del comunismo. Así, cuando Truman entra en Corea para defender al Sur frente al Norte - ese que hoy fabrica coches y aparatos electrónicos mientras del otro lado del paralelo mueren de hambre y amenazan con armas nucleares - lo hace para reponer la situación en equilibrio, de ahí que destituyera al general McArthur, héroe de la II Guerra Mundial, porque pretendía recuperar toda la península coreana.

         Como recuerda Podhoretz, la política de contención recibió su respaldo intelectual más destacado de George Kennan. Kennan era un diplomático americano destinado en Moscú que publicó en 1947 en Foreign Affairs un artículo, bajo el escasamente ingenioso seudónimo de X, titulado: Las fuentes del comportamiento soviético.

         Kennan, recuperado posteriormente para los gozos y sombras del progresismo reinante negaría que su recomendación implicara el uso de la fuerza, pero es difícil interpretar de otra manera el brillante y preclaro análisis de uno de los miembros más inteligentes del establishment Demócrata de la época. Así:

         La presión soviética en contra de las libres instituciones del mundo occidental es algo que puede contenerse con la aplicación adecuada y vigilante de contra-fuerza en una serie de puntos geográficos y políticos constantemente cambiantes, que se corresponden con los cambios y maniobras de la política soviética, que no puede ser seducida ni convencida de dejar de existir.

         Ciertamente, como apunta Podhoretz, la contra-fuerza de la que hablaba Kennan no sería toda militar, pero algo de ella habría de serlo. Lo que empezaba como una política ponderada y mesurada por parte de los Estados Unidos, y que había de hecho esperado tanto que la mitad de Europa yacía postrada a los pies del comunismo, iba pronto a convertirse en el consenso de la política exterior americana. Hasta tal punto que, a pesar de las notables diferencias entre Eisenhower y Truman, y a pesar del carácter aislacionista de los Republicanos de entonces, incluso de los que de entre ellos eran generales decorados de la II Guerra Mundial, la Doctrina Truman y la contención – con sus elementos militares y todo – era la política, no de un partido, no de un sector, sino de la nación americana.

         La unidad de la nación americana durante los cincuenta daba por hecho que – en un período en el que Lionel Trilling pudo escribir en La imaginación progresista que no había duda, todo el mundo era progresista (liberal) en los Estados Unidos –  la resistencia conjunta frente al comunismo era lo correcto., Los americanos entendían que tenían de aceptar, en palabras de Kennan:

         Las responsabilidades políticas y morales que la historia sencillamente les llevaba a soportar.

         De modo que, cuando John F. Kennedy llegó a la presidencia asumió la contención y la siguió con naturalidad. Por ello, sin sorpresas ni desvíos, con total espontaneidad, cuando se planteó la necesidad de ayudar a Vietnam del Sur a contener fuerzas comunistas del Norte, el envío inicial de asesores militares pareció lo adecuado. Y lo era, hasta el punto de que el consenso progresista existente no lo disputaba de ninguna manera.

         Podhoretz recuerda que el único pero puesto a la operación vietnamita vino de Hans J. Morgenthau, no por discrepar de la contención, sino  por considerar las posibilidades de éxito excesivamente limitadas y las de fracaso sorprendentemente altas. Lo que retrospectivamente parece un análisis providencialmente acertado no lo era entonces para los responsables de Washington, que no tuvieron que hacer un esfuerzo especial para seguir el consenso generalizado: nacional, político, académico y mediático, hasta que Walter Cronkite decidió darle completamente la vuelta a la cuestión unos años más tarde, transformando la ofensiva victoriosa del Têt en una debacle moral para los Estados Unidos. Pero, esa, es otra historia.

         El caso es que los Estados Unidos perdieron en Vietnam y perdieron Vietnam. La consecuencia fue una merma del poder del que hasta entonces habían gozado, pues sus intervenciones se contaban por éxitos. De la misma manera ese liderazgo político y moral había sufrido un serio quebranto, y esta vez no a manos del ejército del Vietcong sino del tránsito extraordinario de la opinión nacional, política, académica y mediática, que después de haber aprobado con un anodino asentimiento todo lo que desencadenó la guerra del Vietnam, pasó a oponerse a ella por razones tácticas, a considerarla un error que desviaba a la nación de la política de evitar la expansión del comunismo. Y, por último, transitó de juzgarla una estupidez a tenerla por inmoralidad, y de considerarla locura, a llamarla crimen, según los términos usados por Podhoretz.

         Qué había sido pues de las palabras de Kennedy:

         Que toda nación sepa, nos quiera bien o mal, que pagaremos cualquier precio, soportaremos cualquier carga, nos enfrentaremos a cualquier dificultad, apoyaremos a todo amigo y nos opondremos a todo enemigo, para garantizar la supervivencia y el éxito de la libertad.

         La retórica expansionista e idealista de un Demócrata, que había seguido con naturalidad la política inventada por otro Demócrata y continuada por el gobierno Republicano de Eisenhower, llegaba a un punto en el que, sin negarla - pues la teoría de las piezas del dominó seguía en pie - iba a sufrir un replanteamiento tal que no la iba a conocer ni Truman que la inventó.

         La idea de Nixon y Kissinger era mantener la resistencia por ejército interpuesto, mientras que – y he aquí la clave – los americanos iniciaban una retirada ordenada. Esta nueva estrategia - cuando los americanos quieren innovar con algo sofisticado que desafíe las leyes de su propia lógica y que no se acomode del todo bien con las tendencias nacionales, sacan a relucir una palabra de origen francés – se llamaba détente. Aquella estrategia de distensión o relajo pega bien en la comparación con Obama cuya tranquilidad y sosiego se acompasan bien con el concepto. Para variar, no obstante, puede sugerirse otro galicismo usado en inglés: la estrategia de la nonchalence.  Se volverá sobre ello.

         Por el momento permanezcamos con Nixon. La distensión empezó funcionando mal y distendiendo poco, de manera que la cada vez más desacreditada teoría del dominó acabó por resultar reivindicada después de haber caído en desuso, pues precisamente ya no era sólo Indochina la que caía en manos comunistas, sino que tropas cubanas se presentaban en Angola.

         Pero el nuevo consenso nacional, forjado en la derrota de Vietnam, no estaba para mucho más que para distender. Andando el tiempo la misma distensión fue también flojeando y los Estados Unidos perdieron mucha de la ventaja militar y de otros recursos – el mayor arsenal de los Estados Unidos es la libertad, que decía Reagan – con la que habían contado frente a la URSS. Todo ello hasta el punto de que se pudo hablar de un proceso de finlandización de los Estados Unidos similar al sufrido por gran parte de Europa Occidental. Desde luego no iba a ser el ascenso de Carter a la presidencia el que cambiara la tendencia.

         En un instante famoso, en la Universidad de Notre Dame – como se ve Obama no es el primero en contar cosas peculiares en las instituciones de la elite americana – Carter proclamaba con orgullo apenas contenido que los Estados Unidos habían superado:

         Su desordenado miedo al comunismo.

         Y por aquél entonces Revel escribía su libro Comment les démocraties finissent? Explicaba por a más b cómo la falta de resistencia a la opresión en el exterior reflejaba un declive moral que implicaba la asunción de la opresión en el interior.

         La debacle definitiva de la distensión no disuasoria de Carter llegó con la caída del Shah y la toma de rehenes y crisis subsiguiente en la embajada de Teherán, inicio de muchos de los males que hoy acechan a Occidente. Pero el fin natural de la finlandización, por interesante e ineluctable que resulte, no es el objeto de estas líneas.

Los antecedentes terroristas de la guerra contra el terrorismo

         Volvamos pues al peligro presente, que se incuba en el pasado más reciente.

         En los últimos treinta años, básicamente los que van de la presidencia de Reagan a la actualidad, con excepciones concretas y rara vez entendidas en un contexto generalizado, los Estados Unidos toleraron con apenas un ademán de displicencia amenazas, atentados, secuestros, asesinatos, por parte de islamistas fundamentalistas contra intereses occidentales. Y la razón que fundaba estos ataques no era sólo una interpretación radical de la religión islámica; era también una voluntad de destruir a los Estados Unidos por lo que representan. Por ser, en el mundo actual, la Atenas del siglo V a. C. o la Roma del siglo I. Por ello no era ni siquiera casual que el centro de los atentados del 11 de septiembre fuera Nueva York y, dentro de él, el corazón emprendedor de Manhattan.

         Hágase un somero repaso. Entre 1970 y 1975 varios diplomáticos americanos eran secuestrados y asesinados en Líbano y en el Sudán por parte de distintas facciones de la OLP. En 1979, como se aludía hace un momento, Carter vio como un grupo de estudiantes radicales secuestraban a diplomáticos americanos en la propia embajada en Irán. Catástrofe tras catástrofe, la última marcada por helicópteros americanos cayendo en pleno desierto en una operación tragicómica que Podhoretz ha caracterizado como propia de una película de los hermanos Marx, Carter no logra rescatarlos. Sólo 444 días después con Reagan en la Casa Blanca se produce el desenlace. Pero Reagan tampoco fue una excepción a esta creciente amenaza que nadie quería reconocer. En 1983 mueren 63 personas en el atentado contra la embajada americana en Beirut.

         Meses después, 241 marines americanos son asesinados en otro atentado. Ambos ataques se atribuyen a una organización terrorista entonces naciente: Hizbolá. Reagan retiró a los marines. Entretanto se producían más secuestros, que aparentemente llevaron a Reagan a un acuerdo secreto con Irán por el que intercambiaba armas por rehenes. Obtuvieron las armas, pero sólo tres rehenes fueron liberados. Siguieron varios secuestros de aviones, uno de los cuales terminó con el asesinato de un oficial de la marina americana siendo lanzado por los terroristas sobre la pista de aterrizaje. Siguió el secuestro del barco Achille Lauro, y atentados en los aeropuertos de Roma y Viena, además de una bomba en una discoteca frecuentada por americanos en Berlín occidental.
Reagan sí respondió bombardeando Libia y, en concreto, una de las residencias de Gadafi, responsable de varios de esos ataques. Tres años más tarde, sin embargo, ya volvía a la carga matando a 27o personas que viajaban en el vuelo de PanAm sobre Lockerbie, Escocia.

         Durante la presidencia de George Bush padre se produjeron otros atentados con menor número de muertos y ninguno fue respondido por los Estados Unidos. Al llegar Bill Clinton a la Casa Blanca, el más espectacular de los atentados, retrospectivamente, fue el sufrido por las Torres Gemelas atacadas con una bomba en 1993, 38 días después de su inauguración: 6 muertos, mil heridos. Las fuerzas de seguridad y la justicia ordinaria se ocuparían del asunto. En el mismo 1993 intento de asesinato contra George Bush padre en Kuwait por parte de agentes iraquíes. Clinton lanzó misiles contra Bagdad que causaron daños materiales. Bomba contra las torres Khobar en Arabia Saudí, 1996: 19 marinos americanos muertos. Siete de agosto de 1998: atentados contra las embajadas americanas de Nairobi en Kenia y Dar es Salaam en Tanzania, 200 muertos, reivindicado por AlQaeda. Respuesta de Clinton en forma de misiles en Sudán y Afganistán, en las cáusticas palabras de Ann Coulter: dañando gravemente un camello y una fábrica de aspirinas.

         12 de octubre de 2000 Bin Laden atenta contra el USS Cole en la costa de Yemen, 17 marinos americanos muertos. Declaraciones de Clinton: este ataque no impedirá que llevemos a cabo nuestra misión de promover la paz y la seguridad en Oriente Medio, donde se encontraba implicado en el enésimo plan de paz palestino-israelí.

         Y la conclusión de Podhoretz:

         La extraordinaria audacia de lo que Bin Laden se dispuso a hacer el 11 de septiembre era incuestionablemente producto de su desprecio al poder americano. Nuestro constante rechazo a usarlo durante tanto tiempo contra él y sus amigos terroristas – o de hacerlo de manera efectiva cuando lo intentábamos – reforzó su convicción de que éramos una nación decadente, destinada a ser derrotada por el resurgir de esa misma militancia islámica que antaño había conquistado y convertido una gran parte del mundo por la espada.

         Y la de Bin Laden, en una entrevista en 1998:

         Después de abandonar Afganistán los luchadores musulmanes se dirigieron a Somalia y se prepararon para una larga batalla pensando que los americanos eran como los rusos. Los jóvenes quedaron sorprendidos por la baja moral de los soldados americanos y se dieron cuenta, más que nunca, de que el soldado americano era un tigre de papel y de que, después de unos pocos golpes, huía derrotado.

¿Qué había fallado? Un intento de solución: la doctrina Bush

         ¿Qué había fallado en las relaciones con el mundo musulmán? ¿La falta de tacto para entenderse y ponerse de acuerdo que sugiere Obama?

         Bernard Lewis, 2002, responde:

         Para un observador occidental educado en la teoría y práctica de la libertad occidental, es precisamente la falta de libertad -  libertad de pensamiento exenta de coacción y adoctrinamiento, la posibilidad de cuestionar, inquirir y hablar; la liberación de la economía de la corrupción y de su constante mala administración; la liberación de las mujeres de la opresión de los varones; la liberación de los ciudadanos de la tiranía. La que subyace a tantos de los males del mundo musulmán. Pero el camino hacia la democracia, como la experiencia occidental ampliamente demuestra es larga y difícil, llena de baches y obstáculos.

         Es decir, no sólo el pasado depende de esa carencia de libertad sino que toda esperanza de resurgimiento del mundo musulmán, desde sí mismo, depende igualmente del regalo del extranjero de Fouad Ajami. Regalo que Bush ha llevado de manera incipiente a Irak, pero que no se entiende si no se pone en el contexto de esa Doctrina Bush que malgrè lui está siguiendo Obama, de momento, en el teatro AfPak.

         La primera parte está expresada en el siguiente pasaje de un discurso de Bush de 2 de junio de 2004, aunque no hacía entonces más que reiterar lo claramente expresado antes, en el mismo mes de septiembre de 2001:

         Durante décadas las naciones libres toleraron la opresión en Oriente Medio en nombre de la estabilidad. En la práctica, esta perspectiva trajo poca estabilidad y mucha opresión; así que he cambiado esa política.

         El primer pilar de la Doctrina Bush era pues la reintroducción de la moralidad en política exterior y el explícito rechazo del relativismo cuya expresión más resumida es la famosa frase de FDR referida a Somoza: un hijodep… pero nuestro hijodep…

         La consecuencia natural de este primer postulado era que, contrariamente al choque las civilizaciones, o, por mejor decir, para evitar su consagración había que caer en la cuenta que:

         Cuando se trata de los derechos comunes y de las necesidades de los hombres y mujeres no hay ningún choque de civilizaciones. Los requisitos de la libertad se aplican plenamente a África y al mundo islámico en su totalidad. Las gentes de las naciones islámicas quieren y merecen las mismas libertades y oportunidades que las gentes de cualquier otra nación. Y sus gobiernos deberían escuchar sus anhelos.

         Segundo pilar: no siendo económicas las causas del terrorismo sino más bien políticas, el resultado inmediato era que los estados en los que se protegía o fomentaba el terrorismo – los “pantanos” que ejercían de caldo de cultivo para tan terrible actividad – debían o bien cooperar con la erradicación de este mal o exponerse a su propia erradicación.

         Tercer pilar: el más famoso por la demagógica e irresponsable utilización política que de él se hizo – el derecho a actuar preventivamente para impedir un ataque inminente. Es decir, lo que desde que el mundo es mundo se llama legítima defensa, que hemos descubierto y declarado como ilegítima sólo cuando la formuló quien no nos gustaba, para hacer algo que nos parecía podía ser utilizado políticamente en nuestro provecho.  El texto relevante es el siguiente:

         Durante gran parte del siglo pasado, la defensa de los Estados Unidos se basó en las doctrinas de la disuasión y la contención. En algunos casos, esas estrategias siguen siendo de aplicación. Pero las nuevas amenazas también requieren pensar las cosas de nuevo. La disuasión – la promesa de un contraataque masivo entre naciones – no significa nada para redes terroristas en la sombra sin nación ni ciudadanos que defender. (…) Si esperamos que las amenazas se materialicen habremos esperado demasiado…La guerra contra el terrorismo no se vencerá a la defensiva.

         Por fin, el cuarto pilar: que constituye la revisión de la teoría preponderante sobre Israel entre occidentales desde la guerra de los seis días de 1967 en que el estado judío pasó de David a Goliat. Es la tesis de dos estados viviendo en paz juntamente para lo que lo único imprescindible es:

         … acabar con el fomento de la violencia en los medios oficiales y denunciar públicamente bombas homicidas. Las naciones que realmente estén comprometidas con la paz detendrán el flujo de dinero, equipamiento, y reclutamiento a grupos  terroristas interesados en la destrucción de Israel, incluyendo Hamas, la Jihad Islámica y Hizbolá.

         Lo que por cierto no deja de contrastar con las palabras de la secretaria de estado Clinton:

          (El presidente Obama) quiere poner fin a los asentamientos – no a algunos asentamientos, no a este o aquél puesto, sin excepciones de crecimiento natural.

         Limpieza étnica: se entiende por tal la expulsión de un territorio de una población "indeseable", basada en discriminación religiosa, política o étnica; o a partir de consideraciones de orden ideológico o estratégico; o bien por una combinación de estos elementos. ¿Es esto lo que quiere hacer Obama en Judea y Samaria? Es de desear que no.

De la détente a la nonchalence: un mundo maravilloso

         En definitiva, Bush, como Truman, formuló su doctrina con sus 4 pilares, que siguen siendo de actualidad y dio un vuelco a una guerra que no empezó él.

         Hoy Obama, como Nixon, ha puesto en marcha una nueva política sofisticada; si a esta no se le puede llamar détente o distensión, quizá pueda bautizársela como la doctrina de la nonchalence: dejadez, indolencia, cuajo.

         Se dirá que la política americana apenas ha cambiado la aplicada en el segundo mandato de Bush. Que allí donde se mantuvo firme, en Irak con el aumento de tropas especialmente exitoso y en Afganistán, a pesar del intento fallido de implicar más a la OTAN, Obama no ha hecho sino copiar sus movimientos con calculado pragmatismo: if it ain’t broken don’t fix it. Si no está roto, no lo arregles. Hasta tal punto que ha mantenido no ya al mismo ministro de defensa sino al superdotado Petraeus para aplicar la política. Y se dirá que a pesar de todos los pesares, de las arenas movedizas de la política pakistaní y de ni se sabe cuántas variables con freno y marcha atrás, los americanos están progresando seriamente.

         Se dirá que allí donde Obama está siendo débil como con Corea del Norte o Irán no hace sino seguir los mismos pasos de Bush o de Condoleezza Rice en su afán negociador y conciliatorio.

         Ciertamente esto es así. Pero no lo es menos que, como no cesa de repetir el propio Obama, las palabras tienen significado. En efecto, las palabras importan. También lo hacen los hechos.

         A la hora de hablar, el habitualmente elocuente Obama no ha emitido señales, como destacaba Foad Ajami acerca de la misión que los americanos están ahora cumpliendo en su despliegue militar por Oriente Medio. O, por mejor decir, directiva del Pentágono de por medio ya no se trata de una guerra global contra el terrorismo, o, dado el amor por los acrónimos, GWOT, sino de operaciones de contingencia exterior. Morir por la Libertad Duradera es una cosa, hacerlo por la contingencia exterior, otra muy distinta.

         Sea de ello lo que fuere y aunque en realidad encontramos a este presidente aún más carente en la “cosa de la estrategia” de lo que lo estaba Bush antes del 11 de septiembre, la realidad de los hechos tampoco es prometedora. Como han destacado Gary Schmitt y Thomas Donnelly, en un momento de desmesurados gastos para todo, los compromisos de gastos militares son inusualmente bajos y significan, más allá de toda duda que:

         Los recortes presupuestarios…no son una medida temporal para sacarnos de un apuro financiero momentáneo. Más bien son una apuesta clara, si el gobierno de Obama se sale con la suya, de un ejército americano del futuro más pequeño y menos fuerte. Pero lo que es cierto para las guerras en las que estamos – que los números sí importan – también lo es para las guerras en las que no estamos todavía y para las que pretendemos disuadir.

         Y todo ello en un momento delicado en que Francis Cianfranca ha podido afirmar en Commentary que la creación de riqueza está siendo amenazada:

         …los Estados Unidos bajo Barack Obama pueden estar cargándose a hachazos uno de los pilares del contrato social americano, a saber: que los americanos deberían estar libres de impedimentos en su aspiración a la riqueza. Aspirar a la prosperidad hizo de los Estados Unidos la nación más próspera de la tierra. La excesiva búsqueda de la igualdad a expensas de la creación de riqueza no hará a América más justa. La hará, sin embargo, más pobre, y menos libre.

         La puesta en práctica de la Doctrina Obama, la aplicación urbi et orbi de esa encantadora nonchalence que hace que Obama caiga tan bien, basada en un poder sin casi oposición mediática, hará que se sufran las consecuencias de ignorancias y buenas intenciones.

         Hay otra canción aún más famosa que la de Sam Cooke y con el mismo título que refleja bien lo que ve Obama, y el resto de los mortales, no.

         The colors of a rainbow, so pretty in the sky/Are there on the faces of people going by/I see friends shaking hands, saying how do you do/They’re really saying: I love you

         Por mucho que guste Louis Armstrong y hacer el amor y no la guerra, la labor del líder del mundo libre es hacer propuestas y lograr resultados contando con la realidad.

         Parafraseando a Cianfranca: la excesiva búsqueda de la complacencia en palabras y hechos, a expensas de la defensa de los valores americanos y occidentales no hará al mundo más justo y más pacífico. Lo hará sin embargo, más peligroso y menos libre. ¿Maravilloso?

© Con la autorización de GEES (Grupo de Estudios Estratégicos)

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