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Año V Nro. 305 - Uruguay,  26 de setiembre del 2008   
 

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A por otro Bretton Woods: el sistema requiere un nuevo orden en las reglas financieras
por Donato Masciandro

 
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         Las finanzas americanas necesitan un 'new deal': un nuevo orden en las reglas, en los controles y en las cúpulas directivas, que tan mal han llevado el timón. La posibilidad de que suceda algo así dependerá mucho de si los costes de la actual inestabilidad estadounidense impulsan a los demás países a apostar por esta vía. En definitiva, por la vía de un nuevo Bretton Woods de la regulación y de la supervisión financiera.

         Las autoridades políticas y financieras estadounidenses están gestionando la crisis día a día. Hay que buscar en las declaraciones y en las decisiones algún diseño coherente, diferente del de ir viendo en el día a día cuál es el método más eficaz para apagar las llamas. Y es inevitable que así sea. El incendio actual tiene raíces profundas en las reglas financieras que, si bien no se pueden extirpar de un día para otro, al menos están quedando al descubierto y aisladas, para proporcionar a la táctica cotidiana el respiro de una estrategia a medio plazo.

En busca de la estabilidad financiera

         Hoy en día, la economía americana no es capaz de generar un preciado bien público: la estabilidad financiera. Una economía de mercado que funcione bien debe saber producir también bienes públicos, que proporcionen ventajas para todos, tanto para los ciudadanos como para las empresas. La economía de mercado se desarrolla si hay confianza. Y un ingrediente fundamental de la confianza es la estabilidad financiera, es decir, la capacidad de un sistema económico para absorber el shock procedente de un número más o menos grande de deudores y de hacer frente a sus propias deudas. Un sistema financiero estable absorbe el shock. Un sistema inestable, lo amplifica y lo propaga.

         Hoy, el sistema financiero americano es inestable. Y la causa originaria es su deficiente regulación y control, que exaltó los beneficios, pero no pudo reducir los riesgos de inestabilidad ante la opción de desarrollar una industria altamente innovadora y competitiva.

         Que existían estos riesgos lo sabían perfectamente las autoridades. Un estudio de la Fed de Nueva York del año 1995 -repito del año 1995- ilustraba con enorme eficacia todo lo que estaba pasando en el mercado financiero americano, con el título de El declive de la banca tradicional y sus implicaciones para la estabilidad financiera y para su regulación. Dos son los aspectos cruciales, según el estudio: junto al sistema bancario tradicional, dotado de una profunda regulación, hay un sistema financiero no bancario de escasa regulación. Los dos sistemas se están entremezclando, porque es algo que les conviene a ambos. Conclusión: de este proceso podrían derivarse efectos relevantes en términos de propensión al riesgo y, por tanto, de inestabilidad.

         Las autoridades verificaron por sí mismas que estos riesgos, hipotecados en los años 90, se materializaron después. En el mes de junio de 2007 -repito, junio de 2007-, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, reconocía la inadecuación de la propia estructura de los controles respecto a las exigencias de un moderno mercado financiero y trazaba las líneas de la reforma que había que emprender. No en vano, en estas mismas páginas y ya el 23 de agosto de 2007 se ofrecía un diagnóstico del problema, que, a nuestro entender, iba a explotar en los meses siguientes.

La actuación de los políticos

         Así pues, si las autoridades estadounidenses tenían muy presentes los riesgos de inestabilidad, tenemos que preguntarnos por qué no se intervino a tiempo para rescatar esta crisis. La razón radica en el análisis de los costes y de los beneficios que caracteriza la actuación de los políticos de todo el mundo. Los potenciales costes de una insuficiente producción de estabilidad -que, como vemos hoy, pueden afectar a todos los ciudadanos- se consideraron menores que los potenciales beneficios de una exuberante industria financiera.

         La inestabilidad perjudica a los ciudadanos americanos, pero también puede producir daños fuera. Cuanto más altas y persistentes sean estas externalidades negativas, más probable es el aumento de las presiones externas sobre los políticos estadounidenses, que podría afectar a sus propios incentivos. Hay que esperar que ésta sea la dinámica que se produzca. Por otra parte, la existencia de la externalidad provocada por la inestabilidad financiera podría activar mecanismos de prohibición y de proteccionismo financiero. De ahí que lo mejor sea un Bretton Woods sobre la regulación, para activar el new deal de las finanzas.

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Fuente: elEconomista
 
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