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El lecho de Procusto, los pies de Escirón…
por Fernando Pintos
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Relativamente pocas son aquellas personas que hoy día recuedan, siquiera vagamente, quién demonios fue Procusto. ¡Vaya con el nombrecito!, por cierto. Sin embargo, integran abigarradas e interminables legiones todos aquellos quienes obran de acuerdo con su modus vivendi y que, además, practican a pies juntillas su modus operandi. Según la mitología griega, Procusto —quien también se llamó Damastes— fue un ogro gigantesco y malvado. Pero también era, como si lo anterior hubiese sido poca cosa, un pertinaz salteador de caminos. En aquellas épocas heroicas, que ahora revivimos en la primera década del siglo XXI con denodado empeño, resultaba asunto peligroso andar por los caminos muy suelto de cuerpo. Y ustedes dirán que la cosa era más o menos como la vivimos ahora, lo cual es perfectamente cierto.
En primera instancia, el ogro Procusto tenía la manía de amedrentar a los pobres viajeros. Aquellos a quienes que no ahuyentaba, los tomaba prisioneros y se los llevaba a su escondite, donde tenía un lecho enorme en donde, muchísimo antes que nadie soñara con inventar un pueblo llamado Hollywood, les hacía ver las estrellas (a los pobres individuos que acarreaba prisioneros, claro). Ya sé lo que estarán elucubrando en este mismo instante algunos mal pensados… Pero no. Alejen de sus mentes enfermizas esas malas ideas posmodernas. Cuando alguien caía en el lecho de Procusto, éste le estiraba brazos y pernas en toda su extensión. Si los miembros de la víctima eran tan largos que excedían el lecho, se los cortaba. Si por cortos no llegaban hasta los bordes de aquella cama descomunal, se los estiraba hasta descoyuntárselos (en griego antiguo, la palabra Prokustes significaba «alargador»). Y no se sabe qué hacía el monstruo con aquéllos cuyos miembros acertaban a la perfección con las medidas del famoso lecho. Vistos la naturaleza moral del personaje, la época y el lugar, deberé plegarme —cuando menos por una vez— a esos mal pensados de quienes hacía reciente referencia.
Otro personaje arquetípico era Escirón, otro nefasto malhechor que perpetraba sus malandanzas en la región de Megara. Este individuo acostumbraba atrapar a desprevenidos caminantes y, tras llevarlos al mismo borde de un precipicio, los obligaba allí a lavarle los pies. Una vez que los desgraciados habían cumplido con la ingrata tarea,, los arrojaba de cabeza al mar, donde una gigantesca tortuga los despedazaba y devoraba… Y allá el doctor Sigmund Freud en sus probables interpretaciones sobre la índole de las ambiguas relaciones establecidas entre Escirón y la mentada tortuga… Pero en cuanto a éstos, no se aflijan lectores. Puesto que, a diferencia de los escirones que en nuestro siglo sobreabundan —se llamen Peirano o de cualquier otra torcida manera— en tiempo y forma, ambos malvados terminaron siendo victimados por Teseo, aquel héroe de la mitología griega que solía exhibir muy mala pulgas. En la estricta actualidad, cuando por obra y gracia del folclórico desgobierno frenteamplista el Uruguay que tanto amamos se parece no ya a la «Suiza de América», sino —cada vez con mayor y escalofriante exactitud—, a un horrendo lecho de Procusto o a un asqueroso besapiés de Escirón, es de lamentar que no aparezca por ningún lado un gigante con las mismas malas pulgas del mítico Teseo. (Pero, paciencia… Esperemos que sí lo haga en las próximas elecciones).
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