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Aquellos teleteatros que «enseñaban a vivir»…
por Fernando Pintos
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En los dorados años 70 y en los tempranos años 80 —me estoy refiriendo al siglo XX, no al XVI ni al XVIII—, se estaban cocinando a fuego lento toda esa estupidez, esa locura y ese cretinismo irrestrictos que, hoy en día, caracterizan a la desquiciada Humanidad posmoderna. Al estar por entonces el planeta mucho menos globalizado que en la actualidad, el ambiente mediático de Uruguay se presentaba poderosamente influido por la parafernalia procedente de la vecina orilla. Y he ahí que, ya por entonces, una verdadera legión de imbéciles se la pasaba pegada como con Poxipol a la pantalla del televisor, devorando, con una avidez digna de mejores causas, los odiosos teleteatros (o telenovelas) argentinos.
El hecho de que las telenovelas mencionadas hubiesen sido perfectamente odiosas, tenía para mí escasa o ninguna relación con su procedencia —después de todo, uruguayos y argentinos somos la misma cosa, sea para bien o para mal—, pero sí la tuvo, ¡y mucha por cierto!, con el género que representaban. Como sabrán bien quienes me hayan leído más que casualmente, las telenovelas representan para mí una asquerosidad casi suprema, apenas superada (y por muy escaso margen) por esos repugnantes Talk Shows que infestan las pantallas desde la última década del siglo recién pasado. Existiendo en el universo del Media Entertainment productos tales como las películas (producidas para la pantalla grande), las películas para televisión, las mini-series, determinados programas periodísticos o culturales y las series en general, por no mencionar los espectáculos deportivos y los noticieros, se me presentaba como una aberración superlativa aquella pasión enfermiza por esas mismas telenovelas o teleteatros a los cuales los americanos han bautizado como Soap Operas y que los españoles llaman Culebrones… Por comparación con esto último, a mí se me ocurriría, mucho mejor todavía, denominarlas «tenias saginatas». Con el perdón de las tenias y toda su rastrera parentela, por supuesto.
Habrá quién se pregunte, tal vez, de dónde habré sacado tamaña aversión por unas estúpidas historietas seriadas televisivas. Ello se debe a varias razones, entre las cuales por fuerza tengo que mencionar las siguientes: 1º) disgusto, interminable, frente a la chatura intelectual de los contenidos; 2º) hastío, verdaderamente terminal, ante la incesante reiteración de unos esquemas tan elementales como anodinos y esencialmente aburridos; 3º) asco, irreversible, contra una enfermiza sucesión de bodrios antiestéticos; 4º) rechazo, irrenunciable, frente a todo cuanto sea estúpido por antonomasia; 5º) rabia, devoradora, en el acto de comparar la inferioridad de estos productos latinoamericanos frente a las peores producciones del Show Business americano (y del europeo también)… Etcétera. Las telenovelas latinoamericanas, con su entorno, sus autores, sus actores, sus productores, sus publicidades, sus publicistas y sus públicos embrutecidos, siempre me han parecido una —entre tantas— de las explicaciones indiscutibles sobre el perpetuo retraso del subcontinente latinoamericano frente a las demás regiones del mundo. En la práctica, desde los años 70 y hasta el momento presente, las telenovelas me han provocado una ira y un rechazo muy similares a esos que, hoy día, me provoca esa asquerosa y patética realidad que vive el fútbol uruguayo.
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Muchas veces pretendí averiguar qué oscuros resortes psicológicos operaban para que tanta gente, principalmente mujeres, se sintiera atraída hacia todas aquellas podredumbres televisadas con la misma fuerza a intensidad con que cualquier proverbial pajarillo (o ratoncillo) se inmovilizaría, mortalmente fascinado, frente a la mirada hipnotizante de una serpiente hambrienta. Por regla general, la estúpida contestación que recibían mis averiguaciones, solía resumirse en esta perversa frasecita, palabras más o menos: «…Es porque las telenovelas enseñan a vivir»… De ninguna manera aquella afición enfermiza respondía a un círculo vicioso de ocio; ni a un vacío existencial lindante con el suicidio o el coma; ni a una ignorancia igual de completa y devastadora sobre aquello que los americanos llaman The Facts of Life (puede traducirse como «los hechos o realidades de la vida»), como sobre las posibilidades de cualquier posible programación televisiva en la ciudad de Montevideo. Nada de eso. Sencillamente, se aferraban al televisor con morbosa persistencia porque «las telenovelas —o teleteatros— enseñaban a vivir». Y se trataba, en su gran mayoría, de teleteatros o telenovelas procedentes de la vecina orilla: la República Argentina.
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Y bueno… ¿Qué contestar frente a semejantes desbordes de sabiduría populachera? Resultaba, entonces, que las telenovelas (o teleteatros) «enseñaban a vivir». Lo cual significaba, por lógica añadidura, que al mismo tiempo esos teleteatros (o telenovelas) enseñaban «lo que era el amor». Y, deducción de lógica tan simple como irreversible, si las tales (telenovelas o teleteatros) «enseñaban» todo lo antedicho, también por fuerza tenían que «enseñar a amar» (ergo: cómo, cuándo, por qué, con quién, en qué momentos y lugares hacerlo, etcétera). Mas, ahora bien… ¿Quiénes eran los grandes autores de las más exitosas telenovelas argentinas? Ellos eran, por entonces, tres vetustos personajes: Abel Santa Cruz (1911), Nené Cascallar (1914), y Alberto Migré (1931)… Esos tres personajes eran los gurúes del teleteatro rioplatense por entonces, pero… Además de ser los dos primeros cuasi momificables, ¿qué otras características principales presentaban los tres individuos? Es muy sencillo: se trataba, por estricto orden de un vejete pervertido, una solterona recluida en silla de ruedas desde los cinco años, y un maricón. De manera tal que, los genios intelectuales que tenían la sagrada misión de «enseñarme a vivir y conocer el amor» (a mí y al resto de los latinoamericanos, of course), eran esos tres desechos humanos. Pues no, gracias. Desde entonces me he quedado —y sigo haciéndolo— con el viejo y deportivo método empírico, que tendrá la desventaja de los golpes y los porrazos sobre la marcha, pero que cuando menos está libre de cualquier influencia de las mencionadas.
Para decir verdad, Abel Santa Cruz, Nené Cascallar y Alberto Migré, con todos sus indigestos dramones a cuestas, parecerían ser unos inocentes niños de kínder si se les compara con las abominaciones nauseabundas que ofrece, hoy día, la televisión por cable del mundo globalizado. Pero no nos engañemos: esos tres monstruos y muchos otros de igual calaña, tanto en Argentina como en México y en Venezuela o Colombia, abonaron con morbosa eficiencia el terreno para todos los bodrios amorales e inmundos que ahora infestan las pantallas y contribuyen a que los seres humanos del presente se vean, con cada vez más inquietante similitud, como una tribu de mandriles enloquecidos.
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