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Año V Nro. 331 - Uruguay, 27 de marzo del 2009   
 

Visión Marítima

historia paralela

 
 

 

Los errores conceptuales de la
“Presidenta de todos los argentinos”

por Adrián Lucardi

 
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Lo más preocupante del discurso de la presidenta es su concepción de la economía: “la economía –y todos ustedes lo saben– es, precisamente, administrar con los recursos que se tienen y con la contribución que hay. Siempre en economía, lo que se les asigna a unos, es porque se lo está sacando a otros, porque el único que pudo multiplicar los peces y los panes fue Jesucristo, el resto tiene que tomar decisiones en base a los recursos que se tiene.” En realidad, la economía es todo lo contrario: es la creación de riqueza que permite que haya más para todos, por lo que todos pueden salir ganando. Si lo que dice la presidenta fuera cierto, entonces aún estaríamos en la edad de piedra, cubriéndonos con taparrabos y robándonos los unos a los otros con arcos y flechas. Todos los adelantos materiales que vemos hoy en día (los autos, las computadoras, los edificios, la ropa, las carteras Vuitton…) no existían en la época de los cazadoresrecolectores. Pero entonces, nadie se los pudo sacar a nadie, sino que tuvieron que ser creados, y en el proceso ganaron tanto quienes los fabricaron –porque obtuvieron recursos para satisfacer otros deseos– como quienes los compraron, ya que les permitieron mejorar su calidad de vida. Ése es el secreto de la economía, y eso es lo que permite hablar de “crecimiento” económico.

         En su discurso ante la Asamblea legislativa1 del primero de marzo último, la presidenta habló de varios temas: la crisis económica mundial, la importancia de reformular las reglas del sistema económico internacional, los resultados en materia de crecimiento y empleo del modelo económico vigente en la Argentina desde 2003, las ayudas que el estado nacional otorga a las provincias, la importancia de redistribuir los ingresos, la mejora en la situación de los jubilados y la mayor calidad institucional que el país supuestamente presenta desde el gobierno de su esposo Néstor Kirchner. El texto contiene varias inexactitudes, pero no viene al caso discutirlas aquí. Más importante es destacar algunos errores conceptuales en que incurre quien es, como a ella misma le gusta señalar, la “Presidenta de todos los argentinos”.

         En primer lugar está la cuestión de la crisis económica internacional y del modelo que corresponde adoptar frente a la misma. Es absolutamente cierto que, a diferencia de la mayoría de las crisis que la Argentina sufrió en los últimos años, ésta tiene un origen externo. También es cierto que durante los gobiernos de Néstor y Cristina

         Kirchner se aplicaron medidas de política económica generalmente opuestos a las recomendaciones de la comunidad internacional. Pero de esas dos premisas correctas no se sigue que el “modelo alternativo” que la presidenta propone sea el adecuado para enfrentar la crisis interna, y ello no por una cuestión de ortodoxia o heterodoxia, sino porque el “modelo kirchnerista” es absolutamente procíclico. En otras palabras, se trata de un modelo cuyo éxito está atado a una situación internacional favorable, porque se basa en el aumento del gasto público dependiente de la emisión de dinero y el aumento de la recaudación impositiva -que proviene en su mayor parte de impuestos como el IVA y las retenciones a las exportaciones, que crecen y bajan según el nivel de actividad económica.

         En su discurso, la presidenta menciona muchas cifras (no ajustadas por la inflación) destinadas a mostrar los excepcionales resultados de este modelo, pero lo mismo pueden hacer las autoridades de otros países, por la sencilla razón de que en los últimos cinco años, el mundo creció al calor de esa tan denostada “especulación financiera”. Si en la Argentina el crecimiento fue un poco mayor que el de otros países, ello se debe a que el país venía de un largo período de recesión, seguido de una profunda depresión, por lo que buena parte de ese crecimiento no fue más que una recuperación de los niveles de actividad anteriores. El modelo kirchnerista tienen menos virtudes intrínsecas de las que les gusta mencionar al gobierno.

         En segundo lugar, a la presidenta parecen molestarle mucho las reglas del sistema financiero internacional, reglas que, informa, “sólo existen y deben ser cumplidas por los países débiles o emergentes”, en tanto que los poderosos quedan impunes. La crítica parece razonable, pero lo sería más si la presidenta la aplicara a su propio país: ¿acaso la enorme mayoría de los argentinos no siente que vive en un lugar donde las reglas sólo se cumplen para los “perejiles” que no tienen los recursos o los contactos suficientes para escapar al castigo? ¿Acaso no existe la sensación generalizada de que la Argentina es un país donde los funcionarios públicos nunca reciben condena por sus delitos, y mucho menos cuando están en el poder? Durante los tan denostados años 90, los menemistas argumentaban que las denuncias de corrupción en contra de funcionarios del gobierno eran inventos de los medios, que la justicia nunca había podido probar.

         Durante el kirchnerismo, las cosas no cambiaron mucho: los funcionarios involucrados en escándalos de corrupción fueron separados de sus cargos, pero las denuncias en su contra no se mueven; y luego que el principal ente recaudador del país lanzara una larga campaña para “concientizar” sobre la importancia de pagar impuestos, el gobierno acaba de anuncia una amplia moratoria impositiva y un blanqueo de capitales que beneficiará especialmente a los grandes evasores.

         Como en el caso de los modelos económicos, la presidenta también señala que el kirchnerismo puede ofrecer una propuesta alternativa en este terreno.

         Luego de destacar “la crisis de un sistema de ideas que hizo de la especulación, de la subordinación, de un mundo donde unos pocos mandan y el resto obedece […] un modelo de decisión, un modelo de ejercicio del poder”, agrega que “yo creo que estas son las cosas en las que los argentinos tenemos que aportar […] con la convicción de que hemos podido hacer aquí en la República Argentina,  algo diferente […].” Sería bueno que la presidenta aclare a qué se refiere con ese “algo diferente”, no basado en la “subordinación”, que los argentinos pueden aportar, porque la percepción de los que vivimos en este país es que ni el gobierno de la presidenta ni el de su marido pueden considerarse ejemplos de “cooperación”, no ya con sus opositores políticos, sino con sus mismos partidarios en el Poder Legislativo. Por supuesto, el conflicto es consustancial a la actividad política, y por ello siempre habrá desacuerdos fundamentales y grupos que se considerarán derrotados por otros. Además, si el gobierno actual ha logrado suficiente apoyo en las urnas como para que sus propuestas legislativas sean aprobadas sin cambios. Pero un gobierno que continuamente insiste en que los proyectos que envía al Congreso sean aprobados sin cambios, aunque éstos los harían más aceptables para algunos opositores, y que si perdió una votación legislativa importante fue porque no quiso aceptar modificaciones sustanciales a su proyecto original, no puede ufanarse de ser partidario de la “cooperación” en la formulación de políticas. Si la presidenta realmente cree que la cooperación incide favorablemente en la calidad de las políticas públicas, debería comenzar por practicarla en su propio país.

         Pero lo más preocupante del discurso de la presidenta es su concepción de la economía: “la economía –y todos ustedes lo saben– es, precisamente, administrar con los recursos que se tienen y con la contribución que hay. Siempre en economía, lo que se les asigna a unos, es porque se lo está sacando a otros, porque el único que pudo multiplicar los peces y los panes fue Jesucristo, el resto tiene que tomar decisiones en base a los recursos que se tiene.” En realidad, la economía es todo lo contrario: es la creación de riqueza que permite que haya más para todos, por lo que todos pueden salir ganando. Si lo que dice la presidenta fuera cierto, entonces aún estaríamos en la edad de piedra, cubriéndonos con taparrabos y robándonos los unos a los otros con arcos y flechas. Todos los adelantos materiales que vemos hoy en día (los autos, las computadoras, los edificios, la ropa, las carteras Vuitton…) no existían en la época de los cazadores-recolectores. Pero entonces, nadie se los pudo sacar a nadie, sino que tuvieron que ser creados, y en el proceso ganaron tanto quienes los fabricaron –porque obtuvieron recursos para satisfacer otros deseos– como quienes los compraron, ya que les permitieron mejorar su calidad de vida. Ése es el secreto de la economía, y eso es lo que permite hablar de “crecimiento” económico. Por supuesto, dicho crecimiento no es análogo a la multiplicación de los panes y los peces que se cuenta en el mito bíblico, sino que es producto del ahorro, la inversión y el trabajo, cosas que no existen allí donde se confiscan los depósitos bancarios, se deprecia constantemente la moneda (lo que desalienta el ahorro), se castiga con impuestos a quienes invierten para obtener elevados beneficios, y se ofrecen tentadores salarios por realizar trabajos poco exigentes en un sector público enorme, ineficiente e improductivo. En otras palabras, el crecimiento se produce cuando quien genera más riqueza que otros sabe que va a poder disponer de los beneficios de su mayor productividad. Sería bueno que en la Argentina las leyes y regulaciones apuntasen en ese sentido, en vez de apropiarse de los beneficios de los más eficientes para redistribuirlos entre quienes son menos productivos.

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Fuente: Cadal
 
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