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Cuba y América Latina: las claves de una relación a futuro
por Elías Amor Bravo
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Mucho se está hablando en los últimos días sobre la influencia, para algunos, supuestamente positiva, que la ola izquierdista en América Latina puede tener para la dictadura comunista de Raúl Castro en Cuba. Otros han prestado atención a que los gobiernos de izquierdas en el continente tienen en el régimen de Raúl Castro una referencia ideológica o un alimento espiritual para sus electorados. Varios editoriales han prestado atención a estas cuestiones, y existe una creencia más o menos generalizada de que la sintonía entre los nuevos dirigentes que van abriendo camino en el continente y el régimen de Castro puede ser altamente positiva en ambas direcciones.
En contra de esta opinión, cabe también pensar lo contrario. Y esta es la tesis que me propongo esbozar en estas líneas. Sugiero, a modo de resumen, que el régimen de Cuba, puede descubrir a medio plazo, que la eclosión de regímenes que apuestan por políticas sociales redistributivas, puede significar más una amenaza que una oportunidad real de la que obtener beneficios, como ha venido sucediendo hasta la fecha. De igual modo, Cuba y su ineficacia económica, a la larga, se puede convertir en una pesada hipoteca política para los gobiernos izquierdistas del continente. Vayamos por partes a analizar estas cuestiones.
Respecto de la primera, en poco tiempo el gobierno cubano va a observar como pierde su liderazgo izquierdista en América Latina. De una soledad y aislamiento políticamente rentable, que venía a identificarse con el enfrentamiento permanente a una hipotética agresión del “imperio”, la situación actual difiere bastante. Mientras el presidente Obama cumple su promesa y liberaliza los viajes de los cubanoamericanos a la Isla, así como buena parte de las relaciones comerciales, convirtiendo al “embargo” en un anacronismo, el régimen castrista ataca a Estados Unidos buscando mantener abierta la herida del enfrentamiento que tanta rentabilidad le ha proporcionado en 50 años.
De ese modo, la exclusiva de la franquicia de izquierdismo militante que venía disfrutando el régimen de monopolio el castrismo, a nivel continental, puede quedar diluida con la apuesta que otros países vienen realizando en este mismo ámbito del espectro político. Pero esos países, lejos de enfrentarse con la política de Estados Unidos, identifican espacios de cooperación y diálogo, como Lula en Brasil o a más distancia Bachelet en Chile. Creo sinceramente que si el régimen cubano empieza a observar que los gobiernos de izquierda de América Latina se entienden con Estados Unidos y se afianza una nueva política de cooperación a nivel regional, el sustento de su guerra abierta con el vecino del Norte va a pasar a mejor vida. En ausencia de justificaciones, las cárceles cubanas tendrán que ser abiertas de par en par, los presos políticos liberados y la convocatoria de elecciones para una transición democrática, inmediata. En caso contrario, los mismos que viajan a La Habana para retratarse con el moribundo “guía espiritual” pueden quedar hastiados también de tanta mediocridad política y reivindicar el respeto a los derechos humanos.
Con relación al segundo aspecto, es posible que la solidaridad con un régimen económico improductivo se pueda mantener a corto plazo con el petróleo a 100 dólares el barril y los precios de las materias primas en aumento, pero cuando se tienen que reelaborar los presupuestos a 40 dólares el barril, y a la baja, la solidaridad puede tener límite con los ineficientes. Si la crisis económica mundial se expande a nivel continental, cosa más que probable, conforme los mercados de importación se debiliten progresivamente, los nuevos gobiernos izquierdistas de América Latina, alzados con la victoria democrática en un entorno de fuerte crecimiento económico y de las rentas reales, se van a encontrar con un nuevo escenario de dificultades para el que, la redistribución y el gasto superfluo, no son la mejor política económica, viéndose obligados a dar marcha atrás a buena parte de sus propuestas electorales, provocando la desafección de amplias capas sociales.
Muchos de estos gobiernos descubrirán con sorpresa que subvencionar a una economía incompetente e ineficiente, mal gobernada como la de Cuba, cuyo único valor diferencial es la “venta” de un mensaje político que ya no funciona a nivel internacional, no tiene sentido, porque lo primero es atender a sus electorados. Si eso es así, Cuba se puede convertir más en un problema que en una solución. Tirando lastre, los gobiernos latinoamericanos no podrán continuar apoyando al régimen de Raúl Castro y le exigirán el pago inmediato de las deudas. Cuba no encontrará argumentos para cuestionarlos, salvo los de siempre. El conflicto político está servido, y ahora con gobiernos de izquierdas.
Las cosas a veces no salen como uno pretende o quiere. Y mucho menos en materia de asuntos económicos, donde hay que mirar al mismo tiempo al presente y la realidad del momento, con los pies en el suelo, pero también al futuro, donde se encuentran las mayores dificultades siempre. Una economía ineficiente, improductiva, de caja única, sin capacidad de riesgo y con poco que ofrecer a nivel mundial, como la cubana, lo va a pasar muy mal, si no se adoptan las medidas que venimos apuntando: propiedad privada y mercado. Una receta tan sencilla y tan difícil de entender por los comunistas cubanos.
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