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El poder de la envidia
por Fernando Molina
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Una semana después de que la casa que construyó en su pueblo natal fuera ocupada por sus vecinos (que echaron por la fuerza a su familia), el ex vicepresidente Víctor Hugo Cárdenas se enfrenta a la posibilidad cierta de perderla. Las múltiples expresiones de solidaridad de los políticos e intelectuales bolivianos, y de unas pocas representaciones diplomáticas, que su caso provocó, no han logrado mover un milímetro al Gobierno para que haga respetar la ley y la propiedad.
El argumento de los comunarios, de que Cárdenas merece castigo por pensar diferente que la mayoría de los aymaras, la cultura a la que pertenece --es decir, por oponerse a Evo y a su Constitución estatista--, ha encontrado eco en las autoridades. Muchas están completamente de acuerdo y no lo disimulan; las más moderadas definen el ataque como parte del costo natural de una revolución como la que está en marcha en Bolivia. Sea por esto o por aquello, en cualquier caso nadie hace nada por devolverle a Cárdenas lo que le quitaron.
Así, este político y profesor universitario vive el mismo drama que muchos otros en Bolivia. La desposesión por razones políticas ha sido una de las constantes de nuestra historia. Desde siempre, muchos extranjeros, pero también una buena cantidad de connacionales han perdido su propiedad por el atropello de las multitudes ansiosas de "redistribuirse" la riqueza ajena, o por decisión de los gobiernos que sintonizaban con esa ansiedad. Los casos más publicitados, aunque tuvieron un menor efecto humano, fueron las "nacionalizaciones" de los negocios extranjeros, pero hay otros mucho más conmovedores.
En los últimos dos o tres años, más de 200 minas fueron ocupadas por las comunidades aledañas a cada explotación: las últimas haciendas medianas que había en el altiplano fueron tomadas y devastadas por los campesinos (alguna vez por los mismos que habitan cerca al lago Titikaka y que ahora tienen secuestrada la casa de Víctor Hugo). Y las tierras productivas del oriente han sido objeto de la ocupación constante de ciertos grupos organizados.
Si éstos son los resultados de "la revolución", entonces la revolución está inspirada por un "comunismo basto e irreflexivo", el cual "supone la negación abstracta de todo el mudo de la cultura y la civilización", y apunta a "nivelar hacia abajo procediendo desde un mínimo preconcebido". Una revolución de "la envidia general constituida como poder".
Créanlo o no, estas citas pertenecen a Karl Marx. Incluso un marxismo más adocenado que el del fundador se opone normalmente a las expropiaciones sin sentido estratégico, así como a los progromos contra los burgueses. Y es evidente que este ataque contra Cárdenas carece de todo sentido político: la mayor parte de la gente lo ha considerado un atropello, en un país en el que las víctimas siempre ganan puntos electorales. De este modo, Víctor Hugo Cárdenas puede convertirse, en parte involuntariamente, en el principal contendor de Evo Morales en las elecciones de diciembre de este año.
Y es que el Gobierno no es siquiera marxista. Aunque sus mejores miembros comprendan que el balance de este episodio no será positivo para su causa, ninguno se atreverá a enfrentar la fuerza política más importante de nuestra época, la misma que ha llevado a Morales al poder: esto es, "la envidia general constituida como poder". Nadie tampoco se atreve a enfrentar una práctica tan popular y políticamente tan útil como de la nivelación hacia abajo.
Y atención que en este caso "abajo" significa la pobreza de la que Cárdenas ha salido (no así sus atacantes), pero también el nivel ideológico más básico o, para decirlo con Marx, "basto" que sea posible imaginar. El nivel del conformismo intelectual, la adulación al poder, la subordinación a los caudillos de la hora y, como saldo final, la claque y la unanimidad. Cárdenas se ha elevado sobre esto y por eso se lo considera un "traidor". A éste primitivo nivel debemos reducirnos hoy, los bolivianos, si queremos vivir en paz.
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