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Año V Nro. 331 - Uruguay, 27 de marzo del 2009   
 

Visión Marítima

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Fernando Pintos

Un perfecto final para Madame Bovary…
por Fernando Pintos

 
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         El otro día volví a ver, gracias a la magia del cable, una versión cinematográfica de «Madame Bovary», la famosa novela de Gustave Flaubert. Es una película de 1949, que fue dirigida por Vincente Minnelli (el papá de Liza) y protagonizada por Jennifer Jones, Van Heflin y Louis Jourdan. Y, como me sucede de costumbre frente a esa obra, me quedé a mitades boquiabierto y patitieso…¡Qué intenso el drama de la tal Emma! ¡Casada con Charles Bovary, ese mediocre mediquillo de provincia que pretendió operar de su pata coja a Hippolyte, el idiota del pueblo, y para colmo lo dejó manco y tartamudo, además de tullido! ¡Asediada con groseras insinuaciones por monsieur Pajarín y monsieur Palomette, los sórdidos usureros de Yonville! Cortejada por Rodolphe y Leon, dos amantes tan cretinos como mentirosos (y además, ridículos, con toda esa ropa tan pasada de moda)… ¡Con razón terminó por suicidarse con el agua oxigenada que solía utilizar en sus infructuosos intentos por convertirse en una rubia que hubiera debido ser bataclana, mistonga, florcita de lis y, además, llamarse algo así como «Madame Yvonne»! Emocionado por los tortuosos vericuetos de ese drama inmortal, he repensado escribir una continuación, que en honor a los tiempos que corren sea posmoderna y se adapte a la realidad de este mundo que nos rodea.

         En mi nueva novela, que habrá de titularse «Madame Bovary II: El retorno de la pecadora», los detestables Pajarín y Palomette se dedican al manejo de una financiera clandestina en donde el archisabido idiota (y además cornúpeta) de Charles Bovary ha invertido todos sus ahorros, incluido el coqueto bisoñé que atesoraba para que sirviera como consuelo en su vejez. La quiebra fraudulenta de aquella empresa de papel dejará a todo el pueblo en la más desoladora bancarrota. Una vez que se difunde la infausta noticia, los villanos desaparecen, a pesar del arraigo judicial y la orden de captura… Como de costumbre, la Policía —demasiado atareada en atender las sandeces e incoherencias de la Ministra del Interior— no ha podido hacer nada para evitar el vuelo de aquellos funestos pájaros de cuenta.

         Mientras todo aquello acontece, Emma Bovary, quien en los últimos meses había pasado por las manos de varios funcionarios menores, un ministro que está por completo gagá (y absolutamente verde), una ministra lesbiana, algún Presidente de la República y dos que tres políticos sin rebusque conocido, ha caído en las garras también pornográficas (ya que estamos…) de una profunda depresión. Urgida de fondos y en un ataque de desesperación, pretendió vender la bigotera de ese idiota que tiene de marido, pero no consiguió mejor oferta que el trueque por una bacinilla con floripondios.

         Es una situación que se irá agravando paulatinamente, sobre todo, después que una banda de traficantes de niños secuestra a su hija y unos ladrones de autos la dejan sin cabriolé ni caballo. Sin hablar del juicio, por impagos, que le plantean cinco tarjetas de crédito… ¡Y la voracidad del Gobierno por cobrar cada día más y más impuestos! ¡Ah, las mil desventuras de aquella deliciosa locuela! Ni qué decir, tampoco, del bochornoso incidente de la pasada Navidad, cuando, más borracha que una cuba (y presumiblemente también mojada, pues como es harto sabido, los malos ejemplos siempre cunden), se puso a tirar cohetes a diestra y siniestra, para terminar incendiando casi la mitad de Yonville…

 (Nota: deberé afinar un poco más la borrascosa escena del juzgado, sobre todo en el pasaje donde Emma, en su pretensión de abofetear al abogado de la contraparte, hace volar la dentadura postiza del juez con un sonoro cachetazo).

         Desesperada por las malas lenguas, asediada por las deudas y desalentada por la gradual impotencia de sus amantes, Madame Bovary querrá suicidarse una vez más… Pero esta vez lo hará con unos fármacos adulterados que, en vez del sueño de la muerte, ¡le provocarán una espantosa diarrea, que habrá de durar toda una semana y se convertirá en la nueva comidilla del pueblo! Y entonces, ya planteado en toda su dimensión ese dramático y desesperanzador panorama, me atreveré a escribir un final con vuelta de tuerca. ¡De una vez la salvación! ¡El triunfo! ¡La exaltación! ¡El fin de las privaciones, las apreturas! ¡Y renovadas fuentes de recursos, para ensayar la virtud del derroche! He pensado, largamente, en la marcada vocación de Emma para el despilfarro. También he reflexionado sobre su generosa e ilimitada irresponsabilidad. Pero, además, me he concentrado, ¡faltaba más!, en su espectacular capacidad para destruir o arruinar vidas ajenas… Y fue precisamente entonces cuando, en un chispazo cegador de inspiración —no me queda claro si divina o etílica—, me llegó la solución para sus problemas y encontré, al mismo tiempo, un perfecto desenlace para mi novela… ¿Qué tal si incorporásemos a Emma en el Gabinete de (des) Gobierno del Frente Amplio, como flamante Ministra de Economía y Finanzas?

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