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Me tienen podrido las encuestas
por Oscar Almada
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No se sorprenda ningún lector asiduo de “Espacio” por el empleo dentro de un título, de un vocablo tan “roué”: recuerden que ha sido usado públicamente por un ciudadano que tiene gran opinión a su favor para desempeñar nada menos que la Presidencia de la República..... El término “podrido” realmente viene al caso tratándose de la sensación que produce el exceso en la difusión de toda clase de encuestas políticas. Fíjense que todavía casi ni se sabe quiénes han de concursar para la Presidencia y faltan más de tres meses para las elecciones primarias, siete para las parlamentarias y ocho para las presidenciales, lo que no obsta para que desde ya salgan varias encuestas de varias empresas cada semana por lo menos, ya sea por pujas internas, cotejos simples entre partidos, posibilidades de cada candidato según quienes sean los otros y todas cuantas Vd. quiera (o no quiera) conocer. Por lo tanto, y si no lo es ya, es muy posible que esta encuestitis ¡se convierta en una plaga peor aún que la propaganda de Llorca!
Porque además, en la actualidad, las encuestas, en vez de informar, determinan; en vez de servir como dato objetivo, inclinan las opiniones subjetivas. La gente, por lo visto, ya no cree en el asunto del voto secreto, y piensa que en vez de elegir, hay que acertar al ganador, porque de repente paga un dividendo, como en Maroñas, de modo que para ejercer el sufragio hay que leer las encuestas, como quien estudia La Fija o los pronósticos semanales de don Luis Segredo. En realidad es un sistema mucho más cómodo y expeditivo: en vez de estudiar, reflexionar y exprimirse el mate, basta con ver quién “va adelante” y ya está. Aquello de elegir al mejor es una antigualla, algo que “ya fue”, una manía que padecen los electores de más provecta edad. Lo práctico es adherirse. Las encuestas manejan al electorado, en vez de que el electorado maneje encuestas, de tal manera, que en puridad, se podría prescindir de los complicados, caros y lentos procedimientos electorales y de la discutida Corte Electoral, y, fijado un plazo para la publicación de encuestas, estudiarlas y de allí concluir quienes habrían sido “electos”.
En el sistema democrático, las elecciones no están destinadas a que se designe al mejor, (quizás porque eso sólo sábelo Dios) sino a designar a quien la mayoría piensa que es el mejor, lo que es distinto, porque la mayoría elige pero no tiene necesariamente razón. Pero mediante el sistema de la encuestomanía, en realidad se elige al menos malo. Por ejemplo: hay una encuesta que dice que Mujica gana en el FA, pero otra dice que si Larrañaga gana en el P.N., es mejor que Astori gane en el F.A. para después tener más chance de ganarla al candidato blanco. De manera que mucha gente, sufragando por Astori, ha de votar en su concepto al menos malo y no al mejor
Detrás de este asunto está el tema del “voto útil”, que ya hemos explicado otras veces y que conduce a que siempre se vote al mismo. Si se hubiese aplicado este sistema siempre, por ejemplo, el F.A. nunca habría ganado. Se razona de este modo: como tu partido “no tiene” chance de ganar, tienes que votar al Frente, para que no gane el P.Nacional (o al P.Nacional, para que no gane el Frente, según quién hable).
Señores: todo esto me tiene podrido, Mujica dixit. Si soy frentista debo votar al F.A. y dentro de él al que me parezca mejor de los tres concursantes. Si soy blanco elegiré entre Lacalle y Larrañaga, si soy colorado no lo puedo abandonar en su actual estado de inopia con su 7 % y debo elegir al mejor de los tres postulantes. Si soy anarco debo votar en realidad en blanco, y si soy Independiente debo votar con toda el alma por el P.I. De manera que las encuestas sirvan para conocer de vez en cuando cómo van las cosas, para orejear las cartas, para ajustar tácticas, pero no para inducirme a elegir. Los ciudadanos no debemos dejar que otros voten en lugar de nosotros.
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