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Año V Nro. 279 - Uruguay,  28 de marzo del 2008   
 

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Julio Dornel

¡Cómo me gustaba ir al Chuy!
por Julio Dornel

 
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         Todos los días estamos observando  distintas facetas de los nuevos tiempos con imágenes de una actividad comercial que nunca hubiéramos imaginado.

         El auge comercial experimentado del otro lado de la avenida Internacional y que fuera marcado por la presencia de la colectividad árabe ha desaparecido completamente.

         La alternativa es clara, o cruzan la línea divisoria y se establecen  con sus comercios en nuestro país o tendrán que levantar el “campamento” en busca de nuevos  horizontes.

         Quienes asistieron al desarrollo experimentado por Chui en las últimas décadas del siglo pasado con motivo de la actividad comercial, no encontraran una explicación que justifique el cierre de  300 comercios tan solo en un año.

         Para entender mejor lo que significaba un viaje de compras a esta frontera, basta señalar que en la década del 70/80 llegaban diariamente a Chuy más de 100 ómnibus y 400 automóviles lo que representaba una población flotante estimada en las 5.000 personas, superando la cantidad de habitantes que no llegaban a los 4.000. 

         Una crónica de Marciano Duran  que fuera publicada por ZONA CHUY en el año 2003 nos relata un viaje muy particular con el humor ya tradicional de este escritor. “

Ayer fui al Chuy, con mi mujer, mi suegra, mi cuñada y mis hijas. 
Mi mujer me indicó en todo el viaje  si podía adelantar o no, si iba ligero o debía apurarme, si tenía que prender el señalero o me olvidaba de pagarlo.
¡Cómo me gusta que mi mujer me explique como manejar hasta el Chuy!
Mi suegra me tapó a mates, me curtió a retos y no me dejó fumar en todo el viaje.
Mi cuñada no paró de hablar del ex marido, de comer biscochos  y de reírse a los gritos. 
Mis nenas empezaron a pelearse apenas se sentaron  en el auto, primero por la ventanilla y después por todo lo demás. 
El mate con llantén empezó a hacer estragos en mi interior.
Antes de llegar a Rocha la vejiga me amenazó seriamente.
Cuando vi un matorral a mi derecha escuche una orden  que llegaba desde mis adentros: “Pará y pone baliza”.
Era mi vejiga hablando en perfecto castellano. Por suerte solo yo la escuchaba.
La miré y cuando comencé a sacarme el cinturón de seguridad  escuche una voz más fuerte que la de mi vejiga que decía “¡Ni se le ocurra –yerno-  ni se le ocurra!” Ni se le ocurra hacer chanchadas que están mis nietas.
“No joda doña que sus nietas son mis hijas” Además está su cuñada y estoy yo, aguante un poquito que ya llegamos” insistió la vieja. 
Pasando Castillos  paramos a comprar butiá. Cuando mi suegra se distrajo, me fui en puntas de pie para atrás  del kiosquito de tablas.
En el momento que me disponía a evacuar.... la vieja me sorprendió al grito de- Ramón-  me presta 50 pesos para el butiá?... degenerado. Guardé y seguí.
Como no podía fumar ni orinar, le di de punta a los butiá.
Al pasar por la aduana saludé al funcionario, porque no se de donde saqué, que con un saludo me podía hacer amigo y así evitar la revisada cuando volviera.
Como no me dio pelota, estacioné en la banquina y me fumé un cigarro de una sola pitada.
LLEGADA.
El olor a alcohol del auto que iba adelante me terminó de marear,  el primer lomo de burro me trajo a la realidad, dejé medio auto en el país hermano. 
Mi suegra vio unas sábanas y al grito de: ¡Una TEKA, una TEKA a 200 pesos!
Se tiró con el auto en marcha.
Estacioné y salí en busca de un baño. “Solo para clientes” me contestaban.
Entré a un comercio y pedí un refresco y algo de comer: Guaraná y Bauru completo.
Tragué con los ojos cerrados  y pregunté: Ahora si...¿el baño? ”no eu no tein baño” me contestó amablemente  el vendedor.
Ahora a mis intenciones de orinar se agregaban  otras un poco mas complicadas, el butiá y el Bauru comenzaban  a darse una fiesta en mi barriga.
RECORRIDA.
Deambulando, disimulando y transpirando me encontré con mi suegra que me pidió la llave del auto para dejar 14 bolsas con ropa, calditos knorr, sardinas, pilas, azúcar, garotos, ticholos y toallas.
“A punto de reventar... le dije mientras giraba la cabeza.
Un señor de barba negra me miró con cara de no entender nada.
Me di cuenta que estaba hablando solo desde media cuadra atrás.
No me preocupó demasiado haber hablado sólo por la calle, vi que todos los maridos conversaban creyendo tener a su esposa o un hijo al lado. 
Otros fumaban dentro de los autos y yo los envidiaba, ninguno de ellos parecía estar orinándose o con diarrea.
Sólo y sin baño me di cuenta que comenzaba a caminar arrollado. Me iba torciendo lentamente y la pera casi tocaba las rodillas.
En eso... escuché la voz de mi mujer que venía de  adentro de otra tienda.
Creí estar viajando a través del tiempo, yo la había dejado atrás... pero ella siempre estaba en otro comercio más adelante, entraba, salía, preguntaba precios, recordaba perfectamente donde estaba el joging  más barato, donde los championes, donde los soutienes y donde las toallas de baño.
Y allí estaba, sacudiendo en alto un calzoncillo rojo, gritando a todos los que quisieran oír: ¡Viejo, ven a probártelo, hace dos años que no te compras ropa interior! Yo... verde, rojo, amarillo, le sonreí  a la vendedora.
El probador me queda chico, por lo menos cuatro talles menos. Una especie de carpita en miniatura donde me costó colocar mis 108 kilos.
Como pude... me las arregle para bajarme el pantalón y mi ropa interior, cuando estaba en un solo pie tratando de sacar una de las  piernas una voz en portuñol  dijo algo así como: ¿ Este probador está vacío?  ¡Noooo!  Grité desesperadamente... pero ya era tarde.
Me arreglé la ropa como pude y arrollado camine hasta el auto.
Pregunté en mil idiomas por un baño.
Mi mujer y mis hijas seguían llenando el auto con bolsas, envases, cajas de cartón, paquetes, latas y botellas.
Una señora me preguntó si me sentía bien.
Crucé las piernas  y comencé a saltar arrollado  y en un solo pie. 
Los butiá me pasaban la cuenta y las manos me transpiraban.
El mate se golpeaba ferozmente con el Bauru en mis adentro.
En mis afueras, las lágrimas empezaban a correr por las mejillas.
Allá adentro, el guaraná  se trenzaba a golpes con el llantén  y los biscochos con los ticholos.
De pronto... alcancé a ver mi paisito.
Allí estaba el Uruguay, enfrente, estaba parado a pocos metros de mi patria y vi claramente el cartel del restaurante y pude imaginar en su interior un baño blanco, hermoso, azulejado, con delicadas canaletas para la orina, con puertas recortadas y salté mojado por las lágrimas y la transpiración.
En un solo pie y sin aflojar ninguno de mis músculos salté y corrí hacia mi país.... pero no alcance a llegar, fue justo en la frontera, dando el paso en el cantero del medio, entre los dos países hermanos... justo allí.
¡Como se extraña el paisito! 
Qué difícil es volver.
¡Qué cagada el desexilio....

         Pensamos que el turista amigo no ha regresado a la frontera, pero si lo hace tenga la seguridad que la historia puede repetirse... los baños todavía no se construyeron.

 
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