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La Mariposa y El Burócrata
por Eduardo García Gaspar

 
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         La historia va más o menos así. Son los años sesenta y un meteorólogo hace cálculos en el MIT. Se trata de predecir el clima con un modelo que una computadora calcula. No se trata de pronosticar climas dentro de decenas de años. Solo se trata de pronósticos para unos pocos días. Hace el primer cálculo y la computadora arroja los resultados. Más tarde hace lo mismo, con el mismo modelo y los mismos datos. Obtiene resultados muy diferentes.

         Edward Lorenz, que así se llamaba, ve las enormes variaciones de los dos cálculos y piensa que se deben a un error en la computadora, o una equivocación en el cálculo. Es lo que pensaríamos usted y yo. Estudiando más el asunto se da cuenta de que lo que causó las grandes diferencias fue algo muy pequeño: un redondeo minúsculo en las cifras metidas al modelo. La idea se popularizó con un nombre, el del Efecto Mariposa.

         Se concluyó que pequeñas variaciones en alguna variable cualquiera dentro de un modelo tendrían consecuencias gigantescas en las proyecciones futuras. La popularidad se debe a lo atractivo de la imagen usada: el aleteo de una mariposa en algún lugar del mundo podría producir un huracán a miles de kilómetros de distancia muchos años después. Podría haberse llamado de otra manera.

         Podría haberse llamado, quizá, el Efecto Gota si es que se dijese que el padecimiento de gota por parte de un pintor en la Edad Media hubiera producido o dejado de producir la Primera Guerra Mundial. Es lo mismo y de eso es posible aprender algunas cosas.

         La más obvia de ellas es lo dudosos que resultan los modelos de predicción apocalíptica del clima. Un muy pequeño cambio en los decimales de una cifra del modelo cambiaría toda la predicción. Peor aún, ¿cómo predecir eventos como al aleteo de cada mariposa, y por eso de cada ave? Predecir unos pocos días el clima resulta razonable, aunque no certero con toda confianza, pero ¿dentro de un año, dentro de cinco?

         Hay otro ejemplo fascinante, el de la mesa de billar. Es un modelo sencillo para pronosticar el efecto del primer tiro, e incluso el del segundo y tercer tiro. Pero llega un punto en el que el pronóstico necesita datos adicionales como la fuerza gravitacional de las personas alrededor de la mesa. Más adelante se necesita conocer las fuerzas de atracción de los planetas, las galaxias, los átomos de todo el universo.

         Ahora imagine usted que alguien quiere planear a la economía, digamos un gobernante con buenas intenciones, de esos que prometen cambios y esperanza en cualquier parte del mundo. Para planearla prometiendo que viviremos mejor todos, necesita un modelo de la sociedad, no diferente al de pronósticos del clima. Si no lo tiene, sus promesas de bienestar serían un fraude.

         Supongamos que tiene el modelo porque contrató a los más sabios del mundo. ¿Enfrenta las mismas dificultades de las bolas de billar? No, enfrenta obstáculos peores. Una persona no es una bola de billar. La bola de billar no es libre, las personas sí. Por tanto, el modelo creado por los más sabios será un fracaso porque no tiene la información que necesita.

         Requeriría sabe qué va a hacer cada uno de los seis mil millones de personas del mundo en cada momento de mañana. Un pequeño error en esto haría inexacto al pronóstico de pasado mañana. Para la siguiente semana, el pronóstico sería muy diferente. Ya no le cuento para dentro de tres meses. De un año ya mejor ni hablar.

         El asunto bien vale una segunda opinión para colocar otra perspectiva en los pronósticos que se hacen hoy sobre sucesos futuros. Sencillamente no son confiables. No tenemos la información necesaria para pronosticar el futuro y por eso cometemos un error, el de pensar que la proyección del pasado es lineal al futuro. No lo es.

         Por todas esas razones, los modelos predictivos son dudosos en su esencia misma. Desde los pronósticos del clima para dentro de 30 años hasta los de la planeación económica a un año. ¿Dejaremos de pronosticar? Jamás, pero sí podemos dejar de confiar ciegamente en esos pronósticos. Ellos sirven sólo para saber qué pensamos hoy del futuro, pero no para saber qué sucederá en él.

Post Scriptum
Los datos de Lorenz y de la mesa de billar fueron tomados de Taleb, Nassim (2007). THE BLACK SWAN: THE IMPACT OF THE HIGHLY IMPROBABLE. New York. Random House. 9781400063512.


Gentileza de: Contrapeso.Info
 
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