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Año V - Nº 266
Uruguay,  28 diciembre del 2007
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Fernando Pintos

Un tributo al soñador
Solitario de Providence

por Fernando Pintos
 
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            Está terminando 2007 y por ello se torna imprescindible hablar, siquiera brevemente, acerca de la personalidad, vida y obra de Howard Phillips Lovecraft. «¿Hablar de tal personaje en vista de qué?», se preguntarán ustedes. Y respondo: el hombre, nacido en 1890, murió en 1937, por lo cual se cumplió, este año que está en las postrimerías, el 70º aniversario de su desaparición. Y sí: estoy de acuerdo que en aquel año murieron decenas de millones en todo el planeta, pero ninguno como aquel caballero norteamericano de talante reservado y, al igual que el Quijote de Cervantes, de triste figura.

            Expliquémonos: aquello que hoy conocemos como literatura de terror u horror tuvo, en Howard Phillips Lovecraft, un antes y un después. En realidad, los dos grandes maestros del género fueron norteamericanos y germinaron en dos siglos diferentes y sucesivos. Al primero, Edgar Allan Poe (1809/1849) le cupo el privilegio de ser el gran iniciador del relato terrorífico moderno y, en cierta medida, también su padre fundador. Pero le correspondió al segundo, Howard Phillips Lovecraft (1890/1937), la descomunal tarea de ser el gran renovador de aquella rama de la literatura… El hombre que sentó las bases para todo lo que ha venido después, incluidos los grandes exponentes del último cuarto del siglo XX y principios del XXI, como Clive Barker, Anne Rice o Stephen King.

            Hijo único de un hogar destruido. Niño solitario y retraído que comenzó a escribir relatos y poesía desde los siete años. Huérfano de padre a muy temprana edad, criado por una madre neurótica y tías solteronas. Niño que fue acosado por pesadillas recurrentes y perturbadoras. Adolescente enfermizo y tímido, que pretendió seguir el rumbo de algunos grandes escritores del siglo XVIII. Y además, un adulto a quien le resultaba difícil relacionarse con el mundo que le rodeaba (se dice que no pasó una noche fuera de su casa hasta después de cumplir 30 años), y que vivía tenazmente sumergido en un mundo de recuerdos, pues añoraba y veneraba tanto el pasado colonial de su país como la estirpe británica de su familia. Así fue Howard Phillips Lovecraft y, en perfecta sintonía con todo aquello, parecida resultó su existencia, que apreciada a través de nuestra particular óptica posmoderna —tan pragmática y utilitarista—, parecería convertirse en un paradigma del fracaso absoluto. Lovecraft apenas vivió 47 años y nunca disfrutó de una situación económica holgada. Casi toda su vida consistió en una lucha muy desigual contra un mundo y una realidad que le eran tan ajenos como chocantes, y a los cuales procuraba evadir de manera asidua. Una lucha que se tradujo, como es de suponer, en una carencia casi constante de dinero, que fue severamente agravada por sus notorias dificultades para conseguir y conservar un trabajo regular rentado.

            Lovecraft adoleció de una salud frágil a lo largo de toda su vida. Y su alimentación habitual no le ayudaba, pues consistía casi exclusivamente de dulces, helados y pasteles. Quienes han escrito sobre su vida prefieren describirlo como un individuo aficionado a dedicar largas horas, durante las noches, para deambular por los barrios más antiguos de su ciudad natal de Providence (Rhode Island), y también agregan que cuando durante el día se dedicaba a escribir, prefería hacer con las persianas bajadas. Es muy posible que así haya sido, pero, cuando menos, admitamos que esos y algunos otros detalles forman parte del mito que comenzó a rodear su figura después de la muerte y que, muy razonablemente, acreció y ramificó con el paso de los años. Lo que sí resulta verídico es que Lovecraft sustituyó, en buena medida, aquellos contactos sociales que son comunes y corrientes para la mayoría de seres humanos con una llamativa afición al género epistolar. y También que, gracias a esto último, consiguió reunir un interesante grupo de amigos quienes, al igual que él, se manifestaban profundamente interesados en la literatura sobrenatural. Con el tiempo y en sintonía con el paulatino crecimiento de su producción literaria, buena parte de aquellos corresponsales epistolares se convirtió en lo que fue bautizado como el «Círculo Lovecraft»: un grupo de intelectuales y escritores donde figuraban algunos notables, tales como Augus Derleth, Robert Bloch, Frank Belknap Long, Donald Wandrei, Henry Kuttner y Clark Ashton Smith.

            Aunque comenzó a escribir desde muy pequeño, los primeros relatos publicados por Lovecraft vieron la luz a partir de 1923. Ello significa que el Lovecraft/escritor, o si se prefiere, el Lovecraft/personaje/público apenas duró en vida unos 14 años. Sin embargo, en ese lapso relativamente breve, durante buena parte del cual publicó relatos sueltos en revistas tales como la célebre «Weird Tales», se las ingenió para estructurar y erigir una obra —édita e inédita— verdaderamente formidable y de paso crear toda una cosmogonía a la que se conoce como «Mitos de Cthulu», así como una interesante bibliografía ficticia, entre la que destaca con luces muy particulares (y por ello merece referencia posterior) «El Necronomicón». Para decir verdad, la mayor parte de aquella obra extraordinaria fue publicada después de su muerte y permaneció inmersa, durante algunas décadas, en esa especie de limbo que la fría realidad reserva para muchos escritores extraordinarios. Un ghetto intelectual cuyos muros y alambradas apenas son salvados, casi siempre en forma subrepticia, por una limitada agrupación de conocedores e iniciados.

            El epicentro de la obra —y legado literario— de Lovecraft son los «Mitos de Cthulu». Según éstos, la Humanidad habita un universo que se encuentra en peligrosa vecindad con otro —oculto, secreto, innombrable— donde habitan entidades monstruosas, que en un remoto pasado dominaron la Tierra y que pretenden volver, para desatar un caos de absoluta destrucción, terminar con el hombre y apoderarse una vez más de este mundo. Según los mitos, existen ciertos portales, secretos, que podrían ser abiertos para dar paso a aquellos monstruos de otra dimensión. Y ello podría perpetrarse a través de determinados conjuros, que permanecen ocultos en las páginas de algunos libros prohibidos. Resulta obvio que, para retornar, las entidades necesitan contar con la complicidad de algunos individuos, ya pertenezcan a nuestra especie, ya sean semihumanos, los cuales estarían buscando abrir los pasadizos entre nuestro mundo y el de las monstruosidades que pretenden invadirnos. Los mitos, mayormente pergeñados y conformados por Lovecraft (quien estudió con atención algunas mitologías no occidentales, como la sumeria y la árabe), contaron con diferentes aportes, provenientes de todos los escritores que formaron parte de su círculo. Y también se tomaron, a fin de ser integrados convenientemente, algunos elementos preexistentes en la obra de precursores como Lord Dunsany, Arthur Machen, Ambrose Bierce, Robert W. Chambers o Algernon Blackwood.

            Los relatos de Lovecraft están caracterizados por un constante clima de suspenso. Los protagonistas son, por regla general, individuos solitarios que se ven confrontados —casi siempre por culpa del azar— con situaciones que, fatalmente, derivan en lo terrorífico. Raramente aparecen mujeres en los relatos de Lovecraft, y cuando lo hacen, es para asumir el rol de víctimas propiciatorias o de borrosos personajes secundarios. Pero toda esa narrativa carece de heroínas, al estilo de las dos que aparecen en el «Drácula» de Stoker (Mina Harker y Lucy Westenra), o de la Carmilla de Sheridan LeFanu. Ningún personaje parecido a las trágicas protagonistas de Edgar Allan Poe… Lovecraft reflejaba, en su creación literaria, la sempiterna soledad de su existencia real, la opresión materna sufrida en la niñez, y la casi ausencia de relaciones sentimentales, a excepción de su breve y fallido matrimonio (1924/1926) con Sonia Greene, una mujer que le llevaba diez años de edad. Y de la misma manera que la mujer/protagonista (por ende, lo romántico, lo erótico) estuvo excluida de sus relatos, también lo estuvieron los finales felices, o cuando menos aquéllos con apoteosis y absoluta ausencia de nubarrones en el horizonte inmediato.

            La obra de Lovecraft publicada en lengua española es amplia. En cuanto a la narrativa, cabe destacar los siguientes títulos: «El caso de Charles Dexter Ward»; «En las montañas de la locura»; «El color que cayó del cielo»; «El horror de Dunwich»; «En la cripta»; «El clérigo malvado»; «La sombra sobre Innsmouth»; «El que acecha en el umbral»; «El llamado de Cthulu»; «Las ratas de las paredes», «La extraña casa de la niebla», «La transición de Juan Romero»; «La bestia de la gruta»; «El alquimista»; «El terrible anciano»; «El modelo de Pickman»; «El que susurra en la oscuridad»; «El extraño»; «Arcilla de Innsmouth»; «Dagon»; «La tumba»; «Más allá del muro del sueño»; «La ciudad sin nombre»; «Los otros dioses»; «Herbert West: reanimador»; «El horror oculto»; «Lo innombrable»; «Muerte alada»; «El horror en el cementerio»; «El sepulcro»; «Lo indescriptible»; «La casa maldita»; «La antigua raza»… Y muchos más. En cuanto a sus ensayos, el más notable que se publicó en español ha sido su magistral «El horror en la literatura».

            Una mención final para aquel libro que Lovecraft se inventó para dar mayor verosimilitud a los «Mitos de Cthulu», o sea: «El Necronomicón». Durante años, una legión de crédulos y de ingenuos estuvo buscando el tal libro, creyendo a pies juntillas en su existencia. Hubiera dado igual que buscaran algún espejo que les permitiera pasar al País de las Maravillas de Lewis Carroll. Pero tenía razón Albert Einstein cuando afirmaba que «la estupidez es infinita». De hecho, ya desde unos 15 años a esta parte, algunos hábiles y ávidos mercaderes editoriales cayeron en cuenta de que, si cada día nace un estúpido, el negocio más fructífero consistirá en explotar la credulidad congénita de tan extenso público. Y entonces, muy sueltos de cuerpo, se han inventado y han puesto a la venta unas delirantes ediciones apócrifas (absolutamente inventadas) del «Necronomicón». ¡Maravillosa estafa intelectual combinada con un perfecto negocio editorial! Y uno se pregunta cuál sería la reacción de Lovecraft, si por un momento reviviera y contemplara tamaña impostura mercantil… En todo caso, prefiero pensar que esbozaría una sonrisa que oscilaría entre triste, leve y educada, para dar inmediatamente después la media vuelta y retornar, con un andar pausado, en busca del reino de las sombras.

 
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