La ruta 29 disminuye su corcoveo mientras deja atrás Minas de Corrales, para desembocar en el Paso Manuel Díaz, sobre la ruta 5. En uno de los últimos recodos, oculto por la maleza, se abre un sendero por el que apenas puede transitar un automóvil. El despintado cartel colocado algunos metros antes permite inferir que ese camino de incierta extensión conduce hasta uno de los tesoros escondidos que el Uruguay se empeña en ocultar: los restos de la primera represa hidroeléctrica de América del Sur, inaugurada en el año 1882, que serían el centro de un multitudinario peregrinaje de turistas del mundo entero si esa circunstancia se difundiera como es debido.
Ajena a los vaivenes de la campaña electoral, la represa puede lucir, según el ángulo elegido para fotografiarla, como los restos de construcciones romanas, como un reducto de abandonados galpones de estancia, o como partes de una central hidroeléctrica a punto de volver a funcionar con una maquinaria pasada de moda. Sólo la vergüenza de las autoridades por el estado de abandono de esa reliquia puede explicar la desidia en incluirlo en las guías turísticas como punto de interés de escala continental.
No resulta aventurado afirmar que si ese tesoro recibiera la atención que merece, la vida económica de Rivera y del vecino departamento de Tacuarembó cambiaría radicalmente. El alto número de visitantes que se sentirían atraídos por esta joya de la industria del siglo XIX determinaría la construcción de varios hoteles y lugares de esparcimiento para los turistas, que a pocos kilómetros de ese lugar también podrían visitar los restos de las minas que explotó la Compañía Francesa de las Minas de Oro del Uruguay.
Pero hoy el paseo vale la pena para ver cómo conviven, en un escenario digno de García Márquez, ovejas, vacas, murciélagos, túneles, restos de viejas máquinas centenarias, con el fondo de una conmovedora banda de sonido alimentada por el murmullo de las aguas del Cuñapirú (“mujer flaca”, en guaraní) serpenteando entre las rocas que emergen de su fondo, y el canto de los pájaros que han hecho de ese lugar su propio paraíso. Varios carteles de de azarosa caligrafía advierten al visitante sobre la existencia de murciélagos en lo que parece haber sido el asiento de las oficinas desde las cuales se manejaba la represa. Pero aunque el visitante no conociera el idioma local, tampoco se sentiría tentado de ingresar porque el edificio transmite la impresión de que puede colapsar en cualquier momento. Trozos de mampostería que cuelgan del techo parecen estar prontos a lanzarse sobre las cabezas de los intrusos que no se amilanen ante las ratas voladoras.
Por si faltara algún elemento más para aumentar la leyenda de este prodigio de la ingeniería, que comenzó a funcionar apenas 24 meses después de que entrara en servicio la primera central hidroeléctrica del mundo (Northumberland, Gran Bretaña), su proceso de construcción está íntimamente vinculado a los orígenes de Carlos Gardel, el más grande artista compatriota de todos los tiempos. En efecto, el ingeniero francés Víctor L’Olivier, quien recibió el encargo de diseñar la presa, fue el mismo que construyó, por orden del coronel Carlos Escayola, padre del cantor inmortal, el teatro que lleva su nombre en la ciudad de Tacuarembó.
Paisajes de cerros y valles similares a los que rodearon la primera infancia de Gardel, fueron los que cobijaron durante un par de años a los 300 obreros traídos de Europa por el ingeniero asturiano Clemente Barrial Posada, quien estaba al frente de la Compañía Minas de Oro del Uruguay. Junto a ellos también trabajó como “planchadora” –profesión que quizás ocultaba alguna otra más bien vinculada a las necesidades afectivas de los mineros- Bertha Gardes, la francesa que tuvo a su cargo años después en Buenos Aires al hijo del coronel Escayola y de su cuñada María Oliva.
La represa terminada, que formaba un lago artificial de 3 millones de metros cúbicos, tenía en total 314 metros de largo, dividida en 3 tramos, uno de 89 metros, otro de 25 metros que incluía la compuerta de hierro de ese largo y 5 metros de altura, y el tercero de 200 metros de largo y que corresponde al murallón. Con el espejo de agua se alimentaban primero tres y luego cinco turbinas de 150 caballos de potencia cada una. A plena producción podía llegar a moler, en 24 morteros, 150 toneladas de cuarzo por día en los yacimientos de Santa Ernestina y San Gregorio. El primero de los parajes, ubicado a cuatro kilómetros de la represa, llegó a tener 2.000 habitantes, cantidad similar a la que hoy vive en Minas de Corrales. Su pujanza hizo que se llegara a pensar en que podría ser la capital del departamento que se había creado a raíz de la división de Tacuarembó.
La electricidad llegó a aquel lejano paraje uruguayo de la mano de la iniciativa privada al mismo tiempo que en Nueva York, y 30 años antes de que Rivera y Santa Ana do Livramento conocieran semejante signo de modernidad.
La melancólica tristeza que reina hoy en el lugar parece una alegoría de la realidad uruguaya: un pasado de esplendor, un presente de desidia y abandono y un futuro de esplendor y pujanza, que los uruguayos podemos elegir con el voto en las próximas elecciones.
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