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Año V Nro. 340 - Uruguay, 29 de mayo del 2009
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La incertidumbre es casi que la única certeza. Pero hay otros hechos incontrastables. Estados Unidos, la principal economía del mundo, está en crisis. Una severa crisis y una profunda recesión, cuyo contagio a Europa y al resto del mundo ha originado pánico y desconfianza en los agentes económicos. Veinte millones de puestos de trabajo se destruirán en el curso de este año según algunos analistas económicos. Otras estimaciones expresan que serán cincuenta millones de personas las que perderán su empleo. La burbuja financiera fue montada sobre la base de los préstamos hipotecarios. A partir de las “Obligaciones Garantizadas por Hipotecas” se emitieron bonos, que después se estructuraron en tramos utilizando para ello otro instrumento financiero “Obligaciones de Deuda Colateralizada”. También se emitieron títulos de renta fija sobre la base de los activos inmobiliarios (securities) . La débil o nula regulación sobre estos mercados hizo el resto. Como ya se sabe la alta rentabilidad no va de la mano del bajo riesgo. La burbuja se pinchó y el mundo financiero explotó. Las consecuencias fueron inmediatas. El riesgo se dispara. Se restringe el crédito y las corporaciones (aún las grandes multinacionales) entran en problemas generando la caída de algunas y el salvataje de otras, las principales bolsas del mundo se derrumban registrando alta volatilidad en la cotización de los títulos valores, cae la demanda real de bienes y servicios, bajan los precios de las commodities. En fin, como lo ha expresado Paul Krugman ingresamos en un nuevo contexto: la economía de la depresión. Al decir de éste, son tiempos en que la deuda privada se cambia por deuda pública y la caída del consumo por gasto público. El nuevo gobierno de los Estados Unidos ha puesto en marcha un ambicioso y costoso plan para enfrentar la crisis. Pero las dudas persisten. El funcionamiento de la economía reposa sobre las expectativas de los agentes económicos. Cuando se afecta la confianza, nadie puede predecir cuando podrá recuperarse. Basta una pequeña brisa para ocasionar un fuerte resfrío. Obviamente las economías emergentes también ingresan en un período de recesión. La caída del precio de las commodities y de la demanda real deprimen fuertemente las exportaciones. La competividad medida por el tipo de cambio real se torna clave para mantener mercados. La reversión del flujo de capitales, que “vuelan” paradojalmente a cobijarse en los títulos de deuda pública del tesoro estadounidense, aumenta el riesgo país. La crisis también golpea a nuestro país. La enorme expansión del gasto público en los años previos nos dejó sin margen para hacer políticas contra cíclicas que atenúen su impacto. La buena gestión de la deuda pública nos evita zozobras. Pero cuidado, no es un seguro contra todo riesgo. Cualquier error de apreciación puede deteriorar las perspectivas de mediano plazo. Recurrir al mercado para financiar el endeudamiento de corto plazo puede resultar una pésima señal. Resolver adecuadamente el dilema entre inflación y competitividad es clave. El mundo espera deflación. Es preciso superar la idea de un Uruguay insular. Abaratar nuestros costos en dólares resulta imprescindible. Si perdemos rueda con Brasil será fatal. La rigidez salarial no ayuda. Y nadie ignora que cuando no se puede ajustar por precio se ajusta por cantidad. Y eso es destrucción de puestos de trabajo. Dicho de otra forma, menos competitividad de los productos que Uruguay exporta o de los que compiten con productos importados, es menos trabajo. Más desempleo. El principal freno que presenta nuestro país a la competitividad obedece a razones fiscales. El gasto público del Estado uruguayo y su correspondiente presión fiscal ha comprometido seriamente la competitividad de nuestro país. Desde la reinstauración democrática hasta el presente se ha venido registrando un crecimiento sostenido en términos reales del gasto público. Como sucedió en el pasado con gobiernos blancos y colorados, no hubo espacio para políticas contra cíclicas. Otra vez el crecimiento del gasto público se alineó a la expansión de la economía. A más recaudación, más gasto. El año pasado los espacios fiscales adicionales surgían como conejos de la galera. Millones de dólares por aquí, millones de dólares por allá. Pero ahora, ya no quedan presdigitadores. Hay que pagar la fiesta y la plata no alcanza. El déficit fiscal rondará el 3% del PIB, y por ende, habrá que contraer más deuda para que el estado uruguayo pueda cumplir con sus obligaciones. Con la sola excepción del año 2004, en los años electorales el gasto público se desboca. Así fue en 1989, 1994 y 1999. Eran otros los que gobernaban, pero la conducta era la misma. El año próximo asumirá un nuevo gobierno, ¿habrá llegado para entonces el tiempo de la sensatez y de la responsabilidad fiscal? Bueno sería que los diversos candidatos expresen su opinión al respecto. Y que públicamente asuman el compromiso de cambiar la pisada para hacer sostenible en el tiempo el desarrollo económico y social de nuestro país. ¡Ojalá que así sea!
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