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Año V Nro. 301 - Uruguay,  29 de agosto del 2008   
 

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No lo entiendo
por Graciela Vera
Periodista independiente
Graciela Vera
 
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         No lo entiendo, realmente este tema supera con creces mi capacidad de entendimiento.

         Todos los días  escucho decir que los uruguayos que están en España en forma precaria (sin documentación en regla), incluso los que tienen permisos de residencia y trabajo que deben renovar o los que recién están llegando ahora al territorio español, se dan de bruces con serios problemas.

         No es un secreto que los primeros están mal viviendo prácticamente escondidos para que la policía no los ubique y pueda deportarlos; los segundos tienen cada vez más dificultades para poder renovar sus permisos de residencia y trabajo y los terceros se encuentran con que entrar a España se hace cada día más difícil. El número de compatriotas inadmitidos en los mismos aeropuertos se ha triplicado en los últimos meses.

         Por eso no lo entiendo. Porque es algo harto sabido.

         Por más que lo intento no entra en mi cabeza que los uruguayos, o personas de cualquier otra nacionalidad sigan empeñadas en ingresar a un país que se encuentra en medio de una crisis económica grave y al borde de una bancarrota y donde ya hay más desempleados que habitantes tiene el Uruguay.

         En algunos lugares,  baluartes de la mano de obra inmigrante,  los porcentajes de paro rozan ya cifras casi astronómicas y en ellas no se refleja el desempleo de los inmigrantes indocumentados  comúnmente conocidos como ilegales.

         En la provincia de Almería, un lugar donde la mano de obra inmigrante es esencial para el desarrollo de su agricultura bajo plásticos, donde la construcción requería de un alto porcentaje de inmigrantes en sus plantillas y otro tanto sucede en el sector de servicios,  se suman ya más de 60.000 parados, una tasa del 17,5% que sigue creciendo sin llegar siquiera a ser la provincia andaluza y menos aún española con mayor porcentaje de desempleo.

         Pocos escenarios económicos y sociales pueden resultar tan adversos, como el del trabajador extracomunitario que ha ingresado ilegalmente al territorio europeo y no ha logrado legalizar su situación.

         Ya ni en España, que fue por mucho uno de los países más permisivos, resulta fácil hacerlo. La UE legisla en conjunto y, en materia de inmigración ha sido dura y terminante. El Gobierno español, por más buenas intenciones que quiera demostrar de cara a la galería latinoamericana, fue de los primeros en pedir,  en impulsar y en aprobar las medidas.

         Actualmente España tiene cifras de desempleo cercanas al 11 por ciento, la tasa más alta de toda la UE; un descomunal aumento del gasto público, en gran parte debido a los pagos por desempleo y un descenso de ingresos a la Seguridad Social hasta llegar a un 2% de la recaudación, dato que incluye el pago real a la Seguridad Social reflejando ya el impago que incluye a empresas y sujetos obligados a cotizaciones.  

         Las familias españolas están con el agua al cuello y los embargos hipotecarios, a la orden del día disparados en un 60%. Cuando en una familia el sueldo de uno de sus miembros se destinaba a pago de hipotecas y el del otro a cubrir gastos diarios y extras, el no ingreso de uno de ellos ya genera inestabilidad pero, cuando hay familias enteras en paro, se crean situaciones extremas.

         En España han coincidido en nefasta combinación el desplome de la economía mundial, su propio estancamiento después de un crecimiento artificial, la imparable subida de precios, el tremendo aumento del paro, incrementos desmesurados del gasto público y, por si todo esto fuera ‘moco’e pavo’, una política de avestruz reforzada por reproches ante cualquier voz de alerta.

         Por otra parte Uruguay, escapando del entorno inmediato argentino, se encuentra en buenas condiciones para dar el gran paso que desde hace mucho se le viene reclamando. Necesita un poco más de confianza y esfuerzo.

         Confiar en el país y arrimar el hombro para sacarlo a flote. El salvavidas está henchido de aire y sólo necesita que el gobierno uruguayo se ocupe de ensamblar cualquier posible pinchazo que pueda desinflarlo.

         Por eso no entiendo que sigamos empeñados en aferrarnos a paraísos hipotéticos.

         No entiendo que se prefiera pasar miseria en soledad y lejos de la casa, a esforzarnos a salir de la pobreza trabajando entre amigos, o que simplemente cerremos los ojos ante realidades incuestionables y nos aferremos a creer que lo que fue sigue siendo ahora tal cuál lo vimos en un momento de euforia. 

         La Oficina de Estadísticas de la Unión Europea (Eurostat), que lleva los números de quince países de la ‘zona euro’ ha sido drástica: no hay crecimiento. Las últimas estadísticas señalan que la crisis ha ganado terreno en Europa y le está pegando a Asia.

         Alemania, Francia, España, Italia, entre los más conocidos por los latinos,  muestran en sus economías importantes signos de freno a lo que suman una casi total ausencia de perspectivas y el peligro de llegar en poco tiempo a una estanflación (estancamiento sumado a elevada inflación), ya la escalada inflacionaria de la Eurozona supera el 4%, más del doble de lo previsto por el Banco Central Europeo.

         Si como es de suponer después de leer los datos difundidos por Gran Bretaña y Japón, estas dos grandes economías llegan a entrar en recesión y  la estadounidense seguiría el mismo camino según la Agencia Internacional de Energía; pues señores, cada vez entiendo menos que en Uruguay se hagan tantas maletas y se saquen tantos pasaportes.

         Porque muchos uruguayos siguen teniendo en mente buscarse la vida en España y lo peor es que están convencidos de que es posible.

         La información globalizada no deja que la ignorancia pueda ser esgrimida como razón.

         El Producto Interno Bruto uruguayo registró en el 2008 una expansión superior al 6,5%. Es un país que a pesar de los tropiezos está revisando al alza sus metas económicas y espera haber pasado con buena nota el examen del Fondo Monetario Internacional.

         En la otra cara, en España el pesimismo es el común de la mayoría de las encuestas y sondeos que se realizan a nivel de población. Los empresarios y también la clase trabajadora ya no tienen dudas de que la crisis recién está comenzando y lo peor está por llegar.

         Se culpa a la política oficial,  pero como cuando hay problemas en cualquier sitio, también se busca un chivo expiatorio y  en este caso ha sido fácil de encontrar.

         Los españoles ya estaban algo asustados por el aumento de la población inmigrante que de 500.000 personas en el año 1996, ha pasado a 5.22 millones en el 2007.

         Las últimas encuestas señalan que el 68,6%, o sea una gran mayoría de los españoles está convencido de que hay demasiados inmigrantes en España.  Una opinión que es compartida tanto por votantes de derecha como de izquierda.

         Los inmigrantes cuyos rasgos físicos los distinguen más de los nativos sufren un rechazo discriminatorio que en algunos casos han tomado un cariz xenófobo. España y los españoles han dejado de abrir los brazos a los extranjeros.

         Por eso no entiendo que cada semana nos encontremos con la noticia de que hay  uno o dos uruguayos encerrados como si fueran delincuentes,  en las salas de retorno de los aeropuertos españoles. Ni entiendo porqué protestamos y vociferamos contra estos hechos cuando les dimos pie.

         La puerta está cerrada y nosotros hemos sido quienes pegamos el último portazo. Ahora queremos abrirla pero resulta difícil, la llave ya no está en las mismas manos. Pero si lo estuviera tendríamos que pensar muy bien si la casa que se abre es lo que esperábamos encontrar o acaso, inconscientemente dejamos atrás una con más posibilidades de reciclaje.

         Por eso sigo sin entenderlo.

         Así como en su momento reclamamos para los uruguayos los derechos que legítimamente les correspondían a partir de los Tratados Internacionales de 1870 y 1992; así como criticamos la actitud del Gobierno uruguayo y la nefasta actuación de los representantes de nuestra Cancillería que llevó a la pérdida de los mismos; hoy debemos decir que nos parece tarde y fuera de momento la solicitud  y las conversaciones entre ministros y entre parlamentarios. Salvo que prime el paseíto por ‘la madre patria’, poco se hará por los uruguayos reclamándole a España ahora que ésta, ya ni por los españoles puede velar.

         Ni las condiciones en que podemos negociar son las mismas, ni las economías de ambos países están en las mismas condiciones que entonces.

         No vaya a ser que se acepte por parte del Gobierno español  la vigencia del Tratado de 1870; todo podría darse considerando que no es tan descabellado pensar en que el ciclo podría darse vuelta.  Al menos en este momento más de una empresa española ha  pensado ya, en invertir en la seguridad de nuestro Uruguay.

         Y vuelvo a repetirlo, no entiendo porqué nos empecinamos en acciones en las que  tenemos más posibilidades de perder que de ganar algo. No entiendo porqué algunos compatriotas siguen empeñados en sumarse a los más de 70.000 uruguayos que en España viven en forma ilegal, desde el primero de septiembre bajo la amenaza cierta de ser expulsados, detenidos y repatriados.

Desde Almería en el sur del norte, agosto 27 de 2008

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© Graciela Vera para Informe Uruguay
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