|
|
El negro futuro europeo por Alvaro Kröger |
| |
|
|
De paso por Buenos Aires, el ex presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso realizó una conferencia, señalando hace algunas semanas que, a su juicio, Europa parecía haber bajado los brazos o renunciado a desempeñar un papel importante y decisivo en el marco de la política mundial. Próspero en demasía en incontables aspectos, tormentoso y errático en muchos otros y francamente ensimismado en sus problemas domésticos, se diría que el Viejo Mundo ha resuelto desoír toda demanda de auténtico protagonismo ante los dilemas planetarios, dejando ese espacio a otros que no tienen el nivel cultural ni el know-how histórico europeo. Veo asiduamente TV5, uno de los canales franco-belgas y allí le dan muchísima más importancia al cierre de una planta automotriz que a los problemas de Medio Oriente o a las catástrofes que asolan actualmente Latinoamérica.
¿Se trata de una opción tomada conscientemente o de una resignada conformidad con el retroceso generado por una irrefrenable pérdida de autoridad moral? George Steiner, el célebre ensayista inglés, se inclina por esta última hipótesis. Recientemente, un sombrío diagnóstico fue elaborado por él bajo un título cautivante: La idea de Europa. Steiner es consciente de la grandeza pasada y de la miseria actual que singularizan el universo cultural del que con tanta solvencia forma él parte. Viendo ambas características e inquieto por los síntomas de desorientación generalizada que advierte, se interroga sobre el porvenir de Europa en el corto, mediano y largo plazo.
"La pesadilla de Europa -sentencia Steiner- han sido los odios étnicos, los nacionalismos chauvinistas, las reivindicaciones regionalistas." Su contraparte la encuentra en el aporte brindado por "innumerables organizaciones legales, económicas, militares y científicas" empeñadas en "alcanzar un grado cada vez mayor de colaboración y, en última instancia, de unión europea". Sin embargo, en algunas de esas modalidades promotoras de creciente integración, integración que ha llevado casi 150 años, una guerra franco-prusiana y 2 Guerras Mundiales, Steiner reconoce una asechanza mayor. "No hay nada que amenace a Europa más radicalmente - en las raíces - que la detergente marea de lo angloamericano, una marea que aumenta geométricamente, y los valores uniformes y la imagen del mundo que ese ´esperanto devorador trae consigo. Europa, en verdad, perecerá si no lucha por sus lenguas, sus tradiciones locales y sus autonomías sociales."
¿Cómo conciliar la integración mínima indispensable con la diversidad imprescindible? ¿Cómo promover y alentar el encuentro de las culturas sin caer en la uniformidad que aplana y prospera a expensas de los matices fundamentales? Hace ya mucho, recuerda Steiner, que Europa se encuentra descalificada para competir con los Estados Unidos por el liderazgo mundial. Incluso Asia, especialmente China, va camino de dejar atrás a Europa en "importancia demográfica, industrial y, en último término, geopolítica." ¿Por dónde pasa, pues, el camino que podría conducir a Europa a un futuro significativamente mejor? Steiner estima de vital importancia que "Europa reafirme ciertas convicciones y audacias del alma que la americanización del planeta - con todos sus beneficios y generosidades - ha oscurecido. No es la censura política lo que mata: es el despotismo del mercado de masas y las recompensas del estrellato comercializado. Ganar dinero e inundar nuestras vidas con unos bienes materiales cada vez más trivializados es una pasión profundamente vulgar, que nos deja vacíos". Al igual que tantas otras partes del mundo, Europa padece, además, una intensa fuga de cerebros a favor de los Estados Unidos. En esta pronunciada sangría advierte Steiner la sombra de la esterilidad venidera o la subsunción del Viejo Mundo en una realidad "de segunda mano".
Además debemos advertir también que esa prosperidad inaudita ha provocado que amplios sectores de la población europea occidental caigan en la lasitud, que quieran desempeñar labores usuales hasta hace tan sólo una generación: ahora lo hacen los inmigrantes o los europeos del este que inundan Europa Occidental. Entonces vemos así que el autóctono europeo occidental, culto y con inquietudes se vaya a USA. La prosperidad ha aplanado, ha ablandado a los habitantes de un continente que en los últimos 500 años ha colonizado el mundo, pero que las riquezas de esas colonias lo han, si no pervertido, si aflojado mucho.
Son muchas, según se ve, las preocupaciones europeas del notable escritor que pueden resultar de máximo interés para Latinoamérica. Después de todo, el influjo de la globalización, si bien con distintas intensidades, nos alcanza a unos y otros. Y si es cierto que ambos mundos - el europeo y el latinoamericano - son tan distintos, la incertidumbre acerca de la forma y la fortaleza que asuman nuestras respectivas culturas en el futuro no deja de ser un estímulo para empezar a dialogar entre nosotros con la sensatez y la renovada profundidad que las circunstancias ameritan. No sólo Latinoamérica, entonces, tiene mucho que aprender. Europa también debe aprender y sobre todo aprender a manejar sus minorías étnicas que le están complicando el panorama. Latinoamérica y en especial la cuenca del Plata siempre ha tenido como referencia a Europa desde el punto de vista cultural y es por esa razón que nos preocupa el lento pero constante e inevitable deterioro de Europa.
Referencias: Steiner, Pipes, Toffler, Le Monde, Paris-Soir , Huntington
|