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Año V Nro. 288 - Uruguay,  30 de mayo del 2008   
 

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Darío Acevedo Carmona

El fin de una quimera
por Darío Acevedo Carmona - (Perfil) - Medellín/Colombia -

 
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         La muerte de Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez o Tirofijo, máximo comandante y líder fundador de las Farc significa el fin de un sueño quimérico: hacer la revolución comunista en un país democrático, ecuación que no se cumplió en ningún país del mundo. Se podría pensar también que es el último estertor del comunismo revolucionario latinoamericano que pretendió desde la lucha armada agraria y urbana seguir el ejemplo de la Cuba castrista. Marín y su guerrilla intentaron a lo largo de estos 45 años conquistar el poder rodeando las ciudades desde el campo cuando éste se hacía cada vez menos importante y mientras la vida en las grandes y medianas ciudades pasaba de representar el 50% en los años sesenta al 85-90% en la actualidad. Con una mentalidad agrarista más propia para países feudales o semifeudales como Nepal (país donde las guerrillas maoístas renunciaron a las armas y llegaron al poder por medio de elecciones un año después), las guerrillas comunistas criollas se empeñaron en venderle a la población un proyecto político militar que nunca alcanzó un apoyo significativo.

         Mientras el país vivía intensos y problemáticos procesos de urbanización, de escolarización, de secularización y de ampliación tímida pero cierta de las instituciones democráticas y del sentimiento de libertad durante y después del Frente Nacional, la guerrilla fariana se hacía refractaria a los cambios internos y a los que en el contexto internacional señalaron la caída del Muro de Berlín y el derrumbe estrepitoso del experimento comunista soviético después de más de siete décadas de inútiles esfuerzos. La terquedad de sostenerse en el dogma comunista, dulcificado con la incorporación del legado de Bolívar, pudo más que la realidad evidente del fiasco revolucionario. Las guerrillas colombianas de las Farc, cerraron los ojos, hundieron su cabeza en la tierra como el avestruz creyendo así no ver aquello que los espantaba y prosiguieron su tarea a contrapelo del curso de la historia. En su ceguera se dejaron tentar por los pingües recursos de la bonanza del narcotráfico, el fenómeno que junto con la violencia política ha sido más disolvente y corrosivo de la sociedad colombiana. Por allí siguió el camino del despeñadero, se creyeron inmunes porque pensaban que la ideología revolucionaria daba para todo, como lo dieron a entender más adelante con la práctica sistemática y masiva del secuestro, delito al que dieron el rimbombante nombre de “retención”. Luego se precipitaron en la ordalía de la guerra a campo abierto y obtuvieron algunos triunfos, triunfos que serían pírricos con el correr de los tiempos porque les causó distorsión en el cálculo de sus posibilidades de éxito “en la segunda ofensiva nos tomaremos el poder” llegó a decir Marulanda en los días felices de la zona de despeje.

         Habrá que escribir otras muchas historias de las Farc, de las guerrillas, de la democracia, de las elites, de la fuerza pública y del sufrimiento de los colombianos. Y en ellas habrá que reconocer un lugar especial a este campesino, cuasi analfabeto que no conoció nunca una gran ciudad, que nunca vio el mar, pero que con su astucia campesina elemental pero eficaz fue capaz de poner en jaque este país y de organizar y comandar un ejército campesino de miles, el más grande todos los grupos insurgentes que haya existido en Colombia en todos los tiempos. Mientras se hace la tarea, es conveniente intentar un análisis que nos permita entender el profundo significado que tendrá la desaparición de “Tirofijo”.

         Lo que llamaremos el derrumbe o erosión definitiva del proyecto fariano no alude a la desaparición factual de los grupos que aún se sostienen y que todavía darán mucha guerra. Se trata en cambio de pensar que la situación por la que atraviesa dicho proyecto y organización es irreversible. La pérdida del horizonte del poder es, a su vez, el resultado de errores de cálculo y de estrategia y de decisiones fatales de la comandancia guerrillera como también del éxito y la paciente acumulación de opinión favorable, de ensayos de negociación y de estructuración de nuevas políticas de defensa militar, en particular de las implementadas con el Plan Colombia y la reestructuración de la Fuerza Pública en los últimos  seis años por parte de varios gobiernos que desde 1984 trataron de abrir espacios de negociación a los insurgentes.

         Entre las políticas que tuvieron un efecto desastroso para las Farc se pueden mencionar las siguientes: 1. La práctica recurrente del secuestro de civiles con fines de extorsión económica sobre el supuesto de que los ricos debían contribuir con la revolución y bajo el eufemismo de la retención. Este es, junto con otras circunstancias y hechos, una de las causas del surgimiento de escuadrones de justicia privada que se fortalecieron ante la pasividad y la omisión del estado. El auge del paramilitarismo es uno de los vectores de un conflicto salido de madre que pierde, con el paso de los años y ante el avance de la degradación, todo norte político. 2. El entronque con las actividades del narcotráfico para obtener recursos de origen “non santo” sin los cuales hubiese sido imposible continuar su guerra sobre todo después del fracaso de la Unión Soviética. Ni la mentalidad y la formación ideológica revolucionaria de corte marxista ni la férrea disciplina de combate fueron capaces de contener el efecto nocivo y corruptor que se abrió paso en sus filas. La pasión desenfrenada por el dinero, las evasiones de mandos medios, los contactos con mafias, dejó ver que allí en la selva, curtidos campesinos se dejaban tentar por la codicia y el placer, sentimientos ancestralmente humanos. 3. El ataque y los atentados contra funcionarios públicos y dirigentes políticos locales que expresaban el renacer de nuevos liderazgos surgidos a partir de reformas progresivas como la elección popular de gobernadores y alcaldes. Esto los despojó  del respaldo de comunidades de base que se estaban acercando a la vida política electoral con grandes expectativas de manejar sus propios recursos y diseñar sus proyectos. La guerrilla daba la impresión de ser enemiga de esas comunidades y de mecanismos de participación que se habían conquistado a lo largo de luchas y sufrimientos. 4. La sobreestimación de sus propias fuerzas y capacidades para alcanzar el poder. Los triunfos militares obtenidos entre 1996 y 1999 les sirvió de pretexto a los miembros de la línea militarista para  sabotear la negociación en el Caguán y para convencer a sus camaradas que la victoria estaba cerca y era muy posible mientras que la negociación con Pastrana podría frenar sus ímpetus y llevar a la claudicación. Esta consideración estaba asociada en relación directamente proporcional con una apreciación de subvaloración de la capacidad de respuesta del gobierno y de las elites dominantes. Ello nos ayuda a entender por qué asumieron un doble juego en la zona desmilitarizada. En varias entrevistas a medios de prensa nacionales y extranjeros los jefes farianos decían que ellos iban por todo el poder. Al otro lado de la mesa y en el gobierno había quienes intentaban hacernos creer que se trataba de simples declaraciones y alardes, que a eso era mejor no prestarle atención. De manera simultánea vinieron los desafíos militares, la toma y destrucción de pueblos misérrimos, el saboteo de las negociaciones y por último el secuestro de personalidades. 5. El secuestro de personalidades se convertiría en el Calvario de las farc. Como si fuese un bumerang, el sufrimiento ocasionado a decenas de políticos, oficiales y suboficiales, abrió un inmenso mirador que la poca opinión pública nacional que aún los seguía con algún interés y comprensión sociológica se les apartara y la opinión internacional si que fue más drástica pues los EE. UU. y la Unión Europea los declaró terroristas. Perdieron por esta causa una labor diplomática de más de 10 años que había creado la imagen de guerrilla justiciera y democrática enfrentada a un régimen despótico cubierto por el manto de una falsa democracia. La historia cruel y desgarradora de los secuestrados que viven encadenados en las selvas, en campos de concentración, su inhumana manipulación, entre otras humillaciones, les ha granjeado el rechazo del mundo entero, exceptuando unos cuantos grupos de activistas altermundialistas y dos o tres gobiernos no conscientes de la envergadura de lo que arriesgaban. Este ha sido el camino de su cadalso.

         Pero la vida enseña que la fruta no cae sola. La caída de las Farc, su retroceso y desmoronamiento no podría explicarse como consecuencia exclusiva de sus decisiones equivocadas o  de sus errores de cálculo estratégico. El estado colombiano no se ha quedado manicruzado a la espera de buena fe de las guerrillas. Entre los aciertos reconocibles de una nueva política para buscar resolver el conflicto, cabe destacar los siguientes: 1 Ha ensayado, entre éxitos parciales y fracasos, políticas de negociación, reinserción y apertura política desde 1982, que al menos ha sido útil para mostrar una voluntad de negociación. 2. A la par de la búsqueda de la paz se han acometido varias reformas políticas que han ampliado la democracia, en particular la democracia local y otras instituciones, cuyo momento cumbre fue la expedición de la constitución de 1991. El país vivió entre mediados de los ochenta y fines de siglo una situación bien paradójica pues, mientras por un lado se desarrollaron procesos de debilitamiento de la autoridad, de ruptura del monopolio de la fuerza, de la justicia y del tributo, por el auge de grupos poderosos de autodefensa y de narcotráfico, por otra parte, la dirigencia política y los gobernantes con las fuerzas reinsertadas de algunas guerrillas, daban impulso a reformas que denotaban un espíritu democrático. 3. La reestructuración de las fuerzas militares de manera simultánea con el inicio de conversaciones de paz con las Farc en 1999 constituyó el inicio del punto de quiebre a favor del estado colombiano. El Plan Colombia, con apoyo norteamericano, condujo al fortalecimiento de la Fuerza Pública y es el comienzo de la inversión de la correlación de fuerzas que estaba en manos de las Farc. Sobre todo, a partir de 2001-2002, se observa un cambio trascendental en la mentalidad del Ejército en el sentido de que era posible vencer a los insurrectos no sólo en el terreno político sino también en el campo militar. Parejo con la recuperación de la mística, el pie de fuerza se ha venido incrementado notoriamente hasta llegar a casi 450 mil unidades, se ha mejorado ostensiblemente la movilidad a partir de la compra de helicópteros y aviones de ataque y de desplazamiento de tropas, la capacidad de respuesta a los ataques, y en especial se ha estimulado la colaboración de la ciudadanía a través de programas especiales. Los proyectos de desmovilización y reinserción son cada vez más fructíferos y masivos. Todo esto agrupado en una política que se ha sostenido en el tiempo con toda la determinación del caso y a pesar de innumerables objeciones y fuertes oposiciones, que es la política de Seguridad Democrática que es el  núcleo o el eje articulador de una decisión estratégica: recuperar el poder y la legitimidad del estado, reducir a los grupos armados ilegales, negociar con aquellos que muestren disposición de dejación de las armas, respeto por la democracia, disminución considerable de los indicadores de violencia, en especial de homicidios, secuestros, ataques a poblaciones, retenes ilegales, atentados a la infraestructura. El gran desprestigio de las Farc y el amplio apoyo popular a la política oficial explica en buena medida el estado actual de la situación. 4. La seguidilla de golpes contundentes contra estructuras y dirigentes farianos es el resultado de un proceso, de una campaña que ha madurado con el tiempo y es lo que permite pensar que las Farc han pasado de una política de repliegue profundo, de vuelta a la guerra de guerrillas, al desmoronamiento y la huida, a la búsqueda de respaldos allende las fronteras, a acercarse más orgánicamente al movimiento continental bolivariano del chavismo como su carta de salvación.

         El panorama que encuentra Alfonso Cano, el sucesor de Marulanda, no es pues nada alentador desde ningún punto de vista. Sin respaldos internos, con mala imagen nacional e internacionalmente, con el estigma de terroristas, replegados a zonas de frontera recabando apoyo de países y gobiernos que en este momento están encartados porque no saben que responder frente a los contenidos de los computadores de Raúl Reyes que los señalan como colaboradores de las Farc. Encartados con los secuestrados, desconectados sus jefes entre sí y estos con sus bases. Es el legado que dejó Marulanda, nada promisorio ni halagüeño. Los retos que Cano tiene por delante son descomunales, se podría decir que el contexto social, económico y político, como les gusta decir a los marxistas, no ofrece una perspectiva de esperanza para revertir la correlación de fuerzas. El principal desafío es resolver cómo se va a poner al mando de qué y de quiénes, como hará para salvar las distancias entre su zona de operaciones y los frentes más fuertes que están en manos del Mono Jojoy. Porque de planteamientos nuevos ni hablar, la mentalidad fariana, y este es otro de los legados de Marulanda, profundamente agrarista y campesinista se caracteriza por su tozudez y terquedad, por una actitud obsesiva, casi de fijación con los objetivos principales a los cuales consideran inmutables. Cano no tiene ni espacio ni juego para proponer cosas nuevas, los demás comandantes le reprocharían eso como una traición al Viejo Marulanda. No tiene cómo producir un nuevo consenso para salir de la encrucijada en que los dejó Tirofijo, la de hacer depender la suerte de las Farc del tema del intercambio humanitario y del despeje de Florida y Pradera.

         La guerrilla fariana se enfrenta irremediablemente a tres escenarios que esbozo sucintamente: 1. Reagrupamiento de fuerzas y diseño de nuevas estrategias políticas y militares bajo el mando de Cano, demasiado cuesta arriba. 2. División orgánica entre militaristas y políticos que no se debe leer como división entre antinegociadores y negociadores sino como pragmáticos y dogmáticos. Y 3. Desmoronamiento, atomización en bandas, guerrillas locales, milicias, reinsertados, sacrificio en combate.

         Marulanda, Marín o Tirofijo, al morir, entra al terreno del mito y la leyenda. Difícilmente encontrará ahora o en el futuro amplios círculos de opinión o de seguidores que reivindiquen su legado. Aparte de su empecinamiento en una lucha armada sin posibilidad de triunfo y de una astucia campesina especialmente cultivada, deja muchas víctimas y mucha destrucción. En tal sentido será un mito de corte negativo que con casi total seguridad ninguna persona o movimiento osará seguir o  imitar. Pertenece al orden de los anti héroes aunque también estuvo a punto, entre 1999 y 2002, de pasar a la historia como uno de los grandes dirigentes revolucionarios agrarios latinoamericanos al estilo de Zapata y Villa. Los comandantes intelectuales del Secretariado le calentaron sus oídos y le vendieron la idea de que podía llegar más lejos. Por eso, su muerte señala el quiebre definitivo del proyecto revolucionario agrarista.

Medellín, mayo 27 de 2008

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