Día
del Patrimonio
Viejo Barrio que
te vas...
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La letra
de Soliño ha tenido en los últimos años
una inusitada vigencia, mientras van cayendo las paredes para
dar paso a los nuevos edificios que le otorgan a la ciudad
una nueva fisonomía.
Alguien
señalaba hace algunos años que Chuy es una ciudad
sin memoria al haberse quedado con pocas señales de
su pasado histórico. Debemos agregar que no son solamente
los edificios los que se deben conservar sino todo aquello
que a través de los años fue formando el carácter,
la identidad y la tradición de esta frontera.
Lamentablemente
en las últimas décadas han desaparecido varias
casas que representaban una herencia del siglo pasado y que
habían calado muy hondo en el sentimiento de los primeros
habitantes.
Es evidente
que el progreso acompañado del valor inmobiliario y
la especulación han sentenciado la identidad edilicia
del pueblo dando paso a las nuevas construcciones.
Sería
buena cosa que sin quedarnos en el tiempo, se planificara
la transformación urbanística sin borrar definitivamente
las huellas del pasado, manteniendo algunos edificios representativos
de la memoria colectiva.
De alguna
manera deberían quedar como herencia de épocas
pasadas, el olor rancio de las cosas viejas entre las paredes
de algunos edificios que deberían conservarse como
mojones de la historia fronteriza.
Sin embargo
en la actualidad y pese al esfuerzo de algunos historiadores,
resulta muy difícil encontrar huellas de la historia
cotidiana que fueron haciendo desde 1888 los primeros habitantes.
LA
CASA DEL ABUELO CELEDONIO
En la tradicional
esquina de "la Internacional" y Laguna de los Patos,
al fondo del OPEL se encontraba hasta el 2002 la casa del
abuelo Celedonio.
Ladrillo
de campo sentado en barro, piso de tierra y techo de paja,
mientras las manchas de la humedad trepaban por las paredes.
Para disimular
se fueron tapando con las fotos redondas de los antepasados
o con los almanaques de regular tamaño que ofrecía
anualmente Casa Caticha, Leopoldo Fernández o los hermanos
Silveira.
Como no
recordarla si el panorama infantil de los años escolares
del 45 estaba centralizado en la modesta casa del abuelo,
que se fue mejorando paulatinamente y de acuerdo a las posibilidades
de aquellos años.
Lindaba
al norte con Ramiro y Ondina, al este con doña Concepción
y todos los Cabrera, mientras que al sur estaba el receptor
Benitez. Buenos vecinos, serviciales, generosos y siempre
dispuestos a extender la mano.
Vecinos
de "puerta" como se decía, queriendo confirmar
una relación casi familiar. Aunque nadie elige a sus
vecinos por aquellos años se convertían en las
personas más importantes del pueblo. Eran puertas abiertas
para auxiliar con el azúcar o la yerba que faltaba
siempre en horas de la noche. Eran los vecinos que amortiguaban
la soledad y llegaban solícitos ante alguna enfermedad
pasajera.
Al fondo
del terreno la pequeña quinta que compensaba gastos,
ofreciendo verduras para el consumo y alguna venta que complementaba
la exigua jubilación.
Y en ese
mundo mágico de la niñez han quedado también
los primeros autos de fabricación casera que se desplazaban
a 100 por hora en las pistas de la imaginación.
En el patio
de aquella casa, hoy convertida en estacionamiento y con muchos
autos de verdad, estaban las carreteras de tierra separando
canteros de lechugas y tomates por donde circulaban los Cadillac,
Citroen y las camionetas Willys.
Un espacio
para el ardín de la abuela con sus rosas rojas, las
achiras, claveles, jazmines y madreselvas que trepaban al
palo del cargador Whincharger que durante los días
de viento abastecía las baterías.
En el centro
del terreno la cachimba que durante el invierno se parecía
a una "lagrima congelada" y durante el verano servía
de heladera para el vino del abuelo que llegaba al fondo dentro
de una bolsa de arpillera. Era realmente un manantial inagotable
de agua fresca.
A pocos
metros el pequeño galpón donde se acumulaban
las cosas más insólitas transformadas en chatarra
y jamás recuperadas. Más al fondo, entre los
yoyos y un cañaveral el "escusado" y finalmente
el gallinero.
También
por aquellos años se destacan las visitas de algunos
familiares que llegaban en sulky o en la ONDA desde Costa
de Pelotas, Potrero Grande y La Coronilla trayendo zapallos,
boniatos, pan casero y algún cordero.
Entre esos
familiares surge nítidamente la figura del tío
José, alto con bigotes que le caían sobre la
boca y un rostro huesudo cubierto por una piel bastante arrugada.
Hoy todo
es historia y la casa del abuelo que nunca tuvo berretines
de integrarse al patrimonio histórico de la ciudad,
sirve como ejemplo para apuntalar el trabajo que vienen realizando
los vecinos, para salvar algunos edificios antiguos que también
se encuentran amenazados.
"EL
BARRIO RESPIRA LOS TIEMPOS DE ANTES,
LA LLUVIA DE OTOÑO, AQUELLA ILUSIÓN
DICEN QUE SE FUE, DICEN QUE ESTA ACÁ..
DICEN QUE SE HA MUERTO, DICEN QUE VOLVERÁ
.