Año III - Nº 150 - Uruguay, 30 de setiembre del 2005

 
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Día del Patrimonio
Viejo Barrio que te vas...

La letra de Soliño ha tenido en los últimos años una inusitada vigencia, mientras van cayendo las paredes para dar paso a los nuevos edificios que le otorgan a la ciudad una nueva fisonomía.

Alguien señalaba hace algunos años que Chuy es una ciudad sin memoria al haberse quedado con pocas señales de su pasado histórico. Debemos agregar que no son solamente los edificios los que se deben conservar sino todo aquello que a través de los años fue formando el carácter, la identidad y la tradición de esta frontera.

Lamentablemente en las últimas décadas han desaparecido varias casas que representaban una herencia del siglo pasado y que habían calado muy hondo en el sentimiento de los primeros habitantes.

Es evidente que el progreso acompañado del valor inmobiliario y la especulación han sentenciado la identidad edilicia del pueblo dando paso a las nuevas construcciones.

Sería buena cosa que sin quedarnos en el tiempo, se planificara la transformación urbanística sin borrar definitivamente las huellas del pasado, manteniendo algunos edificios representativos de la memoria colectiva.

De alguna manera deberían quedar como herencia de épocas pasadas, el olor rancio de las cosas viejas entre las paredes de algunos edificios que deberían conservarse como mojones de la historia fronteriza.

Sin embargo en la actualidad y pese al esfuerzo de algunos historiadores, resulta muy difícil encontrar huellas de la historia cotidiana que fueron haciendo desde 1888 los primeros habitantes.

LA CASA DEL ABUELO CELEDONIO

En la tradicional esquina de "la Internacional" y Laguna de los Patos, al fondo del OPEL se encontraba hasta el 2002 la casa del abuelo Celedonio.

Ladrillo de campo sentado en barro, piso de tierra y techo de paja, mientras las manchas de la humedad trepaban por las paredes.

Para disimular se fueron tapando con las fotos redondas de los antepasados o con los almanaques de regular tamaño que ofrecía anualmente Casa Caticha, Leopoldo Fernández o los hermanos Silveira.

Como no recordarla si el panorama infantil de los años escolares del 45 estaba centralizado en la modesta casa del abuelo, que se fue mejorando paulatinamente y de acuerdo a las posibilidades de aquellos años.

Lindaba al norte con Ramiro y Ondina, al este con doña Concepción y todos los Cabrera, mientras que al sur estaba el receptor Benitez. Buenos vecinos, serviciales, generosos y siempre dispuestos a extender la mano.

Vecinos de "puerta" como se decía, queriendo confirmar una relación casi familiar. Aunque nadie elige a sus vecinos por aquellos años se convertían en las personas más importantes del pueblo. Eran puertas abiertas para auxiliar con el azúcar o la yerba que faltaba siempre en horas de la noche. Eran los vecinos que amortiguaban la soledad y llegaban solícitos ante alguna enfermedad pasajera.

Al fondo del terreno la pequeña quinta que compensaba gastos, ofreciendo verduras para el consumo y alguna venta que complementaba la exigua jubilación.

Y en ese mundo mágico de la niñez han quedado también los primeros autos de fabricación casera que se desplazaban a 100 por hora en las pistas de la imaginación.

En el patio de aquella casa, hoy convertida en estacionamiento y con muchos autos de verdad, estaban las carreteras de tierra separando canteros de lechugas y tomates por donde circulaban los Cadillac, Citroen y las camionetas Willys.

Un espacio para el ardín de la abuela con sus rosas rojas, las achiras, claveles, jazmines y madreselvas que trepaban al palo del cargador Whincharger que durante los días de viento abastecía las baterías.

En el centro del terreno la cachimba que durante el invierno se parecía a una "lagrima congelada" y durante el verano servía de heladera para el vino del abuelo que llegaba al fondo dentro de una bolsa de arpillera. Era realmente un manantial inagotable de agua fresca.

A pocos metros el pequeño galpón donde se acumulaban las cosas más insólitas transformadas en chatarra y jamás recuperadas. Más al fondo, entre los yoyos y un cañaveral el "escusado" y finalmente el gallinero.

También por aquellos años se destacan las visitas de algunos familiares que llegaban en sulky o en la ONDA desde Costa de Pelotas, Potrero Grande y La Coronilla trayendo zapallos, boniatos, pan casero y algún cordero.

Entre esos familiares surge nítidamente la figura del tío José, alto con bigotes que le caían sobre la boca y un rostro huesudo cubierto por una piel bastante arrugada.

Hoy todo es historia y la casa del abuelo que nunca tuvo berretines de integrarse al patrimonio histórico de la ciudad, sirve como ejemplo para apuntalar el trabajo que vienen realizando los vecinos, para salvar algunos edificios antiguos que también se encuentran amenazados.

"EL BARRIO RESPIRA LOS TIEMPOS DE ANTES,
LA LLUVIA DE OTOÑO, AQUELLA ILUSIÓN…
DICEN QUE SE FUE, DICEN QUE ESTA ACÁ..
DICEN QUE SE HA MUERTO, DICEN QUE VOLVERÁ….