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Realmente,
huele feo
por Claudio
Paolillo
El caso de las fábricas de celulosa, que ha puesto
en serio entredicho el estado de las relaciones entre Argentina
y Uruguay, no es apenas la expresión de una diferencia
circunstancial sobre un tema concreto: es una resultante
de los abismos culturales que desde hace décadas
separan a las dirigencias políticas de ambos países,
no importa quiénes estén en el poder ni qué
ideologías proclamen sustentar.
Cuando
el ex presidente Jorge Batlle incurrió en junio del
2002 en el acto de mayor incorrección política
de que se tenga memoria en la región e identificó
a los políticos argentinos como una manga de
ladrones del primero al último, el mundo reaccionó
sorprendido, no tanto por lo que Batlle había dicho,
sino por el hecho de que lo hubiera dicho. Hasta los ciudadanos
argentinos apoyaron la terrible acusación del presidente
uruguayo por abrumadora mayoría en encuestas difundidas
entonces por diversos medios de Buenos Aires.
Ahora,
el gobierno del presidente peronista argentino Néstor
Kirchner ha decidido, por su cuenta y a través de
la gobernación de Entre Ríos, atacar al Uruguay
en una batalla que no reconoce treguas ni pausas y que,
además, va in crescendo. Toda la prepotencia de la
versión K del peronismo está cayendo
como en sus peores momentos sobre Uruguay. Primero, cayó
sobre las fábricas de celulosa que se están
construyendo en Fray Bentos, en la margen oriental del río
Uruguay, bajo el argumento de que contaminan.
Cuando los especialistas del Banco Mundial, organismo a
cuyo arbitraje se sometieron por voluntad propia los dos
gobiernos, empezaron a dar indicios de que las plantas de
celulosa no son peligrosas para la ecología de la
región, entonces la ira peronista cayó sobre
el Banco Mundial. Como la construcción de las fábricas
siguió adelante, la soberbia kirchnerista se dirigió
contra el gobierno del presidente Tabaré Vázquez,
apelando a una vieja costumbre de las mafias peronistas
que creen, como el ladrón, que todos son de su condición:
el gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti, insinuó
que Uruguay estaba interesado en las fábricas de
celulosa porque había recibido coimas (Busti dijo
incentivos, pero todo el mundo entendió
lo que quiso decir). Eso pareció colmar la paciencia
del presidente Vázquez, que llamó al embajador
uruguayo Francisco Bustillo a Montevideo para ver si le
podía poner un parate a las bravuconadas
incentivadas y apoyadas desde la Casa Rosada.
Kirchner
sacó un comunicado para hacer de cuenta que estaba
pidiendo disculpas, pero a los peronistas no se los frena
así nomás. Está en la esencia del peronismo
arremeter como venga y contra lo que venga. Así lo
hizo Kirchner a comienzos del 2005 contra la prensa uruguaya,
en un ataque alevoso y ordinario, más propio de un
patotero que de un presidente. No por casualidad Perón
era un admirador de Benito Mussolini y, cuando tuvo que
exiliarse, fue acogido con calor por los dictadores Alfredo
Stroessner (Paraguay) y Francisco Franco (España).
Es que, aunque hiera la buena conciencia de sus partidarios,
el proyecto de Perón siempre fue fascista. Marcos
Aguinis escribió al respecto que no deja de
ser ilustrativo que los fascistas locales siempre se identificaron
con el peronismo. Y la influencia de Mussolini sobre
Perón fue de forma y de fondo. No sólo
las ideas, sino la organización, los discursos, la
asistencia social, la escenografía, la propaganda,
la represión política, el balcón.
(1)
El último
fin de semana, Busti quien, al igual que Kirchner,
simpatizó con los montoneros en los 70, fue
ferviente menemista en los 90, fue duhaldista desde
el 2002 cuando Argentina tocó fondo y luego traicionó
a Duhalde cuando el actual presidente llegó a la
Casa Rosada a caballo de su antecesor prohijó
un nuevo ataque contra los intereses de Uruguay al alentar
cortes de rutas y puentes e impedir que turistas argentinos
crucen en sus automóviles el río Uruguay para
pasar sus vacaciones. Todo lo cual motivó una mesurada
protesta pública del canciller uruguayo Reinaldo
Gargano y, como contrapartida, un insulto grosero del gobernador
peronista de Entre Ríos.
Kirchner,
Busti y todos los corifeos de la versión peronista
que hoy gobierna Argentina repiten el sonsonete de que las
plantas de celulosa provocarán daños irreversibles
al medio ambiente y, por eso, han hecho de este asunto una
causa nacional. Dicen, por ejemplo, que una vez que
estén operativas, esas fábricas desprenderán
un olor a podrido que resultará insoportable
para los lugareños. Eso no es lo que dicen las propias
fábricas, ni sus sindicatos, ni los especialistas
del Banco Mundial, ni los de la Dirección Nacional
de Medio Ambiente (Dinama) de Uruguay. Eso es lo que dicen
los kirchneristas, las ONGs ambientalistas siempre
trabajando con denuedo para evitar el riesgo de extinción...de
las ONGs ambientalistas y algunos dinosaurios que,
de este lado de la orilla, se rasgan las vestiduras para
protestar contra lo que ni siquiera conocen, más
inquietos por el hecho de que Botnia y Ence sean empresas
privadas y extranjeras que por la
sobrevivencia del sábalo, la boga, el dorado o el
patí en el río Uruguay.
Pero olor
a podrido hay. Y viene del otro lado del río. Porque
la verdad es que al kirchnerismo ambientalista
no le importan un comino ni los informes que produzca el
Banco Mundial, ni los de la Dinama, ni los de las fábricas,
ni los de los sindicatos de las fábricas, ni la palabra
dada por el gobierno de Uruguay en cuanto a que si todos
ellos están mintiendo y las plantas efectivamente
contaminan, entonces serán automáticamente
clausuradas. Increíblemente, tampoco le importa al
gobierno de Kirchner lo que el mismo gobierno de Kirchner
afirmó en la Memoria Anual del Estado de la
Nación 2004. Allí, en la página
107, el gobierno de Kirchner dijo que en marzo del 2004
Argentina y Uruguay firmaron un acuerdo bilateral,
poniendo fin a la controversia por la instalación
de una planta de celulosa en Fray Bentos. En realidad,
lo único que le importa al gobierno argentino es
que las plantas se instalen en Argentina y no en Uruguay.
El argumento
ambientalista es tan falaz que un mero repaso
de documentación oficial provoca vergüenza ajena
respecto a la conducta de los gobernantes argentinos. Hace
15 años, el gobierno de Entre Ríos, que también
orientaba Busti, era un promotor militante de las plantas
de celulosa. Hace 15 años las fábricas de
ese tipo eran más contaminantes que ahora por la
sencilla razón de que eran tecnológicamente
más atrasadas que las actuales. Pero Busti las alentaba
con devoción casi religiosa. El 4 de junio de 1990,
Busti firmó un decreto en Paraná, la capital
provincial, en el que consideró de interés
provincial ayudar por medio de múltiples desgravaciones
impositivas, la radicación en Entre Ríos de
diversas actividades industriales. Una de ellas era la industria
celulósica papelera, descrita en el decreto
como un tipo de actividad industrial que se
dedica a la elaboración de pulpa o pasta química,
semiquímica o mecánica y/o papel a partir
de la madera y/o subproductos de origen forestal.
Pero este año, el mismo Busti que había firmado
aquel decreto descubrió el medio ambiente.
El gobernador se volvió ecológico,
encabezó marchas contra la contaminación del
aire, del suelo y del agua, agitó a su electorado
a favor de la biodiversidad, movilizó
a los funcionarios de su gobernación y gastó
recursos públicos para defender a todos
los ríos de su provincia (el Paraná, el Uruguay,
el Gualeguay y el Gualeguaychú) de los ataques que
los uruguayos sinvergüenzas, aliados con las multinacionales
del mal, estaban perpetrando contra el ecosistema
y el desarrollo y sostenimiento de la economía regional.
Y el 17 de agosto, Busti el mismo Busti de hace 15
años hizo aprobar una ley provincial cuyo artículo
primero resuma solemnidad patriótica. Declárase
a la Provincia de Entre Ríos libre de Plantas Procesadoras
de Pasta Celulósica, dice con ampulosidad.
¿Qué
cambió entre aquél Busti de 1990, peronista
y menemista, a este del 2005, peronista y kirchnerista?
¿Por qué aquél de 1990 quería
a toda costa la instalación de esas plantas y éste
del 2005 las quiere sacar a patadas? ¿El Busti de
1990 no creía, como parece creer el Busti del 2005,
en el medio ambiente, en la biodiversidad,
en la ecología y en el ecosistema?
¿Y
qué transformaciones se operaron en el Busti de 1996,
que seguía siendo peronista y menemista, para que
ahora, peronista y kirchnerista, sea un cruzado contra las
plantas de celulosa? En mayo de ese año, Busti y
el entonces secretario de Estado de la Producción
de Entre Ríos, José Mouliá, recibieron
a directivos de un consorcio canadiense (Millar Western
Pulp y NLK Consultants Inc.), con el propósito de
instalar una planta de celulosa en la costa del río
Uruguay...pero del lado argentino. Una crónica periodística
de la época narra que al término de
la reunión se firmó un memorándum de
entendimiento entre la empresa y el gobierno, donde éste
se compromete a proveer directa e indirectamente algunos
requerimientos del grupo empresario: energía eléctrica
a costos internacionales basados en el precio de la pulpa,
cañería de gas natural, normas de seguridad,
caminos y ferrovías hasta la planta y otras conveniencias
mutuas. La planta proyectada sería la
mayor productora de pulpa de madera de Argentina, con una
capacidad de más de 300.000 toneladas anuales de
pulpa. Y el mismo día, en otro artículo,
se podía leer que Entre Ríos no aplicaría
ni impuestos, ni tasas provinciales ni municipales durante
10 años y que tampoco apelaría a normas
de conservación ambiental de mayor rigurosidad de
las que existen en Canadá o Estados Unidos.
¿De
qué estamos hablando, entonces? No queda más
remedio que sospechar que estamos hablando de que el gobierno
argentino actúa en este asunto con tal virulencia
contra Uruguay simplemente porque no pudo atraer para su
territorio a Botnia y a Ence. Es muy probable que el subsecretario
uruguayo de Medio Ambiente, Jaime Igorra, tenga razón
cuando afirma que la reacción argentina responde
a una mezcla de frustración por no haber podido
poner las plantas en la provincia de Entre Ríos que
durante 15 años se pidieron y a un sentimiento
de odio hacia una actitud muy firme del gobierno
uruguayo que no asume ser una provincia de yoruguas
dóciles a requerimientos que no corresponden.
(2)
El gobernante
uruguayo llamó a Botnia y a Ence a no caer
en ninguna trampa que puedan plantear los argentinos.
Si me llego a enterar que las empresas, por acallar
reclamos o voces de la vecina orilla, dan 30 u 80 dólares,
me voy a constituir en el peor enemigo de esos emprendimientos
y no cejaré hasta su clausura porque se
acabó en nuestro país y en la región
la corruptela.
Si
todo este ruido es porque alguien quiere percibir lo que
no tuvo en su momento cuando auspiciaba la instalación
de las plantas en Entre Ríos, que hoy no están,
tampoco vamos a tolerar que se ponga en juego el buen nombre
de nuestra República y su gobierno y de los procedimientos
honestos que aquí se aplican, expresó
Igorra. (3)
Aunque
lo que dijo ya es muy grave de por sí, en Uruguay
nadie en el gobierno avanzará un paso más
que Igorra para señalar posibles actos de corrupción
de los gobernantes argentinos. Pero en la Argentina decadente
de comienzos del siglo XXI donde el Congreso festeja
los defaults, la gente endiosa lo peor de su mejor jugador
de fútbol (haber hecho un gol con la mano), el Estado
paga todas sus deudas con el FMI mientras desvalija a los
particulares que habían confiado en él y el
presidente abre la Casa Rosada a humoristas de la televisión
para burlarse de sus antecesores participando él
mismo en el show ya hay publicaciones que acusan al
gobierno de Entre Ríos de manejos espurios en torno
a la radicación de plantas de celulosa.
Kirchner
y Busti seguramente negarán la veracidad de este
tipo de acusaciones. Pero sean éstas ciertas o no,
lo que Kirchner y Busti no pueden negar es lo que decía
hace exactamente cuatro años Eduardo Duhalde, quien
los cobijaba a ambos bajo su liderazgo mientras la Argentina
se incendiaba. El 1º de enero del 2002, Duhalde inauguró
su mandato presidencial con un dramático discurso
en el Congreso durante el cual habló sin rodeos sobre
la catastrófica situación que le tocaba enfrentar.
Luego de reconocer la profunda incapacidad moral y
política de la dirigencia argentina, Duhalde
afirmó que la nación estaba arrasada
por la corrupción y el desgobierno.
Eso fue
hace sólo cuatro años. Kirchner y Busti y
muchos otros que siguen flotando como corchos integraban
desde mucho tiempo antes la dirigencia cuya incapacidad
moral y política, según admitía
Duhalde, había llevado a la ruina a la Argentina.
Ellos eran parte del equipo que arrasó
al país con la corrupción y el desgobierno.
Ahora
que patotean al Uruguay, cabe preguntarse: ¿habrán
olvidado tan pronto aquello? ¿No aprendieron nada?
¿Creen que no son responsables? Sería triste
que estuvieran haciendo las cosas a conciencia para que
un día todo el mundo crea que no es sólo una
broma de mal gusto inventada por los chilenos esa que dice
que la diferencia entre un argentino y un terrorista es
que el terrorista tiene simpatizantes.
(1) El
atroz encanto de ser argentinos, Marcos Aguinis, Planeta,
página 115, 2001
(2) El Banco Mundial da a conocer hoy el informe sobre
las papeleras, Indice 810, radio El Espectador, 26/12/05
(3) Las empresas que instalan las plantas de celulosa
no deben caer en ninguna trampa, semanario Crónicas,
23/12/05, página 9
Artículo
publicado en el Semanario Búsqueda
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