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No hay un almuerzo gratis
por Carroll Ríos
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Milton Friedman afirmó que no hay un almuerzo gratis, para subrayar que todo tiene un costo. Alguien paga por un regalo, una herencia, un subsidio. Los bienes y servicios que provee el gobierno no escapan de esta realidad, pero a veces imaginamos que los gobiernos son magos que sacan todo el dinero que desean de su sombrerón negro.
Algunos gobiernos están actuando como si ese fuera el caso. Tomemos por ejemplo el plan de salud que recién presentó el Partido Demócrata ante el Congreso de Estados Unidos, entusiastamente respaldado por el presidente Barack Obama. En plena crisis económica y fiscal, el proyecto de ley de 1,018 páginas tiene un costo mínimo de aproximadamente $1 billón, como 25 veces el PIB de Guatemala. Ello sumado a la deuda ya existente de $2 billones. Gracias a Dios, unas cuantas voces, incluidas las de algunos demócratas moderados y el gremio médico, analizan la viabilidad de la propuesta y meten freno.
Se cuestionan cómo cubrir la factura. Más impuestos. Según el Wall Street Journal, la tasa promedio del Impuesto Sobre la Renta en Estados Unidos sería de 52.14%. Dadas las tasas estatales, a los residentes de cinco estados les impondrían tasas similares a las de países con elevadas cargas, como Dinamarca (60%) y Suecia (56.44%). Opinan los editores del prestigioso periódico: “Con el actual techo de 35%, este sería el mayor incremento impositivo excluyendo la Gran Depresión y las guerras mundiales”. Aun ello sería insuficiente, por lo que se acompañaría de un alza de 8% al cobro a los empleadores que no pagan seguro médico a sus empleados y otros cobros.
Lo peor es que es irrisoria la expectativa oficial de generar $544 miles de millones en 10 años merced a este nuevo yugo. Aun si lo hicieran, ¿de dónde saldrá el resto del dinero necesario? Luis XIV de Francia discretamente derritió unos muebles de plata del Palacio de Versalles para financiar sus guerras, pero pocos años más tarde la Reina María Antonieta, apodada Madame Déficit, colmó la paciencia de los súbditos, abrumados por tanto gasto. Obama preside un país hasta ahora próspero, pero no es ni monarca ni mago. ¿Quiénes y cómo pagarán esta extravagancia? ¿Qué podrían llegar a hacer los estadounidenses cuando todo truene a sapo?
Demandaríamos una respuesta urgente a estas preguntas si no fuera porque se divorcian los costos de los beneficios. Ni los políticos ni los supuestos beneficiarios asumen el costo, a diferencia de un comprador impulsivo, cuyas acciones pronto redundan en deudas, agentes recolectores, juicios y hasta encarcelamiento. Aquí, el costo se difumina y oculta, al tiempo que toman plata hasta de los bolsillos de generaciones futuras.
Aunque las cifras ni siquiera caben en la cabeza del guatemalteco, podríamos sufrir un daño fuerte con proyectos igual de descabellados. Como bien intuyeron los padres fundadores de Estados Unidos, son vitales los límites constitucionales para obligarnos a encarar la realidad de que no hay almuerzo gratis. Además, debe existir un alto costo personal para quienes retuerzan su mandato.
Fuente: Siglo XXI
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