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¿Cuál dictador? Diario El observador - Diciembre 14 de 2002 - Colombia
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Chávez tiene locos a los venezolanos. Pero no porque sea un dictador, o porque su insanía mental no lo deje gobernar. Simplemente, Chávez quiere implantar desde el poder una revolución leninista-maoísta-castrista en uno de los países más folclóricos del planeta.
¿Cómo pudo ser posible que un militar mediocre, con delirios absurdos y verbo diarreico, llevara a Venezuela al precipicio? Primero, por la secular corrupción, pública y privada. Segundo, por el deseo de cambio de los venezolanos. Tercero, por el trabajo del chavismo y sus amigos cubanos en la politización de las clases bajas. Cuarto, por las Fuerzas Armadas, neutralizadas con corrupción y chantaje. Y quinto, por la atomización de la opinión pública, que durante cuatro años no ha encontrado cómo controlar al monstruo que ella misma ayudó a construir.
Lo grave es que no hay en Venezuela una figura que encarne la respuesta. Hoy, las clases altas están contra el régimen. La clase media, la que está sufriendo el desempleo, el hambre y el desbarajuste institucional, ya está tomando partido. Por supuesto, los apoyan los partidos casi todos desacreditados. Y los comanda el Presidente de la Central de Trabajadores, quien quedó como cabeza gracias a los fracasos de la dirigencia política y empresarial.
Y la prensa, que antes lo impulsó, es ahora el aglutinante de la oposición contra el necio delirio que se apoderó del Estado venezolano. Por eso, Chávez la persigue con saña, para silenciarla. Sabe que es el enemigo a vencer. Lo demás, la economía, la comunidad internacional, la justicia y todo el ritual de las formalidades, tan caras a la burguesía, le importan un carajo.
A Chávez le tiene sin cuidado que el 85% de los venezolanos quieran sacarlo. Le basta con tener un 15% a su lado, de la forma en que lo tiene: disciplinado, alienado, envenenado y dispuesto a jugársela toda para recibir a cambio lo que les ha ofrecido. Que no es el socialismo utópico de los discursos mamertos sino las prebendas que ya usufructúan los validos del régimen más corrupto en la historia de Venezuela. El clientelismo le permitirá a los supuestos revolucionarios implantar una dictadura, a partir de agudizar las contradicciones del establecimiento, según reza en los manuales de Mao y compañía. Y sin guerrillas cavernarias, como en Colombia.
Por eso, Chávez no va a dar un golpe ni declarará siquiera el Estado de Excepción. Le basta con desacreditar el sistema de gobierno burgués, para imponer su revolución, bien aleccionado por Fidel, y mejor manipulado por José Vicente Rangel, el cerebro del desastre venezolano. Para ello fomenta el odio, saca a sus sicarios y no deja que los militares intervengan. E invita a la guerrilla colombiana para que le ayude en su criminal propósito. Y cuando el paro languidece, ataca con terrorismo paramilitar para revivirlo.
Tampoco quiere arreglar el problema de la segunda petrolera más grande del mundo, pese a que significa el 70% de la economía venezolana. Chávez quiere mucho más: controlar el petróleo, por lo que quiere echar a los directivos de Pdvsa para reemplazarlos por chavistas incondicionales. Sabe utilizar la retórica y el teatro para transformarse en víctima y convertirse en solución. Necesita que su país se desespere cada vez más. Apuesta a que el desespero llevará a la clase media a bajar la guardia y a dejar el espacio libre para sus depredadores.
¿Chávez, dictador? Definitivamente, no. Es un megalómano y ahí está su debilidad. Y más vale que triunfe el esfuerzo de la resistencia civil que hacen millones de venezolanos para defenestrar un régimen que se volverá totalitario si lo dejan supervivir. Entre otras cosas, porque si el coronel gana, el contagio para Colombia será inexorable. Entonces aquí no necesitaremos de otro Chávez: el mismo de Venezuela llegará a Bogotá. Y vendrá a caballo, como Bolívar, de quien es su cantinflesco epígono.