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Imposible agrandar el arco
por Gustavo Penadés
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En los últimos días se volvió a agitar el tema de la reforma constitucional.
No sabemos si como consecuencia de la ausencia de otros temas que conciten la atención pública (enero es un mes de escasa actividad política); como un globo sonda para estudiar las reacciones de las fuerzas políticas, o simplemente para ser mas realistas que el rey.
La idea fuerza es que el Presidente de la República pueda ser reelecto. Mientras no pase de los titulares de prensa no vale la pena detenerse demasiado en el asunto. Pero, lo que sí es oportuno es considerar la concepción subyacente: la creencia de que las normas son útiles para solucionar cuestiones que nada tienen que ver con lo institucional ni con lo jurídico, sino que pertenecen a la esfera de la política.
La reelección sería la mejor solución al problema que tiene el Frente Amplio de no tener un candidato de consenso (y no lo tiene, siquiera, para presidir su fuerza política). La respuesta lógica -y constitucional- sería ir a una elección interna, pero como ella implicaría ciertos riesgos se busca una vía oblicua; sin pensar que la Constitución no es responsable de las dificultades de un partido político.
Los mismo ocurre con la intención de modificar lo referente a la designación de los miembros del Tribunal de Cuentas y la Corte Electoral. Si los partidos políticos no se entienden no puede responsabilizarse a la Constitución.
Es como si un equipo de fútbol perdidoso quisiera reformar el reglamento y agrandar el arco adversario; cuando el asunto no son las medidas del arco sino que el equipo funcione.
Esa concepción voluntarista es muy típica del Uruguay.
Si algo no se sabe como solucionar se recurre a una reforma constitucional o a una ley. Se incurre en el error de pretender que una norma jurídica sea capaz de modificar por sí la realidad, incluso cuando esa realidad es la propia naturaleza humana. Es una característica muy uruguaya y por cierto que no exclusiva ni reciente.
Casi desde sus mismos orígenes resultaron siempre tentadoras las recetas nacidas en aquella Europa liberal y revolucionaria, sin considerar que estaban siendo trasplantadas a un medio absolutamente diferente; en fechas más recientes, fueron las ideas de los que soñaron con un Hombre Nuevo nacido de la violencia y de la imposición de una determinada ideología que todos deberían venerar y obedecer, bajo la amenaza de severas medidas en casos de apartamiento.
La creencia en las virtudes taumatúrgicas de las normas jurídicas genera razonamientos tales como que el sistema tributario conduce a la solidaridad de los uruguayos; o que si la ley afirma que no deben maltratarse a los niños -aunque no sancione a los infractores o no defina cuáles son las conductas ilícitas- se terminará con tal odiosa práctica.
La ley de Educación sería el instrumento imprescindible para operar a fondo en dicho campo. Una norma jurídica -con reforma de la Constitución incluida- daría fin a la guerra de las patentes.
En cada uno de los ejemplos citados la idea es siempre la misma: hagamos una ley y con eso se soluciona todo; y, cuando se sabe que la ley no solucionará nada, igualmente se la hace para satisfacer al público o tranquilizar la propia conciencia.
Mientras tanto la realidad espera, y a su tiempo demostrará que, si no se la comprende, no se puede operar sobre ella. Los problemas en nuestro país no es por falta de leyes.
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