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Socialista de pacotilla…
¿Canciller de quién?
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| por Fernando Pintos |
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Siempre he sentido un profundo respeto por el socialismo y los socialistas. Para decir verdad: yo no tengo la propensión a respetar cualquier porquería. Detesto a los malvados. Desprecio a los mediocres. Abomino de los imbéciles. Y es por eso que respeto al socialismo y los socialistas. Siempre he encontrado, en el uno y los otros, inteligencia, mesura, respetabilidad y tolerancia. Tan así ha sido el socialismo, que esa partida de matones y aberrados ideológicos que siempre han sido y seguirán siendo los comunistas, ha querido siempre escudarse —esconderse, encubrirse, disfrazarse— bajo la prestigiosa denominación de «socialistas». Y véanlo si no: ¿acaso la Unión Soviética tenía un nombre real, el cual por fuerza debía haber sido «Unión de Repúblicas Comunistas Soviéticas»? ¡Para nada! (¿Acaso iban a ser tan idiotas?)… La bautizaron, por el contrario, como «Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas» —alias «URSS»—, lo cual significaba, en el mejor de los casos, un infame y gratuito eufemismo.
Casi todos los socialistas que he tratado en mi vida han respondido, casi invariablemente, a la opinión que siempre he tenido acerca de ellos: gente inteligente. Personas básicamente decentes. Unos individuos dignos de respeto y consideración, aún a pesar de que uno deje de coincidir con ellos en una cantidad de puntos importantes. Para decir verdad, muchos de los grandes intelectuales anticomunistas que he admirado han surgido a partir de ideas socialiastas: Louis Pauwells y Carlos Rangel, entre muchos otros. Y si alguien pretende averiguar la diferencia entre lo que son, por un lado los comunistas y los anarquistas, y por el otro los socialistas, le recomiendo que lea esa tetralogía magistral que escribió José María Gironella sobre la guerra civil española, compuesta por cuatro volúmenes memorables: «Los cipreses creen en Dios», «Un millón de muertos», «Ha estallado la paz» y «Los hombres lloran solos». En realidad, y a la vista de grandes dirigentes socialistas de finales del siglo XX (González en España; Chirac en Francia), sigo manteniendo mi opinión sobre los socialistas y el socialismo: no formo parte de ellos, no comulgo con ellos, no tengo nada que ver con ellos, soy contrario a casi todo lo que postulan… Pero los respeto. Y es así porque, como bien es sabido, lo cortés no quita lo valiente.
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Por todo lo anteriormente expresado, me ha llamado la atención… ¿Qué digo?, me ha sorprendido hasta más allá de la perplejidad, la presencia de un pintoresco individuo que dice ser socialista en el Gobierno uruguayo. Y me refiero, obviamente, al canciller de la República, el señor Gargano (su nombre de pila me viene del norte), quien parece haberse constituido en la piedra dentro del zapato para las intenciones del presidente, el doctor Vázquez, quién sí parece ser y comportarse como un verdadero socialista. Desde ya, mis sinceras condolencias para el socialismo y los socialistas uruguayos. Ustedes no se merecen ser víctimas de un individuo de tamaña catadura. Es más: el personaje opera y se manifiesta tal cual lo haría un comunista infiltrado dentro del socialismo… Ahora bien: ¿será comunista? ¿O será, únicamente, un patético y vil bufón que se manifiesta ahogado en su propia mediocridad? ¿Cuál de las dos opciones mencionadas corresponderá al señor Gargano? Bueno, me gustaría aventurar ahora una seductora posibilidad: ¿qué tal si él fuese una combinación de las dos posibilidades mencionadas?
Y ya sé lo que me van a decir de inmediato: «se podrá decir cualquier cosa de los comunistas, desde que sean unos reverendos hijos de mil (¡censurado!) en adelante, menos que puedan ser unos absolutos imbéciles». Bueno… todo el mundo tiene derecho a expresar y sostener su propia opinión, pero les diré algo al respecto: esa presunta «inteligencia» de los comunistas es un mito tan absurdo como aquella enloquecida especie de que las tortugas podían embarazarse con la mirada… ¿Quién ha dicho, hasta la saciedad, que los comunistas son todos inteligentes, todos genios…? Pues, les informo: ¡los mismos comunistas se la han pasado diciéndolo y diciéndolo, hasta la saciedad! En la práctica, los comunistas pueden ser —y en la práctica, lo son— tan imbéciles y cretinos como el más excelso de los obtusos. Porque: si no fueran otra cosa que una partida de cretinos sosteniendo una serie de ideas aberrantes embutidas en una asquerosa doctrina de odio y resentimiento, su máxima creación socio-política, la Unión Soviética, hubiera sido un éxito rutilante en lugar de haber sido lo que realmente fue: un descomunal, estrepitoso y rotundo fracaso.
Por supuesto: ya sé que la cantaleta oficial del comunismo, los comunistas, los pro-comunistas y los cripto-comunistas es una copia de los lloriqueos del sátrapa Fidel Castro: «La URSS fracasó porque la conspiración capitalista y los bloqueos económicos del capitalismo la hicieron fracasar»… Pero, ¡hay flor… Cuidado que te machuco! ¿Cuán enorme habrá sido esa conspiración del capitalismo salvaje? La URSS tuvo un territorio de 22.500.000 (la sexta parte de las tierras emergidas del planeta) y 74 años para probar, fehacientemente, la tan cacareada superioridad del comunismo sobre el capitalismo, la democracia y la libre empresa. Y tuvo un montón de satélites para apoyarla en esa demencial empresa: China, Cuba, Polonia, Rumania, Yugoslavia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Vietnam, Corea del Norte… Y un montón de países adheridos, como la Libia de Khadaffi y el Egipto de Nasser… En realidad, el comunismo se ahogó con la soga de su propia ineficacia, su propia incapacidad, su propia inhumanidad, su propia enjundia liberticida y la impotente irrealidad de sus enloquecidas recetas. Pero de ahí, nada más. Tan claro como el agua. Y todo lo que puedan alegar al respecto, serán tan sólo puras pamplinas.
En consecuencia, el partido socialista de Uruguay debería reconsiderar la clase de «socialista» que han llevado a integrar el Gabinete del presidente Vázquez. Y si el partido socialista sigue siendo digno de tal nombre y sigue siendo integrado por verdaderos socialistas —y no socialistas de utilería o mentirijillas, como es el señor Gargano—, debería expulsar a tal individuo, no sólo de sus filas, sino también de las del gobierno. En cuanto a ese comunista disfrazado de socialista que opera actualmente como canciller uruguayo sería inútil sugerirle que, siquiera por un mínimo atisbo de dignidad, renuncie a su cargo. Porque tipos como ése carecen de dignidad. Nunca la han conocido y jamás llegarán siquiera a sospecharla. En realidad, si bien es cierto que el individuo de marras está figurando como funcionario del gobierno uruguayo y como miembro del gabinete de Tabaré Vázquez, en la práctica se está realmente comportando como un fiel faderillo (ciertamente bien rentado con petrodólares) del enajenado presidente marxista-narcisista de Venezuela, el tenebroso Hugo Chávez.
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