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Año IV - Nº 223
Uruguay, 23 defebrero del 2007
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Una historia enmarcada en dos guerras
María García, Un compromiso con la vida
Graciela Vera
por Graciela Vera
Periodista independiente
 
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            Dos guerras diferentes pero unidas en el tiempo y en  sus consecuencias  marcaron la juventud de María robándole el derecho de ser dueña de su vida.

            El 14 de agosto de 1945 se declaraba el final de la Segunda Guerra Mundial con el triunfo de las Potencias Aliadas, pero en Europa había un país que no sabía de festejos ni sabría de ayudas para su reconstrucción porque, al margen del conflicto que enfrentaba a medio mundo, vivía el horror de su propia,  sangrienta y destructiva contienda encerrada al sur de los Pirineos.  

ESPAÑA: SORDOS A LAS TRES ‘PES’

            No soy historiadora, simple observadora que escucha y lee lo que unos y otros dicen de una época que no se quiere olvidar porque, hacerlo implicaría romper una estrategia política de décadas enmarcada en odios,  en aras de una nueva y democrática defensa de un país de todos, para todos.

            El 18 de julio de 1938, dos años después del levantamiento militar contra el gobierno republicano, el aún Presidente de la República Manuel Azaña, pronunció en Barcelona, donde se encontraba la capital provisional del Gobierno, el que se recordaría como el discurso de las tres ‘pes’ porque en él pide a los españoles de los dos bandos ‘paz, piedad y perdón’.

            Poco menos de un año después, el 27 de febrero de 1939, Cataluña cae en manos del Ejército Nacional.

            La cruenta guerra entre españoles se acercaba a su fin, la represión no.

            Y no lo vería porque la palabra paz que en abril de aquel año se estampaba en los papeles, no era aceptada de manera incondicional en las mentes de los pobladores.

            Había demasiados odios y no cabían ni la piedad, ni el perdón; ambos sustantivos  habían perdido su significado real, tanto para unos como para otros que, cuando la marcha del conflicto les colocaban en posición de mando en cualquiera de  las distintas regiones de España, se ocupaban de que el odio tuviera motivos para incrementarse y la paz no fuera posible para todos por igual.

            ¿Quién fue el verdadero culpable? Nadie piensa que vayan a terminar las elucidaciones de los que defienden la posición de los de un bando o la de los que están con la del otro.

            No hubo punto final sino una inacabable continuidad de desaciertos, venganzas e imposiciones que hacen que no haga  falta ser clarividente para saber que no habrá consenso.  

            Desde ambos bandos se cometieron atrocidades. En ambos bandos se sufrieron torturas, matanza, hambre y miedo.

            En ambos bandos se aprendió a odiar y los hijos y nietos de los que sufrieron en carne propia aquel horror, sesenta y ocho años después le niegan oportunidades a dos de las tres ‘pes’ mientras se condiciona la primera al rencor, sin que tenga mayor peso la repetida frase de ‘yo ya olvidé’ porque con poco escarbar aparece el ‘olvidé pero recordaré’

DESDE ALBANCHEZ A BARCELONA

            María García Torrecillas es una mujer de 91 años. Cuando tenía 20 dejó, el pequeño pueblo de Albanchez, en la provincia de Almería, para buscar un mejor futuro en Barcelona.

            De sus palabras y de lo que transcribe en su libro ‘Mi exilio’, reconstruiremos parte de la historia de aquella época: el ayer.

            El hoy, es el homenaje al que la provincia en la que nació y la Comunidad Autónoma de Andalucía, le hizo merecedora.

            María no es una extraña para mí. A pesar de que tanto ella como sus hermanos viven en México, mi marido mantiene contacto con ellos, especialmente con Domingo, con quién compartió el mismo banco de escuela y las mismas travesuras de niños.

            Casualmente María ejerció como enfermera en la clínica del padre de mi marido, el Dr. Cristóbal Urrea por lo que las anécdotas me llegaron en forma directa hace casi siete años, cuando los cuatro, Domingo, María, Enrique y yo compartimos una velada en Sevilla junto a otros familiares suyos.

            Por eso María formaba parte de mis recuerdos, de los que unifico con los de mi marido y de los propios, y por ello abrazarla fue en esta oportunidad doblemente gratificante.

            El lunes 26 en la sede de la Delegación del Gobierno de la Junta de Andalucía en Almería, nuestra amiga recibía la Medalla de Oro de la Cruz Roja, la más alta distinción que otorga la Cruz Roja a personas que han destacado por su labor humanitaria; un día antes su emoción era patente en el homenaje que le hacían los vecinos del pueblo que la vio nacer.

            El 28 de febrero, Día de Andalucía, María era receptora de una de las Once Medallas de Oro  conque la Comunidad premió a otros tantos hijos ilustres.

            ¿Que hizo esta mujer para ser merecedora del respeto y cariño de tantos?, según ella misma, nada; según otros, todo.

            Y todo es su trabajo como voluntaria de la Cruz Roja suiza que ayudó, entre 1940 y 1942,  a salvar la vida de cerca de seiscientos niños nacidos en la maternidad de Elne, en el sur de Francia.  

LOS RECUERDOS DE SUS PRIMEROS AÑOS

            ‘...de la paisana y amiga...’ dice la dedicatoria con la que María personalizó el libro de su autoría que ahora me sirve de base de datos y que leo con el mismo cariño que ella expresa.

            Habla de una vida interesante para la época. Ocho hermanos que se criaron viendo muy poco al padre al que le gustaba viajar, otear horizontes y  que seguramente llevaría en cada regreso las historias de otros mundos, Brasil, Argentina, México y otros muchos países que sabemos, debían despertar la imaginación de la niña aunque difícilmente, ni ella ni su progenitor sospecharan siquiera el destino de algunos de aquellos hermanos.

            María asegura que fue muy feliz en su niñez, más cuando su padre dejó de viajar y asentado ya en el lugar, se dedicó a cultivar la tierra que había comprado y a pasar horas dedicadas a la lectura.

            Los hermanos terminaron la primaria, un hecho que no era muy común en la época. ‘En el verano recuerdo a mi papá en la huerta rodeado de varios vecinos y conocidos a los cuales les contaba sus aventuras en los viajes y les leía sus periódicos’.

            Dice que no les faltaba por entonces comida pero sí muchas otras cosas materiales e idealistas. María aspiraba a saber más, a estudiar ‘...me sentía un poco triste y ya pensaba en la diferencia de clases, de otro modo naturalmente yo quería ser como los demás, aprender para enseñar...’.

            Poco a poco sus hermanos fueron dejando el pueblo y un día con los padres solo se encuentran cuatro hijos, dos mujeres: Carmen y María y dos hombres, Roque y Domingo, éste con apenas unos cinco años y, aunque no lo dice el libro, yo sé que las travesuras de Domingo eran compartidas por Enrique.

            María quiere irse con un hermano que vive en Barcelona y una mañana de enero de 1936, junto a Carmen deja el pueblo, ‘Esa mañana mi papá madrugó más que otros días y se fue al campo, según él tenía algo urgente que hacer, cuando quise despedirme ya no estaba, nunca lo volví a ver.’

            La historia de María en esta parte de su vida, es la de muchos hombres y mujeres de pueblos pequeños que cercenan raíces para ir en busca de oportunidades. ‘Mamá estaba sentada en una silla bajita llorando y mi hermana y yo abrazadas a ella hacíamos igual, no sé como pudimos dejarlos, la juventud te hace ver las cosas más fáciles, si volviera a nacer no lo repetiría, porque es una espina que se lleva clavada siempre, aunque no sea tu culpa, como en mi caso....’ 

DESDE CATALUÑA AL HORROR EN FRANCIA

            El inicio de la guerra encontraría a María y a tres de sus hermanos, Guillermo, Juan y Carmen  en el lado republicano y muy pronto se les uniría Roque, a la sazón de 17 años.

            ‘Con mi cuñada Isabel nos turnábamos en las noches haciendo cola para conseguir carne, pescado, verduras o lo que se podía, teníamos tarjeta de racionamiento y no te vendían nada más de lo que te correspondía, y después de estar toda la noche en la cola, cuantas veces nos regresábamos con las manos vacías....... cuanto se sufre en las guerras, sobre todo cuando hay niños y no tienes un pedazo de pan para darles.....’

            Recuerda el miedo, los bombardeos, las noches sin dormir, la muerte de su hermano Guillermo y recuerda cuando quedó sola, regresados los otros a Albanchez, Roque en el frente de Teruel y ella aceptando la invitación de un matrimonio amigo para vivir con ellos y no pasar sola las noches.

            En 1937 está trabajando en una fábrica de material de guerra. Aprende a manejar un torno y por esa época aprende también lo que es el amor y la espera del reencuentro que se produciría sólo después de mucho andar, ya en tierra francesa.

            María cuenta el día a día de entonces y también el que le tocó vivir en la huida hacia Francia, a la caída de Barcelona; ‘...con lo puesto nos echamos a caminar y caminar carretera adelante. No sé cuántos kilómetros hay desde Barcelona hasta Gerona en donde dormimos con los aviones bombardeándonos todo el tiempo. Cuantos compañeros y amigos dejamos en el camino, cuando morían, como no se les podía dar sepultura los dejábamos, hijos a sus padres, padres a sus hijos...’

            Recuerda que en Francia los recibieron los gendarmes ‘... nos llevaban corriendo, nunca pensábamos cuál sería nuestro destino, recuerdo que cuando pasábamos algún pueblo la gente de ahí corría a refugiarse en sus casas. Luego supimos el motivos de ello, es que nos habían hecho muy mala propaganda.’

            ‘Por fin llegamos a nuestro nuevo hogar..... Al ver aquello todo fue llorar y pensar que vendría después, estábamos en un campo de concentración que hicieron en la playa de Argeles Surmere, rodeada de alambres de púas y sólo arena, esto era en enero de 1939 con un frío horrible y el viento de esa época que si no mal recuerdo le llaman transmontana, no podías caminar, y mucho menos en la arena, teníamos que agarrarnos varias personas para poder estar en pie.’

LA LIBERTAD NEGADA

            Quinientos mil españoles huyeron a Francia entre el 27 de enero y el 12 de febrero de 1939. Buscaban refugio pero iban tras un sueño de libertad que no encontraron.

            Francia se convirtió para los españoles en un país de concentración que los constreñía a grandes extensiones de arenales entre el mar y las alambradas custodiadas por soldados; una época de sufrimiento que se extendería hasta la liberación de Francia por los aliados en 1945*1.

            Pero antes de la liberación, los alemanes hicieron prisioneros a 40.000 españoles que ni siquiera habían podido, desde su llegada a Francia, considerarse libres.

            Al principio de la ocupación nazi, familias enteras fueron deportadas, niños y adolescentes separados de sus padres eran internados en Mauthausen; 16 niños españoles fueron asesinados en Ravensbrück.

            Se cree que 19.200 españoles fueron deportados a los campos de concentración y exterminio como Dachau, Buchenwald o Mauthausen y otros fueron internados en campos de trabajo de la zona ocupada: Calais, Brest, Cherburgo, Rochela o Burdeos.

*1 -   El gobierno francés otorgó refugio a los españoles bajo condiciones de prestaciones de trabajo. En abril de 1939 promulgó un Decreto-Ley que fijaba las obligaciones de los extranjeros considerados como refugiados o sin nacionalidad, que obligaba a los hombres de entre 20 y 48 años a proporcionar  ‘en tiempos de paz prestaciones de una duración igual a la del servicio militar francés. Los apátridas, los refugiados políticos, los polacos y los checoslovacos que no habían sido movilizados por sus autoridades nacionales, podían ser objeto de requerimiento, al igual que los franceses’.

A los españoles supuestamente Francia les daba a elegir cuatro opciones: ser contratados a título individual por patronos agrícolas o industriales, integrarse en Compañías de Trabajadores Extranjeros, alistarse en la Legión Extranjera o en los Batallones de Marcha de Voluntarios Extranjeros, unidades militares con mandos franceses, contratados por el tiempo que durase la guerra.

Los  españoles fueron adscritos a las Compañías de Trabajadores, generalmente empleados en la construcción de fortificaciones, carreteras, puentes, presas, fábricas de carbón, talas de árboles, etc. Mandados por oficiales franceses y suboficiales españoles; enviados al Norte para reforzar las defensas francesas en la línea Maginot, y al ‘Primer Frente’ o a la zona comprendida entre la línea Maginot y el Loira.

Algunos integraron los Batallones de Marcha y enclaustrados en los campos de internamiento permanecieron los hombres mayores, los enfermos, mutilados y los que eran considerados activistas políticos peligrosos.

La caída de Francia en poder de los alemanes castigó fuertemente a los españoles. Los obreros se vieron obligados a tomar las armas y cuando cayeron prisioneros no se les reconoció estatus de soldados y fueron deportados como civiles a los campos de Mauthausen (Fuente de esta información www.exiliados.org.)

LOS PRIMEROS RECUERDOS DEL INFIERNO 

            Las guerras son el infierno, o quizás debamos aprender por ellas, que el infierno es una guerra eterna.

            María recuerda y los recuerdos estremecen. ‘Los primeros meses fueron horribles, no teníamos baños donde poderse uno asear o hacer sus necesidades, teníamos que hacerlo en la playa o donde se podía. Siento que eso fue lo peor del Exilio..... Después de unos meses nos pusieron una barraca de madera con agujeros por todas partes y unas regaderas con agua fría, una para mujeres y otra para hombres....’ , no todos tenían jabón y la arena lo suplía, por otra parte la ropa que se ponían era la misma que se habían quitado antes del baño porque no había donde lavarla ni otra para cambiarse.

            ‘En las noches, cuando dormían los gendarmes, los hombres iban a los camiones y se robaban el pan y el bacalao, el cual poníamos en un bote, de los que habíamos encontrado y lo cocíamos en agua para poder quitarle lo salado, eso comimos durante muchos meses en el desayuno, comida y cena, mitigando así un poco el hambre...... Por la falta de aseo empezó a haber muchos parásitos, los piojos los teníamos de todos los tamaños, ya no sabía uno que hacer con tantos...... era un foco de infección.... las personas mayores empezaron a tener problemas de salud.... teníamos buenos doctores entre nosotros pero no tenían medicinas  para atacar esas infecciones, así que. con mucho dolor lo único que podía hacer es dejarlos morir’

            Pasado un tiempo fueron trasladados a otro campo, también en la playa pero con barracas. Saint Cyprien mejoró en algo la situación de los españoles recluidos pero al mismo tiempos los separó unos de otros, había comenzado alguna mejora en su situación pero ni siquiera para poder decir que aquel grupo de hombres y mujeres era mínimamente tratado como seres humanos. Mejora que terminó pronto para María, que con seis meses de embarazo fue separada de su compañero, trasladada a un campo vecino donde vivió hacinada en un pequeño espacio que no le permitía descansar acostada.

LA CRUZ ROJA RESCATÓ DE
TANTO SUFRIMIENTO
A LOS NIÑOS 

            María recuerda el día que llegaron unas personas que explicaron que pertenecían a una organización suiza de ayuda a los niños de los campos.

            Iban a darles desayunos y pronto también abrieron guarderías para los mayorcitos.

            No todo marchó sobre ruedas, los camiones con ayuda no llegaban a los destinatarios, los franceses pusieron muchas trabas a los suizos pero al fin, los niños tuvieron sus desayunos y también una merienda.

            Las preocupaciones de María comenzaban a agudizarse. Debía pensar por dos, ‘ya empezaba a preocuparme en serio sobre donde nacería mi hijo y que sería de los dos...’

            ‘... cada día me encontraba más débil, pues lo que comía era algo de pan y café, muy malo por cierto, pero algo caliente en el estómago me caía bien; así pasaba los días con temor....ya estaba en el octavo mes de embarazo cuando se acercó a mi una señorita de origen suizo, que en perfecto español, me dijo que me iba a llevar con ella a una maternidad donde nacería mi hijo, pero antes me quedaría unos días en un pabellón donde sólo había dos personas, el Doctor Nello y su esposa Encarna que también estaba embarazada. El doctor se encargaría de vigilarnos los días que estuviéramos ahí, antes de llevarnos a la maternidad.....’

            Para María comenzaba una nueva etapa dentro de la vida de sufrimientos que aún debería pasar. ‘... recuerdo que nos anunciaron la llegada de la directora de la maternidad, la señorita Elizabeth Eidemberg, una persona muy joven....... habló un rato con nosotras y nos informó que la maternidad tenía poco tiempo y que pertenecía a la Cruz Roja Suiza.... esta maternidad se fundó con el único propósito de ayudar a las futuras madres de todos los campos de concentración sin importar la nacionalidad, color, religión o ideología política...’

            Se despidió de quienes quedaban en el campo, horrorizada pensando que en pocas semanas estaría de regreso con su hijo.

            En la maternidad  ambas se sintieron libres; como faltaba un mes para dar a luz, Encarna y María pidieron que les dieran algún trabajo para hacer y las mandaron a la cocina.

            Recuerda que trabajadores y futuras madres que iban llegando formaban como una gran familia. Estaba bien pero preocupada por la situación que vivían sus amigos en el campo donde cada vez la comida escaseaba más.

            El 23 de marzo de 1940 nació el hijo de María, desde el campo de concentración en el que estaba y al que había sido avisado por Elizabeth, su marido le pedía que le pusiera Felipe en recuerdo de su hermano que había quedado en España.

            Días después, mientras se reponía del parto recibía la propuesta de hacerse cargo del cunero. No era un trabajo fácil porque debía hacerla sola pero no dudó. María aceptó y muy pronto aprendió la tarea y llegó a ser una muy buena enfermera.

            Ya no iría al campo de internamiento con su hijo pequeño. ‘Desde el momento que entré como responsable de la cuna y por tanto de los niños, mi vida cambió totalmente, la comadrona, Marie, fue mi profesora incansable, a ella le debo todo lo que sé como enfermera...’

            ‘En los campos las cosas estaban peor, la gente pasaba muchas necesidades, los niños si no salían a los albergues se morían de inanición o de frío. Cuando me tocaba ir por algún motivo, durante algunos días no podía dormir bien, pensaba que yo era una persona privilegiada, tenía buena cama, buenas cobijas y comida tres veces al día.’

            ‘.... se hablaba de la guerra con loas alemanes y empezaban a escasear las cosas, en pocos días las tiendas de abarrotes se vaciaron y había poca comida. A nosotros, los suizos nos aumentaron los envíos y no se notaba nada de lo que pasaba afuera, pero lo que sí se notaba era que cada vez más polacas y judías solicitaban que les atendieran en la maternidad.’

            Cuenta que judíos y polacos vivían asustados y a ella le daba mucha tristeza oír sus historias y pensó que eran similares a la de los españoles republicanos ‘...lo mismo le estaba pasando a estos infelices, nada más que nosotros luchábamos por algo, pero a ellos los perseguían por el solo hecho de ser judíos, como si no fueran seres humanos como nosotros...’

            Los alemanes se acercaban. María comenzaba a convertirse en la madre de mujeres y niños desamparados. Recuerda el caso de Wladimir Zandt, un niño judío nacido en la maternidad de Elne y al que separaron de su madre en Lyon. ‘...jamás volvió a saber de ella hasta hace unos pocos años que encontró sus raíces y supo que su madre había muerto en los campos.........’, al pequeño lo habían dejado abandonado llorando en la estación ‘hasta que llegaron unos gendarmes y se lo llevaron a un hogar para huérfanos..... le daban alimento que él rechazaba llamando a su madre día y noche, desmejorando de tal modo que no se tenía en pie.  Después de mucho tiempo de tratamiento logró salir adelante tan es así que sesenta años después recibí una carta de él y aunque en ese momento no recordaba quién era, fueron más de trescientos niños los que cuidé, me nombró como su madre adoptiva....’

            Muchos más, tras la ocupación nazi de Francia, María salvó la vida de 700 niños: 500 españoles y 200 judíos.

            Por entonces en Elne se hablaba de que los alemanes estaban cada día más cerca. Los suizos estaban nerviosos. Un día les reunieron a todos en el comedor y la directora les dijo que aquellos estaban ya a pocos kilómetros y que muy pronto llegarían a la maternidad, hubieron muchas recomendaciones y lo cierto es que desde ese momento la vida en la maternidad cambió; ‘...todas las conversaciones se referían a lo mismo, que pasaría con nosotras y con la maternidad.’

            ‘De los campos de concentración recibíamos noticias de que los alemanes ya los empezaban a visitar llevándose a los judíos que encontraban, dejando a sus pequeños abandonados a su suerte, ... fueron muchos que quedaron huérfanos y viven gracias a los suizos, a la Cruz Roja Suiza que tanto le ayudó.’

            Hacía meses que su marido había podido emigrar a América sin haber podido conocer a su hijo. Mi temor, dice, era que pudieran cerrar la maternidad, le daban ánimo y hablaban de que pudiera quedarse en Francia o irse a Suiza ‘pero lo que quería, aunque le tenía mucho miedo al mar, era irme a México donde estaba el padre de mi hijo’.

            Y un día llegó a México. La despedida de Elne no fue fácil pero como comentó alguien hace poco en uno de los homenajes recibidos por María en Almería, ‘recién se fue por una puerta cuando los alemanes entraban por la otra’.

            Tampoco fue fácil el viaje hasta Orán en una embarcación no adecuada para hacer ese trayecto. El barco que les llevaría a América partía desde Casablanca y aún no sabía como llegarían allí.

            En Orán, por horas se sintieron abandonados a su suerte, sin comida y sin agua pero en la tarde un tren destartalado se convirtió en su transporte.  En Casablanca volvería la incertidumbre de días sin saber cuando se partiría pero por fin a primero de octubre de 1942 María y su hijo Felipe embarcaban en el Serpia Pinto, un nombre que no habría de olvidar. Llevaba por equipaje una pequeña maleta con algo de ropa y otra donde había guardado comida, ya vacía.

            La rutina del barco, las literas, una encima de otra en las bodegas que servían de dormitorio son recuerdos que María no olvidará como tampoco la sorpresa que recibió, grata sorpresa, cuando llegaron a las Azores y dos enfermeras de la Cruz Roja le llevaban noticias de Elne de donde iban con el encargo de enterarse de la situación de María y su hijo. ‘Me entregaron una insignia de la Cruz Roja que conservo con mis recuerdos de la maternidad....’

            Cuba fue la última escala antes de un México en el que volvió a encontrarse sola y a la vez, rodeada de amigos que la sacaron de esa soledad.

            Pasaron muchos años, pasaron muchas cosas, María García Torrecillas no puede decir que su existencia ha pasado desapercibida para el mundo; hubo sufrimientos, hubo momentos de desesperanza pero vale recordar aquellos en los que la vida triunfó sobre todas las desazones y su tierra, esa que ella lleva siempre en su corazón, no se cansa de decirle: gracias.

            No es la historia de una guerra, ni siquiera la de un pueblo. Es la historia de algo que se hizo durante una guerra por una mujer del pueblo al que un día, la guerra le truncó los sueños y la obligó al exilio.

Almería, en el sur del norte,  2 de marzo de 2007

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