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Año III - Nº 184
Uruguay, 02 de junio del 2006
Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 

 

 

 

Día del Libro
"Leemos para
imaginar el mundo"

Julio Dornel
 

Decía Borges que de "todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es sin ninguna duda el libro, porque es una extensión de la memoria y de la imaginación."

Sin embargo, es posible que los libros en tiempos de Gutenberg y con excepción de la Biblia fueran considerados como un lujo o una extravagancia.

Antes de la imprenta (manuscritos) los libros eran exclusividad del clero y algunas academias descansando en lujosas bibliotecas de los monasterios o secretas universidades.

En la actualidad y resistiendo la competencia de otros medios de comunicación el libro sigue siendo el verdadero protagonista de la historia, al recoger diariamente un estilo de vida que va formando el patrimonio cultural de una nación.

En oportunidad de la Feria del Libro realizada en Buenos Aires recientemente, el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez (72) señalaba que: "Leemos para imaginar. Leemos para aprender como es la respiración del mundo. Y, a veces también leemos para descubrir que el mundo no respira como imaginamos, sino de otra manera. Si no supiéramos leer, tampoco sabríamos pensar. Escribir viene después. La escritura es la envidia sana de la lectura o más bien, el deseo de prolongar la lectura indefinidamente".

"Narrar no sólo es significativo porque nos permite asumir o dibujar un destino ajeno, que a la vez nos educa-dice Benjamín. En las ficciones somos lo que soñamos y lo que hemos vivido, y a veces somos también lo que nos hemos atrevido a soñar y no nos hemos atrevido a vivir. Las ficciones son nuestra rebelión, el emblema de nuestro coraje, la esperanza en un mundo que puede ser creado por segunda vez o que puede ser creado infinitamente dentro de nosotros".

"El primer libro completo que leí en mi vida fue una colección de cuentos de los hermanos GRIMM, de la editorial Molino, con unas ilustraciones que acentuaban el terror de aquellas historias melancólicas, en las que nada se logra por completo, ni la felicidad ni la derrota del mal. Más tarde entre los siete y los nueve años, me convertí en una devoto sin remedio de las novelas de Alejandro Dumas y de Julio Verne."

Cada vez que he tenido en la vida una situación de desesperanza - y vaya si las he tenido- enfermedades, exilio, perdida de personas amadas- volví a esos libros de la infancia para que me devolvieran la fe en que todo regresa, de una manera u otra, todo puede ser recuperado. Así he releído por lo menos cuatro veces dos novelas de construcción perfecta, El Conde de Montecristo y la Reina Margot, a las que sigo buscándoles en vano los lunares de arquitectura que no tienen. En la adolescencia, los bibliotecarios me parecían extensiones de Dios, herederos de un saber inagotable."

"Todas las mañanas iba en busca de libros a la biblioteca Sarmiento de Tucumán, cien metros al norte de la Casa de la Independencia y mientras devolvía los préstamos del día anterior les pedía consejos sobre las lecturas siguientes. Gracias a ellos, alcancé, entre los once y los dieciocho años, el inolvidable conocimiento de Heródoto, de los diálogos de Platón; leí el Edipo rey de Sófocles, las seis grandes tragedias de Shakespeare, los poemas de Góngora y de Quevedo, las Novelas Ejemplares de Cervantes y por supuesto el Quijote. Poco después, las ficciones de Faulkner me produjeron insomnios recurrentes."

"Uno de los visitantes de la biblioteca me recomendó entonces que leyera El Proceso de Franz Kafka, porque nadie podía resistir el sopor del primer capítulo. El falso remedio agravó mi enfermedad. Somos así, los libros que hemos leído. O somos de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas. Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro sacramental."

"Algunas pocas naciones han tenido también la fortuna de ser proyectadas y organizadas por grandes hombres para los cuales el libro era un artículo de fe. Nuestra nación argentina es hija de ese privilegio. Desde mediados del siglo XIX, letrados como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Velez Sarsfield y Nicolás Avellaneda, entre tantos otros, pensaron con pasión en el país que querían para las generaciones futuras. Una Feria del Libro estaba más allá de los sueños de cualquiera de aquellos titanes. América latina entera se miró durante décadas en el espejo de nuestros libros."

"Recuerdo cuanto le admiraba a Gabriel García Márquez en el inviernote 1967, que las librerías de Buenos Aires estuvieran abiertas hasta altas horas de la noche y que las amas de casa regresaran de de los mercados con libros que se compraban como artículos de primera necesidad, junto con las lechugas y el pan de los almuerzos."

"Ahora los tiempos son otros-dijo finalmente Eloy Martínez- y la miseria ocupa en muchos hogares el lugar que antes tenía el conocimiento. Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a forma alguna de educación y más de los tres quintos restantes no pueden comprar libros, porque la comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias y con frecuencia lo que se gana ni siquiera alcanza para eso. Mil quinientos millones de personas carecen hoy de de agua potable y más de mil millones viven hacinadas en casas miserables, indignas de la condición humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir."

"En la Argentina, le educación obligatoria de sarmiento es ahora una utopía más inalcanzable de lo que era hace siglo y medio. Innumerables chicos siguen sin poder ir a la escuela porque tienen que ayudar a ganar el pan de sus padres, y los que van no lo hacen para aprender sino para comer, porque a muchos de ellos la escuela les ofrece la única comida del día. Las escuelas son la democracia, escribió Sarmiento. Fuimos fundados por el libro, no por la espada. Fueron los libros los que inspiraron a Moreno, a Belgrano, a Sarmiento. La espada desbrozó el camino, pero el libro creó el camino. Cuando el poder no lee, el poder no piensa. Las dictaduras militares se negaron a leer. El libro es como el agua. Se le imponen cerrojos y diques, pero siempre termina abriéndose paso. La adversidad parece fortalecerlo. Aún en los peores tiempos, las ideas que después se transformaron en palabras han soslayado las censuras y las mordazas para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptibles cuando a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Ni el odio de los bárbaros ni la intolerancia de los injustos han podido destruir el libro, porque su memoria es también la memoria de la especie humana."

 
 
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