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Año IV - Nº 258
Uruguay,   02 de noviembre del 2007
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Elecciones en el país de los sonámbulos

por James Neilson
 
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Desde hace varios meses, Kirchner está manejando la economía según criterios netamente electoralistas, jugando con los índices, presionando a los supermercados para que vendan más barato y obligando a los banqueros a bajar las tasas de interés.

            De acuerdo común, se trata de la campaña electoral más aburrida de la historia del país. Como si la Argentina fuera una tiranía comunista o árabe en que lo único en duda es si el jefe máximo se alza con el 100 por ciento de los votos o si se conformará con el 98,9 por ciento, los estrategas oficialistas han logrado difundir la noción de que el 28 de octubre Cristina triunfará por un margen tan escandaloso que no tendrá que perder el tiempo enfrentando una segunda vuelta. Aunque sólo fuera por una cuestión de dignidad, Elisa Carrió, Roberto Lavagna y Alberto Rodríguez Saá insisten en que las encuestas mienten, que a Cristina y al país les aguarda una sorpresa mayúscula, pero pocos toman demasiado en serio sus afirmaciones en tal sentido.

            Uno que sí parece sospechar que algo raro podría suceder es Néstor Kirchner. No lo dice en público, pero a juzgar por su conducta reciente teme que Lilita y los demás hayan acertado y que, para el asombro de muchos, su esposa podría no llegar al 40 por ciento salvador y que el ballottage, lejos de resultar un trámite sencillo, sea una pesadilla en que el inmenso capital político que se ha arreglado para acumular a partir de mayo del 2003 pueda esfumarse como hicieron los ahorros de decenas de miles de argentinos en los tiempos del corralón y la pesificación asimétrica.

            Desde hace varios meses, Kirchner está manejando la economía según criterios netamente electoralistas, jugando con los índices, presionando a los supermercados para que vendan más barato y obligando a los banqueros a bajar las tasas de interés. Quiere que las elecciones se celebren en medio de un boom de consumo inolvidable. ¿Y después? Siempre y cuando la gente vote como es debido, no le importa un bledo si como consecuencia de lo que está haciendo el país sufre una resaca fenomenal. Al fin y al cabo, una vez instalada Cristina en el sillón presidencial, la pareja tendrá tiempo de sobra en que restaurar un poco de orden.

            Puesto que en esta parte del mundo las encuestas suelen ser tan caprichosas como los boletines del Indec, todos los candidatos, incluyendo a Cristina, navegan en medio de una bruma espesa. Cuando tratan de divisar lo que hay en las cercanías, ven lo que quieren ver. Elisa Carrió dice creer que podría conseguir hasta el 30 por ciento de los votos, lo que sería suficiente como para tener una buena posibilidad de desalojar a Cristina en el ballottage si no rompe la barrera del 40. Lavagna vislumbra algo similar aunque, claro ésta, sería él el protagonista del batacazo. Rodríguez Saá, al que según algunas encuestas le va mejor que al compañero Lavagna en la pelea por los votos de peronistas despechados, vaticina un "peronazo" al volver los fieles justicialistas a las banderas ancestrales que los Kirchner desprecian, pero aun cuando el puntano tuviera éxito en dicha empresa, para hacer una buena elección también necesitaría contar con el apoyo de muchos que quisieran que el peronismo se internara de una vez al lado del radicalismo en el hospicio en que yacen en estado vegetal los movimientos políticos moribundos.

            Otro candidato, Ricardo López Murphy, sabe que el clima político actual no lo favorece en absoluto, pero así y todo se resiste a borrarse. Paradójicamente, el eclipse del bulldog se debe a las hazañas de quienes en el exterior comparten sus puntos de vista liberales, ya que de no haber sido por la bonanza desatada por el crecimiento de los Estados Unidos y, más aún, de China y la India desde que se convirtieron al capitalismo, las recetas aplicadas por Duhalde primero y después por Kirchner no hubieran servido para sustraer a la Argentina del pozo en que se precipitó a comienzos del 2002. Algo similar podría decirse de Jorge Sobisch, un político conservador de actitudes más populistas que las de López Murphy. Aunque sigue hablando como si supiera de la existencia de una mayoría silenciosa que los sondeadores aún no han detectado, desgraciadamente para sus aspiraciones la Argentina no es Neuquén.

            Ya que vivimos en tiempos post ideológicos, todos los candidatos se sienten libres para intentar modificar sus respectivas imágenes a fin de adecuarlas a las presuntas preferencias del electorado. Consciente de que no la ayuda ser tomada por una denunciadora serial cuya habilidad para formular insultos hirientes no se ve acompañada por propuestas más o menos sensatas, Carrió se ha mudado hacia el centro, de ahí la nominación de Alfonso Prat-Gay como su ministro de Economía in pectore y su flirteo accidentado con López Murphy. Puede que aún no haya convencido a los escépticos, pero la evolución así supuesta debería de permitirle arañar algunos votos adicionales.

            El problema que agita a Lavagna y sus apadrinadores es muy distinto. Parece frío y distante, apenas humano, una suerte de tecnócrata heterodoxo, razón por la que últimamente se ha puesto a exhibir sus credenciales peronistas, molestando así sobremanera a los radicales alfonsinistas que se atribuyen el mérito de haber inventado su candidatura y creen que por lo tanto le corresponde premiarlos alejándose de sus raíces. A su modo, la relación de Lavagna con Kirchner se asemeja a la de Fernando de la Rúa con Carlos Menem: como no pudo ser de otra manera, el ex ministro de Economía reivindica el "modelo productivo" vigente, pero quiere que sea manejado de forma más prolija sin la participación de patovicas como Guillermo Moreno ni mentiras indexadas. En el fondo, apuesta a que el 28 del mes el país o, cuando menos, una proporción significante del electorado, opte por una versión del kirchnerismo con una cara más civilizada que la del santacruceño, una pretensión que le ha merecido las críticas de López Murphy, el único candidato no meramente testimonial que se niega a dar a entender que le gusta el modelo productivo confeccionado por Lavagna y Eduardo Duhalde.

            Las campañas proselitistas de Carrió, Lavagna, Rodríguez Saá, López Murphy y Sobisch han sido artesanales en comparación con la de Cristina de Kirchner, lo que no es sorprendente puesto que la senadora dispone de todos los recursos del Estado y sus rivales, con la excepción parcial de los dos caudillos provinciales, dependen de lo poco que pueden recaudar de sus simpatizantes en un momento en que escasean los empresarios dispuestos a arriesgarse enojando a la pareja reinante. Cristina viaja por el mundo en jets acompañada por escuadrones de funcionarios, los demás tienen que comprar sus pasajes en aviones de línea, lo que en la Argentina actual es toda una aventura, o trasladarse de un lugar a otro en un micro. Si fuera posible estimar con precisión cuánto costará todo voto conseguido por Cristina y compararlo con lo que habrán invertido en sus campañas sus contrincantes, encontraríamos que éstas resultarían ser mucho más eficientes, pero en última instancia lo único que cuenta es el total final. Cuando es cuestión de mantenerse en el poder, ninguna inversión es excesiva.

            A diferencia de los candidatos del montón que se desviven por conectarse con la gente, Cristina se ha concentrado en distanciarse de ella. Parece comprender que cuanto mejor la conociera el electorado, peor le iría, pero no sólo se trata del temor a que la estridencia, altanería e iracundia que en opinión de ciertos resentidos la caracterizan asusten a los votantes. También entiende que le conviene desempeñar el papel de una reina que esté por encima de los quehaceres políticos sórdidos. Como en muchos otros países, en la Argentina la "clase política" está tan desprestigiada que es una ventaja para un practicante exagerar las diferencias que lo distinguen de sus congéneres. Cristina lo ha hecho intercambiando sonrisas y besitos con potentados extranjeros que ni siquiera levantarían el teléfono si los llamara uno de sus rivales, lo que con toda seguridad le ha resultado mucho más agradable que hacer campaña gritando consignas a una multitud de funcionarios públicos mal vestidos en lugares como La Matanza. Si alguien tiene que cumplir con tales deberes tradicionales, la Primera Dama prefiere que sea Néstor.

            La ventaja al parecer enorme que tiene Cristina a pesar de que la inflación esté comiendo los salarios con voracidad, la corrupción sea tan ubicua como en cualquier momento del pasado, las promesas oficiales suelan resultar vacías y la inseguridad ciudadana preocupe cada vez más, y ni hablar de la pésima imagen que ostenta el país en el resto del mundo, puede achacarse a la cautela extrema de una sociedad que por motivos comprensibles se ha vuelto sumamente conservadora. Los intentos de candidatos opositores de iniciar debates en torno a los cambios que a su entender deberían emprenderse cuanto antes han fracasado porque la ciudadanía aún no está dispuesta a despertarse del sueño inducido por un lustro de crecimiento explosivo. Quiere que dure por lo menos algunos meses más.

            Tal y como sucedió con quienes dijeron que la convertibilidad tendría los días contados a menos que se instrumentaran algunas medidas drásticas, son rechazadas con indignación las advertencias de quienes acusan a Kirchner de malograr una oportunidad acaso irrepetible para dejar atrás un período larguísimo signado por la alternancia de bonanzas espectaculares y bajones igualmente tremendos. Por ahora cuando menos, la política económica no es tema de debate. Tampoco lo son el deterioro notable de las instituciones, la jibarización del Congreso, las graves deficiencias educativas que perjudicarán mucho al país en una época en que el nivel de instrucción alcanzado no sólo por una elite sino también por la mayoría será clave, la brecha ya "estructural" que separa a la mayoría paupérrima de una minoría relativamente acomodada y muchas cosas más que en buena lógica deberían haber servido para hacer de la campaña electoral en marcha una experiencia apasionante. Tarde o temprano será necesario que el país haga frente a tales asignaturas pendientes, pero ya es evidente que no lo hará antes de que se haya elegido al próximo presidente de la República.


Fuente: El Diario Exterior

 
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