Miembro de
     
Año III - Nº 167
Uruguay, 03 de febrero del 2006
Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 

 

"Genes en buques de guerra"
* Marcos Cantera Carlomagno


El romanticismo, se sabe, es tierra abonada para todo tipo de conjuras y levantamientos contra el orden establecido, y el período 1814-1820 fue, en España, rico en tal estado de cosas. Aunque, la verdad sea dicha, en realidad nunca hubo escasez de mercadería tal en la sufrida patria de don Camilo José Cela...

Los candidatos a sublevados aman, por definición, los locales lóbregos -de ser posible, subterráneos-, los rituales secretos, las contraseñas, los seudónimos, los pactos sublimes y toda esa parafernalia de gestos y gestas destinadas a crear y alimentar el misterio de la misión asumida. Por eso, decía, la España de Fernando VII, el Deseado, el gordinflón que supo pesar más de cien kilos (y sus cuatro esposas por turno de ello fueron sufridas testigos) representó un verdadero emporio de pronunciamientos de conjurados más o menos coherentes, más o menos valientes, más o menos sapientes de lo que querían y de lo que no.

Pero todos esos intentos murieron antes de nacer, o a pocos minutos del hecho. Uno de los más divertidos, sin embargo, fue el del coronel Vidal, en 1818. El militar, fogueado en la guerra de Independencia contra los franceses y apoyado por algunos comerciantes menos idealistas, tenía, como paradójico y original objetivo, llamar al ex monarca Carlos IV, padre depuesto de Fernando, quien llevaba sus buenos años viviendo en Roma.

Carlos IV, anciano y todo, aceptó inmediatamente la propuesta de regresar a España y destronar a su hijo (quien a su vez lo había destronado en 1808), para restaurar la monarquía prefernandina. Pero, fiel a las formas como buen latino, puso como condición sine qua non que el viaje de Roma a Valencia se hiciese en un buque de guerra español.

Mas por más que lo buscaron, ni Vidal ni los suyos encontraron un barco de guerra disponible. Entonces, luciendo un pragmatismo digno de líder político latinoamericano, los conjurados desistieron de cambiar de Rey y proclamaron, en su lugar, la necesidad de instaurar una república federada...

Ya lo podría haber dicho el refrán: tanto va el conjurado al puerto, que al final hasta el monarca se entera del entuerto. Y así, Fernando VII metió a toda la comparsa en prisión. De donde salieron, ¡faltaría más!, tan campantemente poco después. Vidal, el coronel, volvió meses después con otro intento insurreccional. Menos original que el primero, es menester decirlo, pero no por eso menos fracasado.

Y ellos, todos ellos, los Carlos IV y los Fernando VII y los Vidal y los adelantados con Cabeza de Vaca o de otra cosa y los Pizarros y los Corteses, y sobre todo los descorteses, y toda esa marea tsunámica de Guzmanes y Rodrigos y Sanchos, con algún Quijote perdido entremedio, nos legaron los genes. Llegados, especialmente, en buques de guerra pomposamente adornados...



 
Informe Uruguay se halla Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
Depósito legal No. 2371 deposito Nos. 338018 ley No- 9739, dec 694/974 art. 1 inc A