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Año III - Nº 167
Uruguay, 03 de febrero del 2006
Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 

 

Las Malvinas de Entre Ríos
por Jorge Asís

Kirchner y Busti son dos mariscales que desconocen la manera de simular la innecesaria derrota.

Una lástima después de todo que Benedicto tenga menos iniciativa política que Juan Pablo y se dedique a componer insustanciales encíclicas de amor.
Una lástima que Benedicto no se decida a circular con el papamóvil por diversas calles de Gualeguaychú.

Mientras a veinte kilómetros de la plaza principal reprimen ineludiblemente los gendarmes a los patrióticamente entusiastas sin conducción.

Los insignes voluntariosos que fueron entregados a cinco kilómetros del puente.
Justamente donde se celebraba con énfasis la ceremonia del corte que formaba parte del carnaval.

Benedicto entonces tendría que llegar como llegó Juan Pablo antes de la humillante capitulación.
Por ejemplo antes que Busti se quede en el 2006 inalterablemente tan solo como Galtieri en 1982.

Aunque con la sensación unánime de una derrota infantilmente innecesaria.
Por una causa obstructiva infinitamente menos justa que Malvinas.
Pero igualmente bastardeada con inquietantes dosis de politiquería de consorcio.

Sin embargo Busti no se quedará inofensivamente solo con el sabor noctámbulo del estrepitoso fracaso por tanto conmovedor festival reivindicatorio destinado a vivirse como una justa causa nacional.

Como si fueran Las Malvinas del Entre Ríos al que supo cantarle Mastronardi ante el estupor de Juan Ele Ortíz.

Una lástima además significa conceder gratuitamente la imagen miserable del país obturador.
La cosmovisión del estado envidioso que desprecia abiertamente el desarrollo ilusorio del vecino.

Un horror significa entonces ofrecer la fotografía suplicante del país mezquinamente a la deriva.

Con representantes desairados que golpean como vendedores ambulantes a las puertas de la cancillería uruguaya.

Mientras el activo embajador Patiño dicta órdenes por celular con gesto frenético de ejecutivo sin tiempo.

A los efectos de exhibir la contundente imponencia de su pericia.

Aunque sin siquiera sospechar que aquel esplendor sublime del grotesco iba a convertirse en portada penosamente ilustrativa de Clarín.

Para malvinizarse al fin y al cabo con más ganas contra los imperialistas uruguayos hubiera sido preferible que en La Banda Oriental gobernara aquel presidente Battle que nos tildaba francamente de ladrones.

Desde el primero hasta el último.

Y que los distraídos irresponsables que capturaron la infatuada veleidad progresista de la Argentina no se hubieran lanzado con énfasis a la siesta gestionaria.

A la pasión por el lexotanil que hubiera superado en intensidad hasta aquella invocada siesta legendaria de De la Rúa.

Suponían los distraídos susodichos que después de todo con Tabaré iba a ser más fácil que con el Battle oportunamente atormentado por los reclamos humanitarios mientras los finlandeses surcaban con excavadoras en el esternón de Fray Bentos.

Suponían los incautos que el zurdito Tabaré era un improvisado similar que iba a demoler los muros con las topadoras ideológicas.

Porque se le proporcionaba desde un sistemático aliento electoral y se le cedían palmaditas con adjetivos desmesuradamente paternales.

La cuestión que la fotografía digital de los profesionales que concibe moralmente el Uruguay mantiene patéticas distancias con aquellas instantáneas de obturación turística que se obtienen con las cámaras desechables en la Argentina que se berretifica.

Puede percibirse un sorpresivo Uruguay institucionalmente galvanizado detrás del presidente.
Gracias a la berretificación de la Argentina el Uruguay de pronto se unifica hasta fortalecerse.
Y el paisito que aquí suele confundirse con la integridad de un balneario se dispone a brindarle al vecino grandulón una lección de continuidad histórica del Estado.

Mientras Tabaré muestra para la fotografía el perfil locuaz de Sanguinetti y la sonrisa adentro de la bolsa de Larrañaga el presidente Kirchner establece ciertas guiñadas como instrucciones para que sus espadas gubernamentales masacren al colega Busti.

Por lo tanto el meritorio Felipe Solá lo fulmina con obediencia a Busti como si fuera cualquier Rovira.

Espadachines sin reelección que reclaman en voz alta lo que por cuestiones numerológicas de imagen Kirchner aún no se atreve a decir aunque aspire a zafar.

En definitiva Kirchner actúa con Busti casi como aquel amigo americano que supo tratarlo a Galtieri de "general majestuoso".

Para después dejarlo a Galtieri apenas con las bendiciones utilitarias del Papá que sonaban como extremaunciones de la historia que prefiere evocarse sin cuestión irritantemente elemental de los cadáveres.

Sin embargo Busti se la hará a Kirchner bastante más difícil que el majestuoso Galtieri a los americanos sin matices.

Busti mantiene atributos para mirar debajo de las aguas del río Uruguay a las once de la noche.
Porque Busti sospecha que se lo quieren llevar puesto como una media para atribuirle hasta las culpas del divertimento movilizador de los festivales de piqueterismo moral.
Del corte entendido como mera intención de revolución permanente que se desvanece para mostrar el rostro del berretismo más cruel.

Plantea entonces Busti la fantasiosa posibilidad de su renuncia indeclinablemente insuficiente.
Una renuncia retóricamente efectiva para situarlo a Kirchner en el medio tironeado de una situación post electoral que ya no puede manejar con los números de Artemiópolis.
Entonces Busti le señala con impertinencia a Kirchner que cuando irrumpa la verdad inexorable de la derrota ante el espejo de las Malvinas de Entre Ríos en todo caso no se quedará solo.

Porque los emblemas de mariscales de la decepción de la ruta 136 serán para compartirlos entre Kirchner y Busti.

Como si fueran Thompshon y Williams.
Tendrán que compartir la boca en el asfalto los Thompshon y Williams.
Como si fuera un pan recién horneado en un campamento estudiantil entre el erotismo de los naranjales.

Galtieri uno entonces es Busti.
Pero el Galtieri principal es definitivamente Kirchner.
Aunque Kirchner atenúe el rigor del ambientalismo con la cara distraída del perro al que le hacen salvajemente el amor.

Trátase de compartidos mariscales irresponsables de una derrota anunciada que malvinizó aquel otrora incomparable carnaval de Gualeguaychú.

Un carnaval que supo trasladar hasta sus gratificantes peñas hacia la longitud del corte.
Para algarabía de los discursos altivamente encendidos.
Ideales para anticipar los asados con la gloria del tetrabrick.

Un carnaval entero de sombría militancia que bastardea valores esenciales de jóvenes de bien que suponen multiplicarse por una causa noble como su comarca.
Un carnaval anticipatorio de fantásticas decepciones que pasó socialmente a oscilar alrededor del corte que se independizaba de la lucidez.

Del estado de asamblea permanente para gastronómico fervor de los ambientalistas improvisados que se sienten de pronto conductores de una multitud a la carta.
Líderes implacables que mojan conceptos dirigenciales de garrón y movilizan masas revolucionarias especialmente adiestradas para cortar la 136.
De ser posible hasta la 14.

Para declarar la guerra la Uruguay y para bregar en pos de la Dictadura del Proletariado más trucho.

Elevarse hacia el vacío del trotskismo universal como si el corte fuera el Garraghan sin Lerer.
Para invadir después Fray Bentos e intentar un nuevo Sitio de Montevideo a medida que prospera el furor ambientalista del anarquismo incentivado con cánticos y saltos de barras bravas que aprovechan la desertificación absoluta de la racionalidad.

Que se venga el principito gritaba aquel Galtieri mientras huía para adelante.
Igualmente Kirchner y Busti huyen escandalosamente hacia adelante.

Como Thompshon y Williams fascinados detrás del caramelo de madera de La Haya.
Después de todo La Haya se convierte en el recurso altisonante para aludir al sitio honorable donde buscan aquello que carecen.

Aunque a esta altura de la excitación malvinera el espejismo de La Haya se torna intrascendente para atenuar a la multitud incentivada para la lucha.
A merced de los piqueteros vocacionales que ahora pretenden el regreso tardío del diálogo razonable que simule parcialmente la derrota.

"Te alejaste mucho de la playa" se decía el pescador de Hemingway en El Viejo y el Mar.
Miraba espantado mientras tanto que los tiburones le comían la carga con el pez espada y dificultaban el regreso de la barca.

Dos expertos de mares turbulentos como Kirchner y Busti debieran percibir que con el cuento ambientalista alejaron demasiado a la gente de Gualeguaychú.

Thompshon y Williams ahora desconocen cómo hacerlos volver.

Porque los crédulos que creyeron en la viabilidad de sus luchas pronto tendrán que percibir que se encuentran tan lejos de la playa de la razón como aquel pescador de Hemingway.
Por lo tanto el drama tiene tan poca posibilidad de resolverse que no tendrán otra alternativa que radicalizarse.

El caramelo argumental de La Haya ni siquiera sirve para bajar un cambio.
Menos aún para evitar la amargura por la derrota innecesaria que sobreviene invariablemente.

Aunque a los socios para la desventura Busti y Kirchner se les desmorone abruptamente el telón del fracaso.

Sobre el lomo inerte de la propia ineptitud.

Publicado con la autorización de Jorge Asis (JorgeAsísDigital.com)


 
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