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Año III - Nº 167
Uruguay, 03 de febrero del 2006
Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 

 

Entre agonías, rupturas y decepciones
Joaquín Morales Solá
 

El Mercosur agoniza. ¿Uruguay se convirtió en un enemigo? ¿Estamos acaso llegando al desvarío? La principal empresa argentina, la petrolera Repsol, anunció que no tiene una cuarta parte de lo que decía tener. Evo Morales tumbó de estupor a Kirchner cuando le anticipó un significativo aumento del precio del gas que le vende a la Argentina. Las provincias gasíferas de la Argentina, que ya reciben sólo la mitad de lo que le cuesta al país el gas boliviano, amenazan con sublevarse. Se ofuscan: ¿por qué no se invierte en la exploración y explotación de los recursos argentinos?

Kirchner está encaprichado con otra cosa y no levanta la cabeza de su mesa de trabajo. Pregunta y ordena: ¿por qué los productores agropecuarios quieren venderle la carne al mercado argentino con los precios del exterior? No bajen las retenciones a las exportaciones, dicta. Pero ¿acaso no había un compromiso de palabra en ese sentido, a cambio de una contención del precio interno? El compromiso se terminó. ¿La leche, el jabón, los cosméticos tienen el precio que deben tener? ¿Por cuánto tiempo lo tendrán? Que firmen por un año, manda. Hay que bajar las expectativas inflacionarias.

Es imposible imaginar que una política económica se reduzca a semejantes simplificaciones. Valen esos gestos sólo como una advertencia política. La inversión es la única manera de frenar la inflación cuando ésta está impulsada por el aumento del consumo y por el agotamiento de la capacidad productiva. Es el caso argentino.

Kirchner habla de inversión, una y mil veces, pero sale de pesca con un azote. Conclusión: no hay inversiones importantes de grandes compañías y la externa sigue reducida a montos muy pobres, comparadas incluso con otros países de América latina, como México, Brasil y Chile. Algo extraño sucede en la Argentina para que los buenos números de su economía conmuevan sólo a muy pocos inversores.

El diferendo con Uruguay podría terminar en una tragedia para ese país (si no se concretaran las inversiones de las papeleras) y en un drama para todo el Mercosur. ¿Qué inversor se entusiasmaría por una región donde dos países, socios y hermanos desde el fondo de la historia, no han tenido la voluntad política para resolver un conflicto medioambiental? ¿Existe todavía el Mercosur?

Hay desmadres aquí y allá. El gobernador Busti empezó mal con este problema (cuando lanzó la injusta versión de supuesta corrupción entre la honrada dirigencia política uruguaya) y siguió mal, pero en los últimos días se convirtió en enfermero de almas alteradas. Es mejor eso que renuncias inexplicables o suicidios innecesarios.

Algunos dirigentes uruguayos (y, entre ellos, no pocos funcionarios) se dedicaron a soliviantar sus bases políticas más que a hacer y a hablar como gobernantes. Hasta le están retaceando información burocrática al gobierno argentino porque temen que cualquier papel vaya a parar a la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Así, se levantan trincheras en los dos lados del río.

¿La Argentina acusará a Uruguay ante los tribunales de La Haya? La Argentina nunca fue a La Haya, ni siquiera para denunciar el litigio por las islas Malvinas, antes, ni después de la irresponsable guerra con Gran Bretaña. ¿Lo hará contra Uruguay? Sería como hacerse un juicio contra uno mismo. Hay una historia y un entramado social preexistentes: es difícil que argentinos y uruguayos se sientan en otro país cuando están en la orilla de enfrente.

Los presidentes esperan el punto final para hablar entre ellos. Es probable que no haya punto final si antes ellos mismos no hablan para escribir la primera letra de un acuerdo indefectible. Los dos están convencidos cabalmente de sus creencias: Tabaré Vázquez cree que las fábricas no contaminarán y Kirchner está seguro de que podrían producir un escándalo medioambiental. El problema consiste en los probables olores que podrían despedir esas fábricas y en el cloro que tirarán al río compartido.

Hay maneras de resolver ese conflicto. Importan, sobre todo, los futuros mecanismos de control. ¿No puede crearse un sistema serio, compartido y previsible de controles? ¿No ha servido ya la polémica actual para advertir a las fábricas de que no podrán jugar con el medio ambiente? Pero es hora de que se termine con los aprestos de una guerra imposible. Entre el rigor y el ridículo también hay sólo un paso.

Kirchner está convencido, en el fondo, de que la Argentina nunca llegará a La Haya; sólo ha lanzado ese globo para ganar tiempo en la negociación con Uruguay. Esa es la verdad. El riesgo consiste en que la desidia y la pertinacia terminen, como suele suceder aquí, por hacer realidad las peores perspectivas.

El Mercosur se desgaja. Kirchner y Lula han tomado decisiones fundamentales para la alianza (como la incipiente incorporación de Venezuela) en reuniones entre ellos dos. Afuera Uruguay y Paraguay. Las organizaciones entre varios países deben respetar, fundamentalmente, las buenas formas. La política uruguaya se abroqueló. El senador uruguayo José Mujica, un líder emblemático de la izquierda y ex guerrillero, hizo duras declaraciones contra el Mercosur, que suscribiría, cómodo, el ex presidente liberal Jorge Batlle.

Hay un problema más grave aún: la política se convierte en utopía cuando sus proyectos no mejoran la vida concreta del hombre común. ¿Qué declaraciones altisonantes de hermandad podrían ser efectivas si Uruguay no le puede vender sus bicicletas a la Argentina ni su arroz a Brasil? ¿Qué palabras podrían disimular que argentinos y brasileños se pasan más tiempo discutiendo que acordando? El Mercosur debería cambiar rápidamente (integrando sus cadenas productivas, saliendo al mundo y no vallándose contra él, y flexibilizando las posibles alianzas de sus socios) o se encontrará pronto con una tumba abierta.

¿La Argentina tiene menos gas del que creía tener? No. Simplemente, las reservas en manos de Repsol son menores de las que creía tener. Es un problema de dominio de concesiones; antes se daban por prorrogadas concesiones que no estaban prorrogadas. Punto. La nueva conducción de Repsol prefiere las cuentas claras; la anterior eligió elevar el potencial de la empresa, considerando propias reservas que sólo estaban adjudicadas por un tiempo y no hasta el final del ciclo productivo.

Hay un problema de seguridad jurídica en Bolivia para Repsol. Evo Morales no definió el tema de las concesiones ni siquiera con el gobierno español. A los argentinos les anticipó que les subirá el precio del gas. Los gobernadores de Neuquén y de Salta, por ejemplo, temen que las petroleras se vayan a Bolivia, donde habrá mejor precio. ¿Por qué no incentivar la producción argentina?, aguijonean. Kirchner oscila entre el pavoneo de Evo y la probable rebelión de algunos gobernadores.

Repsol podría haber comunicado su reacomodamiento interno con anuncios más promisorios en la Argentina. Pero las cosas no están bien aquí tampoco: todas las empresas de servicios públicos dan vueltas, sin suerte, preguntando cuál será su destino. Repsol no les ha dado una buena noticia a la Argentina ni a Rodríguez Zapatero, el aliado más firme de Kirchner en el mundo. El líder español trajina con demasiados problemas propios como para recibir una mala novedad de la Argentina.

Pero Kirchner es así: nunca creyó en la necesidad de cultivar aliados, ni dentro ni fuera de su desconcertante país.

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