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Año IV - Nº 245
Uruguay, 03 de agosto del 2007
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Fernando Pintos

Grotescas falacias preelectorales

por Fernando Pintos
 
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            Como es bien sabido, Guatemala se encuentra inmersa en una etapa preelectoral que se intensifica, a menos de cinco semanas que se produzca la primera vuelta. De acuerdo con el punteo de los candidatos en las encuestas, se da como segura una segunda vuelta. Ahora bien: los candidatos más idóneos nunca figuran al frente de las encuestas en nuestros preciosos países. Véase, si no, el triunfo arrasador que llevó al poder a Encuentro Progresista (el viejo y desflecado Frente Amplio) en Uruguay, o el triunfo categórico, respectivamente en Bolivia, Venezuela y Ecuador, de esas alimañas que responden a los poco gratos nombrecitos de Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa… En consecuencia, acabo de escribir un extenso artículo con el título antedicho para el diario digital «La Opinión» (www.opinion.com.gt) y me gustaría compartirlo ahora con mis lectores de «Informe Uruguay», puesto que el fenómeno que analizo es común a casi toda América Latina.

            Leamos entonces lo que sigue:

            «…Presuma ahora usted que sucede lo siguiente. Se está por realizar una elección, y los candidatos son, por un lado Jesucristo, y el demonio por otro. Ahora bien: no sólo está participando el mismísimo Satanás en la carrera eleccionaria: también está compitiendo una respetable cantidad de otras criaturas infernales: Belcebú, Leviatán, Asmodeo, Baalberith, Astaroth, Berrín, Gresil, Camal, Clavel, Belial, etcétera.

            Y ahora, analice esto cuidadosamente: según las encuestas, Jesucristo apenas tiene 2 ó 3 puntos en la intención de voto. Satanás y algunos otros de su misma caterva, parecerían tener más altos índices en la presunta preferencia de los presumibles votantes (buena parte de los cuales, está tan hastiada y asqueada de diabólicas malandanzas, que está pensando o en no votar, o en poner su voto en blanco, o sencillamente en anularlo)… Altos índices de preferencia que se explican toda vez que usted mira alrededor y se da cuenta que el mundo —la Humanidad— está plagado de infames, cretinos, ignorantes, malévolos, corrompidos y obtusos… Pero se juega nada menos que el destino del mundo en aquella elección, y entonces, a usted, un montón de otra gente —que aparenta estar en sus cabales— le repite al oído, con ese tonillo de pésame que suele asumir en los velorios determinada caterva de hipócritas, invariablemente, la misma cantaleta: «A decir verdad, yo prefiero a Jesucristo. Es más; yo votaría gustosamente por Él. ¡Mas ello significaría que se perdería mi voto! Así es que voy a ir a votar por cualquiera de los que puntean en las encuestas, porque, le repito: no quiero que mi preciado e irrepetible voto se pierda en el vacío»…

            Pero… ¡vean qué preciosidad! ¡Qué inteligentísimo argumento! Seguramente, debe haber sido el producto de las interminables elucubraciones de algún gigante intelectual… Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Tiene que haber sido el producto de un verdadero conciliábulo de mentes tan, pero tan privilegiadas, que dejarían a las de Albert Einstein y Stephen Hawking (sumadas ambas, of course) a la altura de un alfiler! Admírese, una vez más, el argumento sublime: ¡nadie debería votar por Jesucristo, por la contundente razón de que «las encuestas no lo favorecen»! Respecto de ello, considero misión imposible hallar, en el vastísimo campo de los retorcimientos semánticos y del funambulismo intelectual, un argumento dotado con mayores dosis de perversidad y estupidez. ¡Votar por el mejor de los candidatos significa «perder el voto»!  En consecuencia: ¡existe la imperativa obligación de votar por los peores! (De buen seguro, los bienintencionados de siempre, compungidos, pudibundos y ensayando la consabida carita de zorro con dolor de muelas, se las ingeniarán para «votar por el menos peor»)…

            Toda la burbujeante y semiacuosa cualidad del tal argumento me hace dudar, con seriedad absoluta, sobre la salud (tonicidad, elasticidad, continencia) en los de por sí beneméritos esfínteres mentales de quienes habrán soñado con tal argumento (¡vaya pesadillas!); renglón seguido, se lo habrán imaginado con lujo de morbosos detalles; inmediatamente después, le habrán conferido la inevitable cualidad cacofónica y, para desembocar en un final de apoteosis wagneriana, habrán asumido después la hercúlea tarea de soplarlo (tal cual el veneno que asesinó al padre de Hamlet) en el desprevenido interior de millares de oídos crédulos… Sin olvidar —¡honor a quien honor merece!— a todos aquellos idiotas de tiempo completo que se lo han creído a pies juntillas y que, para colmo de males, se han convertido en su dantesca caja de resonancia… Con ejemplos como éste se entiende, bien a las claras, la desgracia institucional que ha sufrido este desdichado país en los últimos 24 años.

            Y digo 24, porque el desastre arranca desde la Asamblea Constituyente de 1984… Se reafirma con la Constitución promulgada el 31 de mayo de 1985… Se agudiza  —con características de pandemia— al asumir el primer Gobierno de la «Era Democrática» (bonito eufemismo), cuya Presidencia recayó en el siempre risueño (¡y cómo para no!) Vinicio Cerezo, a partir del 14 de enero de 1986… De allí en adelante, la situación continuó en declive pronunciado. Primero, con el triunfo electoral de Jorge Serrano Elías (1990), y poco tiempo después con el «Serranazo», perpetrado a finales del mayo del 93 y del cual surgiría el Gobierno de transición —designado a dedo, nada menos que por aquel famoso «Congreso de los Depurables»—, que tuvo como cabeza a Ramiro De León Carpio y como segundo de a bordo al inefable Herbruger Asturias (quien, a no dudarlo, hubiera sido un Presidente muchísimo mejor)… Renglón seguido, tuvimos las reformas a la Constitución de la República, sancionadas por el Acuerdo Legislativo 18-93, del 17 de noviembre de 1993… ¡Y la depuración del «Congreso de los Depurables», que fue de inmediato sustituido por otro de más o menos igual calaña… Más adelante tendríamos, en 1996, la Presidencia de Álvaro Arzú (con su «Paz», y sus ventas de Telgua, de la Empresa Eléctrica, de los Ferrocarriles del Estado, del Correo Nacional, etcétera). En el siguiente episodio de esta saga de horror, a partir del 2000, sufrimos a pura fuerza y por cuatro años interminables el espantoso y tsunámico Gobierno del mafioso Alfonso Portillo y compañía, con su saqueo cínico, voraz e irrestricto del Erario y, ¡peor todavía!, con las mafias deliberadamente enquistadas en todos los lugares estratégicos del Estado. Y desde 2004, Óscar Berger y compañía —es decir, sus amiguitos del Liceo Javier, sus cuatecitos y sus entenaditos—, con esa llamativa inoperancia y una completa incapacidad para siquiera mal remendar todos los desarreglos heredados de Administraciones anteriores…

            Pero… ¡Que viva la Pepa! Y que todo el mundo siga dando su voto a troche y moche, o sea: a tontas y a locas, como si en lugar de una elección se tratara de una tómbola o un cuchubal… Aunque, eso sí: jamás coloquen ese voto en la casilla que corresponda al candidato más capaz; nunca y ni por broma, se atrevan a votar por el candidato más honesto… Y, sencillamente, no cometan tales desatinos ni el más capaz ni el más honesto «no están al tope de las encuestas», y porque, alguien se ha inventado que optar por un candidato que está en tales condiciones, «significa de seguro un voto perdido».

            Pues yo les voy a decir ahora, sin pelos en la lengua, qué es en realidad un voto perdido y a dónde se puede llegar con muchos de ellos. Hacia finales de 1999, alrededor de millón y medio de votos no sólo se perdieron, ¡miserablemente!, sino que terminaron buceando en la cloaca más inmunda, cuando se convirtieron en una tromba que dio la Presidencia de la República, ¡la Primera Magistratura de la Nación, nada menos!, a un mitómano, delincuente y asesino confeso, tal cual era Alfonso Portillo. ¿Y saben cuál sería la única y exclusiva manera de calificar a todos y cada uno de aquellos votos portillistas? (¿Alguien se acordará, ahora, de aquel genial eslogan: «¡Por ti yo votaré!»?)… ¡Como votos de pura mierda! ¡Como votos dados, a sabiendas, en favor de la corrupción, de la delincuencia organizada, del mismísimo demonio! ¡Como unos votos que han reptado por el fondo más pútrido y pestífero de la peor de las cloacas! En una palabra: los votos de una caterva de traidores. Traidores a la Patria. Traidores a la Nación. Traidores al Estado. Traidores a este sufrido pueblo. Traidores a la Democracia…

            Todos aquellos fueron, sin sombra de dudas, votos espurios y repulsivos, que estuvieron impulsados por una serie de factores nefastos, entre los cuales podemos mencionar, cuando menos, unos cuantos: ignorancia supina; estupidez casi perfecta; cretinismo clínico; resentimiento sin frenos; raquitismo cerebral maratónico; presumible influencia coyuntural de alcohol y drogas; presencia, también presumible, de los efectos nefastos de la endogamia en diversos grados; inmoralidad irrestricta; amoralidad irreversible… Y algo todavía peor que todo eso reunido: ¡complicidad, sin disculpas, con una pandilla de delincuentes que llegó al poder con el único propósito de saquear, prostituir y devastar esta bendita nación!

 
 

            Así que no me vengan, ahora, con la cantaleta del arrepentimiento y  los legañosos lagrimones del cocodrilo, porque, una vez que perpetraron aquel irremediable desastre y le entregaron la Presidencia de la República a un individuo que, lo más fresco, había confesado —y además se había ufanado— delante de las cámaras de la televisión nacional, haber asesinado, ¡no a uno, sino a dos desdichados estudiantes mexicanos (a los cuales ultimó a sangre fría, con cobarde traición y escalofriante alevosía, puesto que se encontraban inermes, desarmados)!… Que ahora, una caterva de «arrepentidos» «arrepentiditos» y «arrepentidillos» nos venga a explicar, plañideramente, que «se equivocaron»… «Que nunca pensaron que…»… «Que jamás imaginaron que…»… «Que en ningún momento se les pasó por la cabeza que…»… Pues no suena, precisamente, a un arrepentimiento, sino a una estúpida, infame y cretina bellaquería. Suena, más bien, a la explicación que daba aquel tipo que había cosido a su suegra a cuchillazos: «Mire, señor Juez… Sucede que yo me encontraba lo más tranquilo, en mi casa, limpiando mi cuchillo… ¡Y justo, cuando pasa por allí mi suegra, quiere la fatalidad que se me escape una puñalada!»… Mejor harían guardando sus estúpidas excusas en salva sea la parte, que sería el único lugar donde aquéllas pudieran caberles y, de seguro, encontrar excelente compañía, digna de su propia calaña.

            Ahora bien: ya el sistema («Establishment», como le dicen los gringos), se ha encargado de dejar fuera de la contienda a un excelente candidato: el doctor Harold Caballeros. Aquí le corresponderían calurosas congratulaciones a un sistema que jamás se ha preocupado, en lo más mínimo, por sacar de contienda a partiduchos que son meras caricaturas fantasmales y que cada cuatro años se inscriben, agitando como bandera el petate del muerto…, Me refiero a la Democracia Cristiana, que ni siquiera sede tiene, pero, con cada nueva elección, declara el número de afiliados que tenía cuando era Gobierno… En estricta realidad, ahora la DC no tiene ni la centésima parte de aquéllos que tuvo cuando gobernaba y un montón de vivillos necesitaba el pin y el carnet para reclamar chamba a costa del Erario… Felicitaciones, también, a un sistema que acepta la participación de cuanta rata de cloaca ande por ahí suelta para las elecciones nacionales. Un sistema que jamás se preocupa por defenestrar diputadillos vinculados con gigantescos escándalos de contrabando (de gasolina, por ejemplo). Un sistema que permitió un golpe de Estado técnico contra la Constitución Política de la República en 2003, para que el proscrito general retirado Efraín Ríos Montt pudiese participar como candidato a la Presidencia. Un sistema que, a través de su Corte de Constitucionalidad, se da el lujo de decretar que la presencia de una gestapo extranjera, llamada CICIG (¿por qué no promoverán una organización como ésa para países que sí la necesitan, como la Cuba de Castro, el Ecuador de Correa o la Venezuela de Chávez?) no significa el más mínimo atentado o quebrantamiento a la Constitución de la República.

            ¡Bonito «sistema», que más bien se parece a una trampa mortal! He ahí, en el sistema mismo, no sólo una megafalacia vivita, coleando y en dinosáurico perpetuo movimiento, sino, para colmo de males: una generosísima e incansable fábrica de falacias de toda índole y tamaño… Por supuesto: de aquella clase de falacias que, la una tras la otra, a la manera de la proverbial e incesante gota de agua, se las ingenien para ir socavando los cimientos mismos de esta Nación y para ir, segura e implacablemente, corroyendo todos aquellos soportes que permiten que Guatemala sea, ¡todavía, por mal que a muchos les pese!, un país soberano, libre e independiente… Teniendo en cuenta que el trabajo de ese «sistema» es hacer todo lo que acabo de explicar, alguien —aunque no sea yo, por supuesto— debería felicitarlos calurosamente: porque están haciendo un trabajo espléndido… En el peor de los sentidos, por supuesto.

            Así que se las ingeniaron para dejar fuera de carrera a esa «amenaza latente» que era el doctor Harold Caballeros. ¡Qué lo siento! Al igual que lo siente infinidad de ciudadanos decentes en todo el país. Extrañamente, todavía sigue en carrera un excelente candidato, que es el doctor Eduardo Suger Cofiño. A él no lo han desplazado, todavía, con algún matemático codazo criminal… ¡Cuando menos todavía! Y posiblemente no lo hagan, porque las encuestas no lo ubican en los primeros tres lugares de la preferencia de votos. Pero lo que sí pueden hacer —de seguro lo están haciendo con alevosía—, es aplicarle, con esa perseverancia tan característica de los reptiles y otras sabandijas rastreras, todo el peso de la falacia: «¡Es un excelente candidato! ¡Pero votar por él significa un voto perdido!»… Que quien quiera sea, me perdone. Pero al próximo individuo que me salga con ese argumentito falaz y tintanesco, yo, que no me distingo por manifestar una actitud demasiado complaciente con relación a los idiotas y las idioteces, podría sugerirle algo tan risueño como esto: «…Entonces… ¿Qué tal si se sienta usted en la mismísima punta del Obelisco, gira en dirección al norte y después, con su mejor vocecilla de falsete, se pone a cantar “La vida me engañó”?».

            Ciertamente, respuestas por el estilo son las que merecen los tales defensores de «no perder el voto», expresión que siempre está dirigida contra algún excelente candidato, pero jamás contra uno de los más pillos, pícaros y desvergonzados que por allí pululen con pretensiones presidenciales, vicepresidenciales, congresales o munícipes… Sin embargo, la razones por las cuales usted debe votar por el candidato que mejor le parezca… Es decir: por aquél a quien usted aprecie como el más sólido, el más honesto, el más coherente, el que tenga mejores planes, el que exhiba el mejor equipo de trabajo y las mejores intenciones, deben ser las siguientes:

            1º) Si usted no vota por ese candidato, entonces sí que su voto no sólo estará perdido, sino vilmente arrojado en el bote de la basura.

            2º) Si usted no vota por el que considera mejor y sí lo hace por uno del cual piensa es «el menos peor», no sólo estará tirando miserablemente su voto: se estará haciendo cómplice de lo que pueda suceder en los cuatro años siguientes. Y repito la expresión, a ver si la entienden de una vez: ¡Cómplice!

            3º) Si usted considera que, en justicia, debería votar por alguien, pero no lo hace y vota por otro, usted estará cometiendo un acto inmoral. Y es inmoral porque lo está haciendo a sabiendas, con plena conciencia de su error garrafal. Ahora: el idiota o ignorante que deposita su voto a tontas y a locas, no es un inmoral, sino un amoral.

            4º) Si todos los que piensan que un buen candidato, aunque no esté al tope en las encuestas, debe ser votado por razón de conciencia, por compromiso con la excelencia, por apoyo a la justicia, por defender la democracia y el futuro del país… Y van todos quienes así piensan a votar por él… ¡De repente se llevan una sorpresa mayúscula y lo mandan, de cabeza, a disputar una segunda vuelta!

            5º) Si usted, eludiendo el argumentito de «tirar el voto», se atreve a votar por quién considera la mejor opción, no sólo tendrá la conciencia libre y tranquila: además, tendrá la jerarquía moral necesaria como para criticar, por todo lo alto, los presumibles desaciertos del Gobierno que resulte de esa elección. Aquellos quienes votan por una mala opción y al poco rato ya están criticándola, es, por lo general, debido a que no les han tirado algún hueso que pretendían atrapar en el reparto del botín…

            6º) Vuelvo con el argumento de Jesucristo. A mí me importa un rábano que Jesucristo no esté punteando en las encuestas. Y también me importa un carámbano que el demonio en persona venga a decirme que si me arrodillo delante de él, después pondrá el mundo a mis píes (y me dará todas las mujeres hermosas que a mí se me dé la gana poseer, lo cual sería un argumento prácticamente irresistible)… Pero menos me importa si el tal cornúpeta me dice, todavía, que si no le rindo pleitesía y lo adoro, me va a matar en el acto. En realidad, me podría reír a carcajadas en su inmundo hocico, y la única respuesta que le pudiera dar a ese hijo del mil… (censurado), sería la siguiente: «soy un simple soldado de Cristo. Y si querés, podés matarme con toda facilidad. Pero eso sería una gran cosa para mí, porque estaría muriendo por Él… Y ahora bien, después de que me mates… ¿Qué tal si probás a vértelas con mi Jefe Supremo?». Como se imaginarán, de tan cabeza dura y colérico, soy muy capaz de mandar al demonio al carajo. Y me importan un ídem las consecuencias que ello pudiera acarrearme.

            Pero en definitiva, y volviendo con las elecciones… ¿Qué tal si alguien, o mejor todavía, algunos, se sintieran tentados a imitarme y a votar por el que consideren mejor candidato, digan lo que digan las encuestas?…».

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