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Año III - Nº 206
Uruguay, 03 de noviembre del 2006
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Fernando Pintos Terminó la farsa y se aterrizó
en la dura realidad

por Fernando Pintos
 
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Final previsible para otro torneo internacional. Adiós a la Copa Sudamericana. Pero, por supuesto: un adiós a la uruguaya. ¿Qué digo? Un adiós a tono con la escalofriante realidad del fútbol uruguayo. No el fútbol histórico, por supuesto. No el de Amsterdam, Colombes, Montevideo y Maracaná… Tampoco el de tantas copas Libertadores de América e Intercontinentales ganadas por equipos uruguayos, léase Nacional y Peñarol. No, para nada. Esta despedida de la Sudamericana tuvo que ser rigurosamente aggiorno. Un fiel reflejo de este fútbol uruguayo de hoy día: endeble, irregular, lastimoso, patético, risible y, ¿por qué no?, también llorable. Nacional, a tono con los tiempos, tuvo que hacer su numerito en la Copa Sudamericana. Primero, salvó el escollo que significaba Central Español. Después, eliminó categóricamente al Libertad de Asunción. Más adelante, y eso de la mano del dios de los débiles, los cretinos y los irresponsables, también dejó a Boca Juniors fuera de la competencia. En todos esos partidos, principalmente los cuatro internacionales mencionados, los jugadorcitos de Nacional tuvieron que sacar la casta: expulsiones estúpidas, oportunidades desperdiciadas, goles errados a granel, lentitud de cuerpo y mente, groseros errores defensivos, pases fallidos en cantidad industrial, desatenciones, «desconcentraciones»… En fin, lo de siempre en el fútbol uruguayo de nuestros días, que no son de gloria sino de oprobio.

Pero, después de circular a los tumbos por las dos primeras y difíciles etapas de esta Copa Sudamericana, haciendo gala de esa suerte increíble que sólo alcanza a tocar, en determinadas circunstancias, a los niños, los borrachos y los idiotas de solemnidad; después de haber eliminado nada menos que a Libertad y Boca Juniors (¡qué pésimo momento están viviendo esos dos equipos para que tal cosa haya sucedido!), el Club Nacional de Football se dio de narices contra la fría realidad. Y ésa no se llamó ni Sao Paulo, ni Corinthians, ni Cruzeiro, ni Flamengo, ni Gremio, ni Palmeiras, ni Santos, ni Internacional… Nada de eso. Esta realidad de finales de octubre de 2006 se llamó, dicho sea con todo respeto, Atlético Paranaense. Un equipo brasileño que no juega como los brasileños. Un equipo brasileño de provincia, sin ningún pergamino que lo avale. Un equipo modesto y limitado, que se dio el lujo de ganar en el Parque Central y en su propio estadio. Un reducido equipo brasileño que, gracias a que debió jugar contra una comparsa, contra una murga, contra una despareja colección de músicos rejuntados, se dio el lujo de terminar con un global favorable de seis goles contra uno. ¡Y nada menos que contra el campeón uruguayo! Bueno, pensarán en este mismo momento los brasileños: si ése es el campeón, ¿cómo será el resto de los equipos? Buena gente, como suelen ser los brasileños, los parciales del Paranaense se abstuvieron de burlarse de los jugadores uruguayos que salían goleados y cabizbajos de su estadio. Pero, ¿de qué uruguayos me hablan? Estos jugadorcitos de Nacional deberían renunciar a ser uruguayos. En verdad, ni parecen uruguayos ni se comportan como tales. Pero tampoco parecen jugadores de Nacional, dicho sea de paso. Y más todavía, en definitiva, ni siquiera parecen jugadores de fútbol. Puede que pudieran ser jugadores de cualquier otro deporte, incluidos la bolita cuadrada y jugar a las muñecas. Pero resulta harto evidente que el fútbol les queda demasiado grande. Enorme, más bien.

Mientras todo eso acontece, el tenebroso Casal y su partida de piratas siguen haciendo de las suyas. Bueno, el día que ésos consigan una máquina del tiempo, se hacen el viaje a Judea y le quitan el negocio a Judas Iscariote: venderían a Jesucristo no por 30, sino por 3 ó 4 monedas contantes y sonantes. Y mientras en Montevideo todavía se festeja la hazaña de haberle ganado a Venezuela en el Centenario por 4 a 0, el cretino que dirige la selección uruguaya sigue jugando, a medias entre su propia mediocridad y la de los jugadores que convoca. Pero, eso sí: Gary Castillo, hijo de uruguayos nacido en México, es un fenómeno en el fútbol griego, corre como una bala, tiene buen manejo de pelota, mete goles de todos los colores, aguanta lo más fresco el ritmo vertiginoso del fútbol europeo, y quiere, desde varios años a esta parte, ser convocado a la selección uruguaya. Los directivos del fútbol mexicano han hecho todo lo posible por nacionalizarlo y llevárselo a su selección, pero él se ha negado. Y ahora los griegos lo quieren nacionalizar y llevarlo a su propio seleccionado… Pero los cretinos de tiempo completo que manejan el fútbol uruguayo, y muy especialmente ése que maneja la selección, se niegan persistemente a convocarlo. Claro, se estarán pensando que con jugar algunos estúpidos partidos contra seleccionaditos de tercera o cuarta categoría, podrán engañar a alguien y les será posible mantener las aguas en calma. Pero queda bien claro que no bien les van a jugar a los venezolanos en su propia casa, entonces truenan igualito que la proverbial harpa vieja.

Sin embargo, ¿por qué deberíamos preocuparnos? Tal como lo dijera Pepe Biondi (quien, de buen seguro, dirigiría mucho mejor a la selección uruguaya): ¡que sigan la chunga, la guasa y el pitorreo! Después de todo, Casal y sus cómplices se hacen millonarios; los directivos de la AUF se sirven con la cuchara grande; nadie tuvo la idea de meter a Eugenio Figueredo y su trouppe en la cárcel… Y ese genio embotellado que dirige la selección debe estar ganando dinerales, mas no en pesos y sí, seguramente, en euros o dólares. Que viva la Pepa, entonces, una vez más y hasta siempre…

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