Año III - Nº 107 - Uruguay, 03 de diciembre del 2004

 

1 Campaa Mundial Seguridad en la Red

 

 


por Ruben López Arce

VENGANZA

¿Vamos a tomar una cervecita, Alberto?, yo estoy loco 'e sé...
El calor era tremendo aquella tarde de domingo de Enero. Las pencas cuadreras estaban por comenzar en aquella pista cercana a la ciudad, pero sin una gota de sombra, a no ser los dos ranchos quinchados, que ofrecían fresco, refresco y centro de reunión a todos los parroquianos carreristas. No corría ni una brisa y el espejo azul del cielo, no mostraba ni siquiera la mancha de una sola nube.
-No, Juan Angel, te agradezco, de venida pa'cá, me comí una sándia de este tamaño- y abrió sus brazos en gesto elocuente y demostrativo- Creo que pa'la calor no hay como una buena sándia.
...toy de acuerdo contigo , pero acá en las pencas no hay sándias... pa'mejor se me hace agua la boca, más ahora que me la nombraste......pucha...¡¡toy seco' e sé!!
-Ah, no, acá no hay, yo se la compré al viejo Fermín a la salida 'el pueblo, tú sabes, en el repechito...
- Sí, ya sé...lo parió... tendré que ir hasta allá...es medio lejos... y con este solazo, qué vi'hacer...toy pa'una buena sándia...yo me tiro hasta allá, porque la verdá, la verdá, me muero 'e sé...
Mientras Alberto lo miraba con una sugestiva mirada y una capciosa sonrisa en sus labios, Juan Angel mantenía una intensa lucha interior en la que trataban de primar su sed, su pereza, el inmenso calor, la penca...
-Te veo dispués, Alberto...
Y echó a andar, seis o siete cuadras a campo traviesa al rayo del sol y con esa sensación de ahogo, que da el aire caliente del verano en plenitud.
Cruzó el alambrado y siguió caminando otras tres cuadras en una curva cerrada del polvoriento camino. "Por suerte es enseguida de la bajada" pensó... Para Alberto era repecho porque lo expresaba pensando en su venida desde el pueblo hacia las pencas.
-De todos modos, el repecho lo tendré a la vuelta, seguía pensando....
A la sombra de un frondoso ombú, el rancho de don Fermín abrió sus brazos a Juan Angel, ofreciéndole una brisa fresca y la esperanza de una enorme sandía que saciara su sed. Así se lo requirió a don Fermín, luego de los saludos correspondientes y tratando de sobrepasar con su voz los ladridos de los perros, que alborotaban ante la presencia de un extraño.
- Es que no tengo sándias, Juan Angel. Con la seca que ha habido, este año jué un desastre, no hubo sándias ni pa'los chanchos...
- ¿Así que no hay sándias?...y güeno, me encajaron una mentira& disculpe don Fermín, déjeme sentar un momento acá abajo 'e los árboles, me vi'a dar un resuello de un ratito y me voy, lo que pasa es que la calor es grande,...la parió.
Cuando recobró la respiración normal, se puso de pie, se despidió con un "hasta luego don Fermín y gracias igual"...dio un puntapié a una piedrita del patio, se mesó los cabellos con ambas manos y girando lentamente sobre sus talones, mientras desgranaba interiormente un rosario de insultos para Alberto, emprendió el retorno a las pencas, por las que era capaz de hacer cualquier sacrificio... tanto le gustaban.
-¡ &Cómo me jodió, Alberto, se decía en voz alta, mientras pensaba en la mentira, tonta pero efectiva, que había calado muy hondo en su corazón, tal vez por la complicidad artera de aquel sol abrasador. Caminó un rato y de pronto se detuvo, había cambiado el rumbo de sus ideas.
-Me voy pa'casa, qué vi'a ir a las pencas, con la calentura que tengo lo vi'a putiar al Alberto, capaz que se calienta y no hay necesidad, es un amigo, yo lo quiero mucho...no hay problema... de alguna manera, cuando llegue el momento lo vi'a joder a él& ya me las va a pagar....
Mascullando una venganza, que diera satisfacción a su ego, maltratado en forma tan injusta por Alberto su amigo de años, , se dirigió al pueblo...


La Peluquería estaba llena de gente. Juan Angel tenía su barbería desde hacía muchísimos años; trabajaba muy bien o muy barato, en el barrio, porque su negocio estaba todos los días lleno de gente. Alberto, viejo cliente y amigo esperaba su turno conversando con todos y de todo un poco; habían transcurrido casi dos meses desde el suceso de la sandía, y ninguno de los dos en ningún momento, había hablado del tema, no obstante haberse encontrado y departido en varias oportunidades. Eran buenos amigos y esa misma condición, minimizaba las situaciones enojosas. Entre ellos no había pasado nada. Era siempre así.
La conversación era general, produciéndose un murmullo que sólo se interrumpía con el ruido monótono de la tijera y alguna que otra carcajada ocasional y desequilibrada.
Era un día de trabajo normal, igual que todos los días. De pronto entró en el local, Ismael el hijo mayor del Negro Justino.
Don Justino, una institución en el barrio, era un anciano, de raza negra, con muchos años en el vecindario, padre de cinco o seis negritos pequeños, todos muy parecidos entre sí, negritos azabache, llenos de simpatía y muy queridos. Conformaban una familia muy humilde...muy pobre, y los negritos eran muy bien educaditos. Eran el orgullo de su padre, ya muy entrado en años. Ismael era el mayorcito, de nueve años, hermoso, de piel muy oscura, lustrosa, con dos inmensos ojos retintos, redondos y brillantes. Sin duda era un muy bello ejemplar, lucía un humilde bucito blanco, impecable como siempre, y que se ajustaba a su cuerpecito, denotando que su crecimiento, se había acentuado en forma reciente, o que quien se lo había regalado, era más chico que él..
-Don Juan Angel, quiero cortarme el pelo, ¿puedo esperar?
El gesto de asentimiento del peluquero y la seña para que se sentara a esperar, no alteró el ritmo de la conversación en el salón.
Alberto miró al negrito de reojo, lo observó detenidamente e indudablemente la imagen que tenía ante sus ojos, le satisfacía plenamente.
Cuando ya en el sillón, el peluquero colocó sobre sus hombros el blanco peinador, Alberto le comentó en voz baja:
-Che, Juan Angel, viste qué negrito más lindo? ¡Cómo me gustaría tener en el campo un gurisito así, como si fuera mío, para que me ayude... sabés cómo, con el laburo que tengo....siempre he querido conseguir uno, y no he tenido suerte.
Alberto, abstraído en su propio comentario, no reparó ni por un instante en el brillo de la mirada de Juan Angel, no captó el relampagueo de sus ojos ni su maquiavélica sonrisa.
-Alberto, mirá vos, esta es tu oportunidad, - le dijo a boca de jarro en tono completamente casual. El Negro Justino, pobre negro, anda en la llaga y está vendiendo los negros chicos para poder vivir. ¿Por qué no le compras uno de ellos, son todos divinos, y te lo llevas pa'campaña. Esos negritos son de oro... y tan bien educaditos que da gusto...
Lo dijo así, en voz baja, al pasar, sin poner mucho énfasis, esperando astutamente la reacción de Alberto.
¡¡Pahh!! Qué bueno estaría, sería notable... no sabés cuánto pide por ellos? ¿Cuánto estarán costando? Replicó Alberto ya interesado en el negocio.
No, la verdá...no lo sé! Hablá con don Justino, es un viejo macanudo...quien quita des con el precio y te lleves un negrito pa´ti, como quieres, pa'ayudarte en tus cosas del campo....
Y lo dejó pensando, imaginando la posible concreción de un viejo anhelo. No quiso insistir en el tema para no alborotar el avispero, pero íntimamente Juan Angel ya disfrutaba por anticipado de "su venganza", servida en bandeja de plata, mucho antes de lo esperado.
Alberto salió de la peluquería y sin perder un instante fue a hablar con Don Justino, "vale la pena intentarlo, pensó, ayer cobré la lana... en una de esas...con preguntar no pierdo nada, y quien quita, pueda conseguir un negrito...
-Con permiso, don Justino, buenas tardes- dijo Alberto abriendo la portera del patio de tierra, en el que, bajo un frondoso parral, estaba sentado don Justino.
-Adelante don Alberto, pase nomás, gritó don Justino ¿qué anda haciendo? ¿Cómo le va? Y le extendió una negra manaza en gesto de cordial saludo.
-Ando bien, aunque medio jodido del reuma, como viejo nomás, pero... Ud. sabe como son estas cosas, con este tiempo...contestó Alberto estrechando la mano del viejo. Don Justino, disculpe, quisiera hacerle una pregunta si me lo permite...
-Diga nomás don Alberto, ...toy a su orden...si puedo servirlo...
-¿Cuánto pide por los negritos?
Lo dijo así, de sopetón, lleno de expectativas, muy lejos de imaginar lo que se le venía encima. El negro viejo abrió los ojos, dio una espantada, llevó sus manos a la cabeza, parecía que empalidecía, del estupor pasó a la incredulidad y de ésta a la furia, todo en forma casi simultánea.
-Ah, pero Ud. está loco Alberto, Nunca vi cosa igual&¿Pero Ud. que se cree?
¡Habráse visto mayor atrevimiento, ¡la gran puta! Ud. está insinuando que yo tengo mis hijos pa' la venta?
-¡No! Don Justino, perdone, a mí me dijo...
-¡A mí no me interesa quien le dijo nada! lo interrumpió el viejo a los gritos, ya presa de los nervios y una furia incontenible.
-Pero... esteeee...
-Pero, nada... Ud, es un atrevido 'e mierda, jamás lo esperaba de Ud. Se cree que, porque uno es negro, y pobre, uno no tiene moralidad, carajo, se me manda a mudar de aquí, porque le echo los perros,... y sabe qué?...váyase a la mierda.
Alberto, se asustó en serio, musitó un muy suave "disculpe" que no salió más allá de sus labios, dio media vuelta y sin decir palabra, tomó el sendero de tierra, abrió la portera y se alejó casi corriendo, lleno de apresuramiento.
Metí la pata, carajo, Juan Angel& sí, él fue el que me dio manija&Y bueno, ahura me doy cuenta& me jodió&es así&se gana y se pierde&.
Mientras cruzaba la avenida y reconociendo las muy valederas razones, recordó la tarde de calor y pencas, varios domingos atrás, en la que, para "joder" al peluquero, le habló de la exquisita sandía que le compró a don Fermín...
-¡¡Claro!! &y no pudo evitar de esbozar una sonrisa de resignada comprensión.-