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Año V - Nº 267
Uruguay,  04 de enero del 2008
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James Neilson

La insolencia del poder

por James Neilson
 
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            El esperpéntico “escándalo de la valija” que —para mortificación de los Kirchner y sus simpatizantes— día tras día vuelve a las tapas de los diarios y a los noticieros televisivos, es más grave que el de las presuntas coimas en el Senado que hirió de muerte al gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa. Es peor, incluso, que el desatado por el arresto de espías oficialistas en el edificio Watergate de Washington que obligó al ex presidente estadounidense Richard Nixon a renunciar, y ni hablar del escándalo que fue ocasionado por el amorío de Bill Clinton con Mónica Lewinsky, en la Casa Blanca, que hizo tambalear al “hombre más poderoso del mundo”.

            Si la Argentina fuera el país normal de la retórica gubernamental, ya se hablaría de un eventual juicio político a la presidenta Cristina de Kirchner, que bien podría hundir su gestión antes de que se consolidara. Felizmente para ella, todavía dista de serlo. Aunque cualquier cosa podría suceder en los próximos días, lo más probable es que la lealtad férrea de la mayoría de los legisladores peronistas y la resistencia de buena parte de la ciudadanía a dejar que el país se precipite en una nueva crisis política de proporciones, le permitan capear el temporal.

            Así y todo, Cristina no saldrá indemne del lío en que se ha metido. Por ahora, el poder que su marido supo construir parece suficiente como para protegerla contra los mazazos del destino, pero tardará en disiparse el olor a corrupción que pende sobre su gobierno. Tampoco se olvidará pronto la rapidez con la que la Presidenta y el ex presidente se aferraron a una teoría conspirativa que —aunque a juicio de muchos pudiera haber tenido alguna relación tangencial con la verdad— no sirvió del todo para explicar la visita a la mismísima Casa Rosada del ya notorio “prófugo” Guido Antonini Wilson después de dejar en la aduana una valija repleta de dólares, como si se tratara de una bolsa de residuos.

            Consciente de que su mujer ha sido debilitada tanto por las acusaciones mismas como por sus esfuerzos desesperados por descalificarlas, Néstor Kirchner tuvo que pedir a sus partidarios que se organizaran para defenderla y ayudarla, de esta manera, socavando aún más lo que quedaba de la autoridad presidencial. Antes del traspaso, Kirchner dio a entender que durante cierto tiempo mantendría un perfil bajo para que quedara claro que Cristina era la que mandaba, pero las circunstancias lo forzaron a regresar al centro del escenario. Fue una mala señal. De propagarse la idea de que Cristina no sea una presidenta de verdad, sino sólo la delegada de un hombre sin poder formal, la incertidumbre ocasionada por tanta ambigüedad debilitaría los fundamentos del edificio imponente que erigió su marido.

            Decía Lord Acton que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Exageraba, pero no demasiado. Los poderosos están expuestos a tentaciones desconocidas por los mortales comunes. En la Argentina hiperpresidencialista, resulta muy fácil que un mandatario popular apoyado por políticos coyunturalmente incondicionales llegue a creerse invulnerable. Sucedió con Carlos Menem, cuando no tuvo empacho en dejarse vincular con el traficante de armas sirio Monzer Al Kassar, y ahora con la relación amistosa de los Kirchner con representantes de la patibularia “boliburguesía” chavista. Se trata de la clase de gente cuya compañía no es apropiada para una presidenta que quiere ser respetada, aunque sólo fuera por motivos estéticos.

            Pero ¿por qué preocuparse por tales detalles si se sabe impune? Al fin y al cabo, a pesar de la llegada de aquella maldita valija, del traspié grotesco de Felisa Miceli (Skanska), del crecimiento fabuloso de la caja oficial, de los superpoderes, de los dólares santacruceños que fueron depositados en el exterior, de la transformación del INDEC en una usina de propaganda gubernamental digna de la ex Unión Soviética, del empleo de los recursos del Estado en la campaña proselitista y de muchas cosas desagradables más, Cristina ganó las elecciones presidenciales por un margen insultante. Puesto que a juicio de los populistas, los votos legitiman todo, suelen correr riesgos que les serían inconcebibles en una sociedad dotada de instituciones sanas.

            El poder a todas luces excesivo de los Kirchner, como el de Menem en su momento, se debe a que en la Argentina escasean los resueltos a anteponer el respeto por las reglas a la realidad política. En los Estados Unidos y algunos otros países, no muchos, ni siquiera un mandatario muy pero muy popular puede darse el lujo de pisotear las normas. Si uno lo hace, la maquinaria judicial se pondrá enseguida en movimiento sin que nadie logre frenarla, hasta que quede irremediablemente atrapado. Aquí, dicha maquinaria sólo sirve para aplastar a los ya caídos en desgracia, razón por la que es tradicional que ex presidentes y sus colaboradores terminen en tribunales, a menos que hayan podido conservar una cuota adecuada de poder. A Cristina le gusta hablar de la necesidad de mejorar las instituciones locales. Si bien puede suponerse que sus palabras en tal sentido son sinceras, a estas alturas entenderá que si no fuera por la extrema precariedad de las instituciones del país, el impacto en la política local del caso de la valija y sus ramificaciones cada vez más comprometedoras, habría sido mucho más fuerte.

            Por lo pronto, los Kirchner parecen estar en condiciones de sobrevivir al vendaval que los abofetea, pero la gestión de Cristina ya se ha visto descarrilada. Los vínculos de la Presidenta con Hugo Chávez la perjudican a ojos de los demás, no tanto por motivos ideológicos —ya que sólo una minoría se inquieta por las vicisitudes de la “revolución bolivariana” que está impulsando—, sino por la sospecha de que la relación se ve cimentada por montos fabulosos de dinero mal habido, puesto que conforme a Transparencia Internacional, Venezuela y la Argentina están entre los países más corruptos de América latina. Se da por descontado que aquellos casi 800.000 dólares que Antonini abandonó en Aeroparque, más el dinero que él y sus compañeros habrán traído en sus visitas anteriores sin que nadie los estorbara, sirvieron para agravar uno de los problemas principales del país. Para colmo, los más entienden que Néstor Kirchner fue el gran responsable de abrir las puertas a la “banda de mafiosos” que según él están manoseando al gobierno que hoy encabeza su mujer.

            Como sabemos, la corrupción sólo cobra importancia cuando el gobierno de turno ya rueda cuesta abajo. En los meses previos a las elecciones de fines de octubre pasado, se difundió la sensación de que el kirchnerismo estaba perdiendo terreno y que de celebrarse un hipotético ballottage, Cristina podría sufrir una sorpresa ingrata. Si bien los resultados electorales mostraron que amplios sectores aún lo apoyaban o, cuando menos, lo preferían a las distintas opciones que estaban en oferta, también confirmaron que no lo quería la clase media porteña, rosarina, cordobesa, marplatense y bahiense. Por ser la clase media la más propensa a tomar en serio lo que significa la corrupción galopante y lamentar el estado raquítico de las instituciones nacionales, el embrollo feo que se ha producido a raíz del descubrimiento del contenido de la valija de Antonini no puede seguir ensanchando más la brecha ya alarmante que separa a Cristina de la clase media nacional.

            Es posible que los efectos internos más profundos del escándalo tarden en hacerse sentir, pero no cabe duda de que serán negativos. Por cierto, no los compensará la histeria antinorteamericana con la que el Gobierno espera encubrir lo que realmente está en juego. En cuanto a los efectos externos, ya son evidentes. Al alinearse tan efusivamente con Chávez, Cristina se las ha arreglado para que —a ojos no sólo de los partidarios de George W. Bus, sino también de sus presuntamente ex amigos demócratas— la Argentina se haya agregado al minieje del mal conformado por Venezuela, Bolivia y Ecuador. No es del interés de la superpotencia tener más enemigos en América Latina y, por lo tanto, estará dispuesta a olvidar los agravios que nuestros gobernantes le han propinado, pero tendrá que pasar cierto tiempo antes de que se reparen los daños que han hecho.

            Por desgracia, el escándalo de la valija surgió justo cuando parecía que —con Cristina al timón— la Argentina procuraría “reinsertarse” en el orden internacional con la esperanza de conseguir las inversiones que necesitará para que se prolongue hasta 2011 el crecimiento económico vertiginoso al cual la gente se ha habituado. Para el esfuerzo así supuesto le hubiera convenido contar con la buena voluntad de los Estados Unidos que, mal que le pese, sigue siendo el país más rico e influyente del planeta. Aun cuando los norteamericanos no se propongan castigar a la Argentina por la verborrea vejatoria de sus dirigentes, la reacción kirchnerista frente a las noticias procedentes de Miami hará que tanto ellos como los europeos y japoneses supongan que el país está en manos de personas poco confiables, que en cualquier momento son capaces de cometer barbaridades sin pensar en las consecuencias.


Fuente: Revista Noticias
 
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