Año III - Nº 116 - Uruguay, 04 de febrero del 2005

 

 

 

 

TRINCHERA
Intima plaza Zabala
Fernando Pintos

Montevideo, a finales de septiembre, es una ciudad donde el invierno retrocede a regañadientes, en tanto la primavera avanza con deliberada lentitud, como desperezándose tras un prolongado sopor. Hay días espléndidos y también de los otros, eso que vienen embozados en lluvia, frío y neblina. En esos precisos días, los montevideanos siguen aferrados al abrigo invernal y las mujeres practican el deporte de la indiferencia. Siempre será el verano la estación más propicia para el amor y las flores.

En esta Montevideo de hace pocos años, reencontré amigos entrañables. Hugo Rodríguez Vera, por entonces todavía presidente del Círculo de la Prensa del Uruguay. Edmundo Sosa Saravia, director del Instituto Uruguayo de Relaciones Públicas. El padre Lino Chalela, presidente de la Sociedad de Estudios Superiores de Sexología. Ana Vinocur, la escritora sobreviviente del Holocausto. Nelson Cernuschi, el entrañable profesor, el hombre de radio y el escritor que fallecería después tras una operación. Y también los escritores Carlos María Federici y Augus Poet, ambos notables, cada cual a su manera& Estuvo también José Jerozolimski, el infatigable director del Semanario Hebreo, que fallecería pocos meses atrás en Israel. Y Ulises Fernández y Juan Pedro Ribas, compañeros de luchas estudiantiles. Además, el crítico teatral y cinematográfico Yamandú Marichal. Y el presidente del Ateneo de Montevideo, el iinfatigable profesor Héctor Patioño& Y ese gran hombre, por el tamaño no sólo del cuerpo sino de la mente y el corazón, Ricardo Küster. O ese intelectual de primera línea, el doctor Alphonse Maxc. Además, hubo familia, como mi hija Adriana, mis tíos Gela, Bucha y Fanny. Y nuevos amigos, como el coronel Alberto Quintana, el doctor Rafael Addiego y el comunicador Raymond Mas. Todos llenos de afecto y calidez.

Pero Montevideo estaba cambiando ya por entonces. Habían desaparecido mis sastrerías habituales, como El Mago, Ovalle Hermanos y Adam. Habían muerto grandes almacenes, como Angenstcheidt y Soler. Los coreanos pululaban como moscas por la Ciudad Vieja y una zona contigua del centro. Indígenas del altiplano sudamericano deambulaban por la ciudad, subían a los buses y cantaban, acompañándose con quenas. La cárcel de Punta Carretas se había transformado en un shopping center y haybíarestaurantes de McDonald's por todos lados. El pasado, aquella cosa impalpable, responde siempre al título de la famosa novela de Margaret Mitchell: GONE WITH DE WIND (ido con el viento).

Si hay un lugar típico y casi detenido en el tiempo, dentro de la Ciudad Vieja de Montevideo, es la plaza Zabala. No tendría yo mejores palabras, para describirla, que las del cantautor Pablo Estramín: "La calle de Ciudad Vieja/ desemboca en una sala,/ íntima plaza Zabala,/ magnolias, pasivos, rejas./ En el mundo mercantil/ parece una errata hermosa,/ como el beso de una moza/ sobre una frente senil&/ ¡Mala prosa de un gentil!". Un lugar apropiado para ensimismarse, para meditar lento y suave, para soñar con los ojos bien abiertos y sentirse -un poco, nada más- rodeado por el susurro de los espíritus merodeadores de un tiempo muy lejano e indudablemente mejor que el nuestro.

Un día antes de abandonar Montevideo realicé el rito inevitable de visitar la plaza Zabala, para exorcizar viejos fantasmas y al mismo tiempo avivar el fuego de recuerdos que se niegan a morir. Había cielo encapotado, frío y amenaza de lluvía. Sin amilanarme, miré largamente esa plaza que tanto he visto, sentido y amado, de la manera como sólo un montevideano sabría hacerlo. Y comprendí que, cuando yo desaparezca de este mundo, ella lo hará conmigo, pues no habrá nadie que la mire, sienta y ame exactamente tal cual yo lo hice. Es por esa razón que cada vez que un hombre se interna en los laberintos de la muerte, es igual que si el mundo entero se disolviera en un estallar apocalíptico.