Año III - Nº 120 - Uruguay, 04 de marzo del 2005

 

 

 

 

 
TODOS DEBERIAN SABER LA RESPUESTA
Fernando Pintos

 

La primera vez que me hicieron la pregunta, me tomaron de verdad por sorpresa y no supe qué decir. Fue en la calle. Se me acercó un señor gordo, con aspecto airado y las mejillas enrojecidas. Parado frente a mí, casi a los gritos y esgrimiendo un dedo índice a pocos centímetros de mi nariz, espetó la pregunta. Digo espetó, pero bien podría decir: esputó. Verán ustedes; aquel individuo mofletudo era de esos que cada vez que hablan a los gritos, expelen una verdadera miríada de salida en dirección al interlocutor, y la única solución en tales casos es saltar a un lado o abrir el paraguas, cosas que no hice a causa de la sorpresa. Porque la pregunta, tan de sopetón, me había tomado por sorpresa y no supe qué responder. De repente tartamudeé una excusa, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que el individuo tenía un aspecto apoplético y que una espumilla blancuzca se le iba acumulando en las comisuras de los labios& Entonces, repentinamente, el tipo se largó, farfullando algo así como "este cretino no sabrá, pero que lo es, lo es".

Habrán de imaginarse mi desasosiego. Hasta ese momento -estamos hablando de varios años atrás- nadie me había hecho la pregunta. Meditabundo y preocupado, le conté el asunto a un par de amigos, y ninguno supo qué decirme. Pero después se lo pregunté a otro amigo, que no sólo era político, sino que también habían pasado por el Gobierno y por el Parlamento en más de una ocasión, y él, con gesto risueño, me aclaró la respuesta. "Vaya", medité con alivio, "todos los días se aprende algo nuevo". Saber la respuesta cuando a uno le hacen la pregunta es algo verdaderamente importante. No todo el mundo conoce la respuesta. Nada de eso. En consecuencia, cuando les hacen la pregunta, se quedan en estado de shock emocional, y se ha sabido de más de ujno que ha terminado de por vida en el diván del psicólogo.

Pasado el tiempo, volvieron a formularme la pregunta, no una, sino varias veces. En un principio, pese a concer la respuesta y a estar planamente de acuerdo con la misma, me costaba contestar adecuadamente. Ya saben como son los primerizos, los bisoños, los inexperientes& Me trababa, cambiaba palabras y salía con frases que en nada, siquiera lo mas mínimo, tenían que ver con la respuesta correcta. ¡Cuántos bochornos no he pasado a causa de ello! He ahí que, sin necesidad de llegar hasta el diván del psicólogo ni de morar -siquiera temporalmente- entre las confortables paredes acolchadas de alguna clínica psiquiátrica, aquellas pequeñas confusiones me han costado más de alguna noche de desvelo. Sucede que era cuestión de prestigio. Y no sólo eso: también de necesidad. Porque, vean esto: no bien pasaba el tiempo, cada vez más personas se me acercaban, en todas los lugares posibles y situaciones imaginables, para espetarme la pregunta.

Cuando la frecuencia arreció, comencé a llevar estadísticas del asunto.

Finalmente, he llegado a una situación en la cual me hacen la pregunta entre 15 y 20 veces por día& ¡Oh, todas esas personas inquisitivas, preocupadas, ojerosas, angustiadas, airadas, ínclitas, anónimas, eméritas!

& Y de muchas otras condiciones, tanto personales como emocionales& Esas personas que ya sea cuando voy caminando por la calle, cuando estoy estacionando en un parqueo, cuando aguardo con pie en el freno frente a un semáforo en luz roja, cuando entro en un cine para ver una película, cuando me siento a la mesa de algún restaurante, o cuando salgo del cine, o cuando voy a subir a mi auto, o cuando pretendo entrar en algún baño público& Se me acercan corriendo, se paran a 20 ó 30 centímetros de distancia y con voces disonantes me hacen la pregunta& Verdaderamente, no sólo las aprecio, sino que me ha llegado a emocionar su genuino interés
por mi persona.

Ahora, con tanta practica, siempre tengo la respuesta a flor de labios.

Bien dicen que el hábito hace al monje y la práctica al músculo. Me he convertido en un eximio respondón o respondente, siempre con la respuesta perfecta, que deja a mis interlocutores boquiabiertos, turulatos, ensimismados& En fin, un poquitín atontados la mayoría de las veces, diría yo sin temor a equivocarme. Bueno, ¿y qué esperaban? Uno se convierte en eximio contestatario, sabiendo que siempre será la misma pregunta y que siempre, por fuerza, habra de ser la misma respuesta. Yo, cumplido, feliz.

Pero quienes me preocupan son ustedes, amigos. Porque, si algún día les llegan a hacer la pregunta, no sabrán ni qué decir, se quedarán aturdidos, tal vez tartamudeando& Y por nada del mundo yo quisiera que sucediese tal cosa. Es mas: por nada del mundo habré de permitirlo. Así que les voy a indicar como actuar.

La pregunta es:

-Pero& ¿qué clase de payaso es usted?

Y la respuesta indicada, la única, la insustituíble, la que nadie debería olvidar jamás -debería ser insustituíble en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero-, habrá de ser, palabra por palabra (que nadie lo olvide), la siguiente:

-Soy uno de los que lloran por dentro&