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Año IV - Nº 232
Uruguay, 04 de mayo del 2007
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Fernando Pintos
Hombrecitos grises secuestran periodista
por Fernando Pintos
 
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            Los alienígenas siguen haciendo de las suyas, pero, acerca de tales tropelías, el Gobierno no dice ni dirá jamás «esta boca es mía». Para poner un ejemplo entre tantos por el estilo: el pasado viernes 23 de marzo, tras dos días de misteriosa y preocupante desaparición, el comunicador Fernando Pintos volvió a su casa. Desgreñado, ojeroso, descamisado y con evidentes señas de maltrato (entre las que se contabilizaban mordiscos en el cuello, manchas de lápiz labial en toda su anatomía, múltiples arañazos en la espalda y un insoportable hedor a perfume barato), relató a su atribulada novia que había sido secuestrado por unos garbosos alienígenas, quienes se lo habían llevado hasta una estrambótica nave espacial y lo mantuvieron allí, encerrado, mientras lo sometían a minuciosos exámenes durante las 48 horas mencionadas. También relató que había aprovechado a escapar del OVNI cuando los susodichos alienígenas protagonizaron un confuso incidente con el motorista que les entregaba un pedido de Pollo Campero con la factura equivocada. Con acento entrecortado contó, además, que tras vagar durante interminables horas a través de barrancos extrañamente parecidos a los cráteres de la luna, unas insólitas selvas infestadas por tiburones y otras alimañas similares, así como por un lugar bastante exótico que tenía un sorprendente parecido con el parque temático de Xetulul, unos bondadosos esquimales se apiadaron de él y le pagaron un helicóptero, a bordo del cual pudo arribar horas después a la ciudad de Guatemala, pese a los atascos que a esa hora se producían en la calzada Aguilar Batres y otras importantes vías. A continuación, el desdichado periodista se declaró víctima de intenso surmenage y se negó a dar nuevas declaraciones cuando menos hasta las próximas navidades.

            Para corroborar aquella versión, la ya mencionada novia llamó entonces por teléfono al socio de la víctima, el cual, visiblemente turbado por la experiencia traumática de Pintos, apenas pudo contestar con carraspeos, toses y monosílabos, todos ellos intercalados por silencios embarazosos. Inmediatamente después de una de aquellas pausas, informó  que «…algo se estaba quemando en la estufa», y cortó la comunicación abruptamente, explicando su temor ante la posibilidad de que «el humo inundara la oficina». Después de aquello, el socio, de nombre Luis Moreno (pero más conocido por el alias de «Luis Moreno»), no volvió a ser visto en su oficina y dos días después, Pintos informó a su escéptica novia que había sido secuestrado —el socio, no él— por «otros alienígenas, pero no los mismos», y que éstos (los alienígenas) se habían comunicado con él —con Pintos, no con el socio— para exigir un rescate que debía consistir en tres mil dólares, dos pasajes de ida y vuelta a Cancún y una caja de champurradas de Pan Europa, y agregó que, habiéndole parecido esta última petición bastante exagerada y a todas luces abusiva (se refería a las champurradas), se había negado a pagar. Esta seguidilla de dramáticos acontecimientos demuestra, bien a las claras, que no estamos solos en este sistema solar y que, tal como lo había afirmado en 1942 el reverendo Glenn Voliva (de Zion, Illinois), «es casi seguro que la Tierra sea tan chata como un panqueque…» (Todavía no se sabe, a ciencia cierta, si se refería a una crepa o a un panqueque americano).

            A partir de aquellos extraños acontecimientos, Pintos no ha sido secuestrado nuevamente, pero se ha visto obligado a pasar fines de semana enteros en régimen de terapia intensiva con afamados sicoanalistas y ufólogos, de los cuales se ha negado a proporcionar nombres, «…para que no se enteren los alienígenas y vayan a estropearlo todo». Aquellos analistas y ufólogos, en su afán por conseguir la verdad, han dejado varias veces al desdichado Pintos tal como si hubiera llegado, una vez más, directo del mencionado secuestro, es decir: desgreñado, arañado, ojeroso, descamisado, declarando incoherencias, profusamente mordido y cundido de rastros de pintura de labios (francamente chillona, para decir verdad), ¡y todavía más hedores a perfume barato!

            En fin, ¡he ahí los misteriosos caminos de la ciencia! Ya lo decía Shakespeare (¿o fue Chespirito?)… En cuanto al socio, retornó ileso de su propio secuestro, pero cada vez que la novia de Pintos o la propia consorte (del socio, claro) le han querido sonsacar al respecto, suele experimentar extraños ataques de tartamudez y desaparece durante un par de semanas, fenómeno que los científicos no han podido explicar todavía satisfactoriamente.

            Como no podía ser de otra forma, los cínicos y descreídos de siempre han opinado que todo lo anterior es «ni más ni menos que una vil farsa urdida por un par de desvergonzados». ¡Hombres escépticos y de poca fe! ¡Tan ciegos, que no distinguirían un elefante a cinco metros de sus narices! En cuanto a usted, amigo lector, si tras deambular alguna noche de ésas por las zonas 9 ó 4 de la ciudad capital, fuera víctima de hombrecillos grises, platos voladores o luces extrañas, denúncielo a las autoridades. Con todas estas sólidas evidencias, el mundo aceptará finalmente la verdad sobre el fenómeno OVNI.

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