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Año V Nro. 354 - Uruguay, 04 de setiembre del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 
Jorge Larrañaga

La soberbia, escudo de intolerantes
por Jorge Larrañaga

 
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         En toda contienda electoral, es absolutamente legítimo pretender salir victorioso. Los wilsonistas le exigimos a esos triunfos el requisito de su justificación. Que valgan la pena. En esta campaña asistimos atónitos, a los intentos más burdos por retener el poder por el poder mismo.

         Hay quienes sostienen que en política lo único que vale es ganar, y bajo esa lógica, todo vale para ganar. Poco importan los límites constitucionales y legales, poco importa el sentido común, e importan menos las necesidades de la gente. El erario público es puesto a disposición de un proyecto de poder. El aparato estatal y las jerarquías de gobierno ingresan en la disputa electoral sin ningún recato. Lo que reclama la gente poco importa.

         Ese es un comportamiento políticamente cuestionable. Éticamente irresponsable. Pero hay más. Desde que asumió el gobierno, el 1º de marzo de 2005, el Frente Amplio exhibió soberbia y arrogancia. Estuvo amparado en su mayoría parlamentaria mecánica y automática. El Frente se tornó autorreferencial, pretendió ser refundador de la República, romper con un proceso de continuidad histórica que nos explica como nación. Redefinición de las fechas patrias, cambio de símbolos institucionales, hasta el pretendido traslado de los restos del mejor de los orientales.

         Esta izquierda ha sido soberbia y arrogante. La fórmula presidencial oficialista exhibe también atributos de altanería e insolencia. Desde ella se ha iniciado una creciente secuencia de agravios contra los candidatos del Partido Nacional.

         El episodio más reciente ha sido atribuirle a la fórmula del Partido Nacional, los deméritos de ineptitud e ignorancia, relevándonos al menos -en generosa postura- de la sospecha de la mala fe, evidentemente también manejada por los oficialistas. Los motivos de tales exabruptos, han sido cuestionar los números del gobierno. Ejercer la responsabilidad cívica de marcar nuestras diferencias. ¿Somos ignorantes o ineptos por decir las cosas como son? ¿Lo somos por dar a conocer los números que este gobierno va a dejar al próximo? ¿Por revelar la herencia progresista?

         Hemos dicho que en la actual Administración la deuda bruta del sector público aumentó unos US$ 4.000 millones. Al cierre de 2009 el déficit fiscal se va a ubicar en 3% del PBI (US$ 1.000 millones). Esos son datos objetivos de la realidad en un país que creció 32% en los últimos cuatro años.

         Soberbia, desprecio y una total falta de respeto para con el Partido Nacional. Esa es la muestra diaria de la fórmula Mujica- Astori. Se deja de lado lo político para ingresarse en el agravio y la descalificación. Y lo hacen por carecer de argumentos. Conductas como esas, primero contradicen una tradición en el relacionamiento político nacional, y segundo, buscan la confrontación entre los uruguayos. Buscan aislarnos entre nosotros mismos.

         En política no se pueden volar los puentes, porque sin puentes el país queda partido, habrá unos de un lado y otros del otro, como si fuéramos dos pueblos en un solo país. Y eso no debe ser así, no puede ser así. No más al juego de los buenos contra los malos, no más maniqueísmo. Las diferencias políticas no pueden dirimirse sino en la dimensión política, que supone diálogo, equilibrio, respeto y buena fe.

         Mujica y Astori representan a ese gobierno, que aumentó la deuda, que aplicó un impuesto injusto a la clase media, que castigó al trabajo y que desamparó a la producción nacional. Son el gobierno. El mismo que ha desprotegido al ciudadano uruguayo honesto, que no supo ejercer la autoridad. Un gobierno que ha dejado a miles de uruguayos desamparados.

         Defeccionó porque prometió lo imposible, materia prima de la injusticia y porque gobernó para sí mismo. Pretendiendo gobernar para todos estableció la división del “nosotros” o “ellos” y no pensando en “todos”. Lógica excluyente y confrontativa impregnada muchas veces de intolerancia y reacciones reñidas con la democracia. ¿Desde qué pedestal puede un candidato presidencial rehuir un debate sumando periódicamente condiciones de conveniencia, estrategia, tiempo, lugar? ¿O contestar despreocupada y livianamente a las preguntas comprometidas?

         La ciudadanía no será indulgente con la falta de seriedad ni con la improvisación. ¿Desde qué lugar puede alguien atribuirse como portavoz de la verdad absoluta, que no pueda discutirse de cifras? ¿Desde qué pináculo de soberbia doctoral puede un protagonista político calificar a sus adversarios de “ignorantes o ineptos”?

         El Uruguay que se viene exige otras cualidades. La política demanda respuestas. Será importante la elección del 25 de octubre y del 29 de noviembre, pero el gran desafío comenzará el lunes 30 de noviembre, cuando tras los pronunciamientos de la soberanía popular, los políticos deban tender los puentes de diálogo, de entendimiento para enfrentar los enemigos reales de la gente, que son la pobreza, la inseguridad, la educación, la salud y el empleo. Les debemos a los uruguayos un país gobernable y no dejarles un país trabado, anclado en ideologías, en divisiones del pasado o atado a intereses sectoriales.

         El Uruguay es uno. Los valores que nos dan identidad son el resultado de un proceso de construcción nacional donde desde ya convocamos a un gran Pacto Nacional a todos los uruguayos.

         Debemos darle contenido a la democracia, respeto a la gente, significado a la tolerancia. Y esos valores, no se gritan al viento, sino que se deben practicar con el ejemplo. No se pueden sustituir propuestas y respuestas por agravios y descalificaciones.

         El Partido Nacional es la paz de la República. Priorizamos a los uruguayos y buscamos construir prosperidad y justicia en una verdadera “comunidad espiritual”, como decía Wilson Ferreira. Con más república y más democracia. Con mejores contenidos de república y de democracia.

         Fiel a ese mandato ético, grabado en la historia del país por la entrega de tantos y tantos nacionalistas, le ofrecemos al país lo máximo, pero le exigimos a nuestros contendores lo mínimo: respeto.

© Jorge Larrañaga

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