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Año V Nro. 354 - Uruguay, 04 de setiembre del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 
Marcelo Ostriga Trigo

El mal de los poderosos
por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)

 
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         Con frecuencia el encumbrado en el poder contrae males graves. El cerco de la cohorte de adulones lo aíslan, y éste, gozoso por las alabanzas que recibe, pierde el sentido de la realidad y se deja convencer de que es un estadista sabio, prudente, sensato, solidario, justo, eficiente, infalible y, sobre todo, omnipotente. Este es el mal de la soberbia, o sea la sobrevaloración del “Yo” respecto de otros, y es el más serio de los siete pecados capitales que, según la Biblia, perdió a Lucifer que pretendía ser igual a Dios.

         La historia muestra una larguísima lista de poderosos soberbios. Estos compartieron la deformación de la percepción de sí mismos y del mundo que los rodeaba.

         El soberbio con poder, no sólo desprecia, sino que cree que es imposible que otros sean inteligentes; inclusive para él sus consejeros son simples portadores de su sabiduría y, por esto, mantiene legiones de seguidores que le aseguran que es el salvador político y espiritual de su pueblo.

         El soberbio con poder se esfuerza en mostrar cuánto lo aman sus gobernados: inventa adhesiones, obliga a que lo aclamen, ordena reprimir violentamente a quienes piensan diferente y alimenta su desenfrenado afán de grandeza con campañas de propaganda mendaz, agresiva e incitadora al odio.

         El soberbio no admite sus errores; impone el “Julio César dixit”: si él lo dijo, es la palabra santa. Procura desmentir con torpeza –casi siempre infructuosamente– las críticas, especialmente las fundadas que tanto duelen al ensoberbecido. Por ello, recorta la libertad de expresión y se obsesiona en “castigar” a los medios de difusión que dan cabida a esas críticas, como sucede con un matutino en Bolivia que tanto irritó al presidente Evo Morales, y con el diario Clarín de la Argentina –el obsesivo matrimonio presidencial Kirchner va más allá y prepara una ley para “regular” las radiodifusoras–. Esto también coincide con la iniciativa del ecuatoriano Correa que pretende acuerdos internacionales para “poner en vereda” a la prensa que no le es obsecuente; y ya es indecente el cierre de radios y canales de televisión en Venezuela por la tiranía chavista. Por supuesto que nadie le ha quitado aún la primacía al castrismo en el desconocimiento total del derecho a la discrepancia y a la libre expresión.

         El soberbio no vacila en usar cualquier medio para mantenerse en el poder. El “maravilloso instrumento” que es el gobierno, lo usa en montar fraudes escandalosos para ser reelecto. Esta es la moda del populismo en América Latina: la reelección indefinida establecida por Chávez, y que también la buscarán Correa y Evo Morales y que intenta Ortega en Nicaragua. A Zelaya, este afán le costó su destitución. A veces se trata  de establecer, como Kirchner, una dinastía matrimonial o, como Castro, una familiar. Mientras tanto, los ciudadanos sufren el cercenamiento de sus libertades y la ley se confunde con la voluntad caprichosa del autoritario que, como Luís XIV, ofende con “L'État, c'est moi” (“El estado soy yo”).

         La concentración del poder es origen y consecuencia del despotismo del soberbio. Pero también es causa de su caída. El soberbio, convertido en caudillo, no piensa en el después. Tanto se deforma su raciocinio, que cree que el destino le ha deparado eterna supremacía y permanencia. Y esto no es así.

© Marcelo Ostria Trigo para Informe Uruguay

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