Año III - Nº 155 - Uruguay, 04 de noviembre del 2005

 
Menú de Navegación

La necesidad de integrar a nuestra América Latina en el primer mundo
* Danny Luque
 

Es sabido por todos que desde el Río Grande hasta la mismísima Tierra del Fuego aún hoy tenemos numerosos grupos de seres humanos que por distintas circunstancias no se han integrado, o no se han querido integrar a la realidad global, y por ende, han sido marginados o se han auto marginado de la economía global que ha llegado a los más distantes rincones del planeta.

Aunque han pasado más de 500 años de la llegada de los europeos a nuestras costas seguimos escuchando la misma perorata de siempre: que nos robaron el oro, que nos violaron las mujeres, que nos contagiaron enfermedades venéreas, que nos esclavizaron mental y físicamente, que nos impusieron sus credos y costumbres, que....... y la lista es larga. Todas o casi todas aseveraciones MUY acertadas, el problema radica en que ese pasado tan virulento se ha convertido en una carga demasiado pesada que se ha transmitido de generación en generación, propiciando, o mejor dicho, predisponiendo a una GRAN parte de la población latinoamericana a una posición de eterna víctima de los poderosos oportunistas que en la década del 2000 han florecido como margaritas, mejor dicho, como hierba mala a lo largo y a lo ancho de toda América latina.

El eterno discurso demagogo de siempre que tácitamente nos deslinda de la responsabilidad que deberíamos de tener en la labor de reconstruir nuestros países, la culpa siempre es de los otros, somos los eternos oprimidos, por eso no progresamos, volvamos a la época pre-colombina!,abajo el neo-colonialismo!,muerte al extranjero que se lleva nuestras riquezas!, son parte del discurso ya tan trillado y pasado de moda.

Hace varias décadas, cuando Franz Fanon, en Los condenados de la tierra, un libro entonces famoso prologado por Jean Paul Sartre, proclamó su odio irreversible al extranjero explotador y su necesidad espiritual de romper con cualquier vínculo que uniera a los pueblos explotados con las metrópolis blancas, olvidó que la única zona del mundo que había creado y cultivado un pensamiento en que "el otro" tuviera cabida ha sido, precisamente, ese Occidente surgido de la matriz europea.

Es verdad que la colonización europea impuso su cultura, su lengua, su derecho, su forma de organizar la convivencia y juzgar la realidad, pero como parte de esa cultura, aunque fuera en medio de numerosos atropellos y contradicciones, también venía la idea de que todas las personas poseían una innata dignidad y tenían los mismos derechos, algo totalmente desconocido fuera del mundo occidental.

La verdad es que no sabemos a ciencia cierta como hubieran evolucionado las culturas mesoamericanas o sudamericanas si Europa no las hubiera liquidado o paralizado, pero la manera en que se conducían la guerras en la América anterior a la llegada de los europeos, y la forma en que se trataba a los prisioneros o a los extranjeros, no ofrecen la menor indicación de que existieran preocupaciones éticas con relación al otro, al diferente, al que pertenecía a una etnia distinta.

Es cierto que los europeos y sus descendientes biológicos y culturales esclavizaron, mortificaron y torturaron, muchas veces hasta la muerte, a millones de personas, pero junto a esas muestras de crueldad jamás faltaron voces indignadas, como la de los padres Antonio de Montesinos o Bartolomé de las Casas, que no se limitaban a pedir clemencia, sino que señalaban insistentemente la injusticia raigal de violar los derechos naturales de otros seres humanos por el hecho de ser diferentes.

Haciendo una recorrida por ciertas zonas del altiplano andino o Guatemala nos percatamos de que el proceso de integración de las comunidades indígenas ha sido muy lento y notablemente imperfecto, aunque nunca se ha detenido, como refleja el constante aumento de la difusión del castellano. Alrededor de 1820,cuando se inauguraron casi todas nuestras repúblicas, sólo uno de cada tres habitantes de Sudamérica hablaba español. Hoy es ínfima la proporción de personas que no manejan el castellano como lengua principal y son realmente muy pocas las que no pueden comunicarse en esta lengua.

Una de las tareas más importantes que tienen los políticos latinoamericanos por delante es el de tratar de reinsertar a los millones de indígenas que han sido desplazados o marginados por los avances de la civilización y el modernismo.

Como ejemplo, podríamos tomar el caso de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos, víctima de innumerables maltratos y discriminaciones que duraron hasta que la lucha por los derechos civiles ,encabezada por Martin Luther King, consiguió eliminar los más ostensibles y sangrantes de ellos, como eran la segregación por motivo de raza y el uso ofensivo del lenguaje.

En cierta forma, podemos establecer un paralelo entre la marginación de los afroamericanos por la mayoría blanca de cultura europea y lo que les sucede a los indoamericanos a manos de los grupos dominantes de América Latina.

Nadie puede dudar que ese proceso de integración norteamericano ha sido muy imperfecto, pero también es evidente que ha sido muy eficaz. Hoy existe una robusta clase media negra, presente en todos los ámbitos de la sociedad, y si el cine o la televisión son un reflejo del nivel de integración, en ese terreno, el mundo norteamericano de principios del siglo XXI es infinitamente menos injusto de lo que era a mediados del siglo XX.

Aparte de proscribir legalmente la segregación racial, hubo diferentes experimentos sociales, no siempre con resultados felices. Por ejemplo, en la escuela pública se comenzó a trasladar niños blancos junto con los niños afroamericanos, de unos barrios a otros, hasta conseguir mezclarlos.

Se puso en práctica una política de "discriminación positiva" que favorecía a los negros. Y, sin que nadie dictara normas específicas ,fue surgiendo y se generalizó la actitud llamada de "corrección política",que impedía que se hicieran comentarios o chistes denigratorios contra los negros, los homosexuales, las mujeres o cualquier otro grupo que sufriera algún grado de subordinación social.

Esto podría parecer una muestra de hipocresía, pero no lo es: la discriminación y el atropello siempre comienzan por el lenguaje. Si una sociedad permite que se insulte o ridiculice a cualquier minoría, el próximo paso puede ser el maltrato o el exterminio. La violencia verbal es casi siempre el prólogo de la agresión. Las cámaras de gas contra los judíos no surgieron súbitamente: las precedieron los insultos, las grotescas caricaturas o los relatos que crearon el estereotipo de un judío avaro, explotador y mentiroso. Cuando Hitler decía que los judíos eran unos "gusanos" estaba sentenciándolos a muerte. Una vez establecida esa equivalencia, matarlos resultó más fácil. Matar a un gusano no crea sentimientos de culpa, ni traumas.

Cómo sorprendernos que nuestras sociedades sean insensibles ante los sufrimientos de las minorías, si es lícito burlarse de los retardados mentales, de los homosexuales y lesbianas, de los indios, las mujeres, os negros o de los mestizos, Ho de cualquiera que no forme parte de la corriente dominante?

Podrá parecer una muestra de ridícula hipocresía proscribir y eliminar del lenguaje público esas referencias, pero es muy importante hacerlo si de verdad creemos en el respeto al otro.

Si tomamos el ejemplo de como Estados Unidos encaró el problema con respecto a las minorías notamos que la discriminación positiva tiene aspectos conflictivos ya que parte de la base que el Estado debe hacer distinciones y privilegiar a unos ciudadanos que hasta entonces habían sido olvidados, relegados o descuidados, noción que contradice el principio que establece que todas las personas son iguales ante la ley. Pero no se trata de derechos sino de oportunidades, el poder instaurar un sistema de becas a colegios privados, por ejemplo, les daría a muchos niños latinoamericanos un incentivo extra que bien podrían capitalizar de una forma positiva para ellos y para su comunidad.

Así y todo creo que la discriminación positiva les abrió la puerta de buenas escuelas y universidades a muchos niños jóvenes negros que hoy forman parte de las clases medias y altas norteamericanas, personas que difícilmente habrían alcanzado ese grado de éxito social de no haber recibido un apoyo especial.

También el lenguaje apropiado, siempre respetuoso con la dignidad de las minorías, debiera ser la única forma aceptada en los medios de comunicación, e, incluso, en la conversación, algo que requiere de un esfuerzo especial en la fase de formación educativa de los niños.

En resumidas cuentas el latinoamericano se siente que no es tratado con dignidad por los ciudadanos de países primermundistas, la gran mayoría siente un repudio bastante elevado hacia países que son vistos como los culpables de la indigencia y desventuras económicas de sus habitantes, sin percatarse que, en nuestra propia Latinoamérica aún hoy discriminamos a nuestros coterráneos que por el solo hecho de tener facciones indígenas son tratados como animales, igual ocurre con los negros.

En Bolivia, el líder aymará, Felipe Quispe reivindica la reconstrucción de la civilización precolombina orillada o destruida hace quinientos años. Para él, y para muchos de sus seguidores, la cultura europea, con sus instituciones, sus formas de realizar transacciones económicas mediante dinero en vez de mediante trueques, y la existencia de la propiedad privada, son daños infligidos a la población indígena, y, según él, parte de las razones que explican la atroz miseria en la que viven una parte sustancial de los aborígenes.

Creo, sin temor a equivocarme, que la mayor parte de los países al sur del Río Bravo han hecho poco y nada por intentar integrar de una forma digna y positiva a todos aquellos que como Felipe Quispe y sus muchos seguidores se sienten ciudadanos de segunda en su propia tierra. Tuvieron largos quinientos años para buscar, negociar, facilitar, el acercamiento de las culturas precolombinas con los latinoamericanos descendientes de europeos. Cinco siglos no han sido suficientes para sofocar la desconfianza que aún hoy existe entre las minorías de nuestra América y los demás habitantes.

Los mismos que se golpean el pecho vociferando cada 12 de Octubre contra los colonizadores españoles, ingleses, portugueses, etc., son los mismos que miran o tratan a los descendientes de culturas precolombinas como ciudadanos de tercera diariamente. Lo he visto en la Argentina, contra los peruanos y bolivianos, lo he visto en Uruguay, en Chile, seguramente ud. que está leyendo éste artículo lo ha visto y comprobado en su propio país. Y esa es la realidad. Millones de latinoamericanos son ridiculizados, maltratados, abusados en su propia tierra. Un lastre sumamente pesado para nuestros países. Para poder integrar positivamente a nuestra Latinoamérica en el primer mundo, debemos primero integrar a las minorías negra e indígenas a que se sientan partícipes de la sociedad que les fue impuesta a cañonazos cinco siglos atrás. Ese, sería el primer paso para poder reinsertar a TODA Latinoamérica en el primer mundo.