Año III - Nº 155 - Uruguay, 04 de noviembre del 2005

 
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Un día en la vida de Harry King
Juan Morena Gelabert

En una pequeña ciudad al norte del reino, llamada Tercera, vivían una familia de elfos típicos, los King.
El padre de la familia se llamaba Harry y era supervisor del centro comercial de Tercera; su esposa, Molly King, era ama de casa y cuidaba con mucho cariños a sus hijos, Victoria de diecisiete años y James de siete.
-Querida, me voy a trabajar -dijo Harry acomodándose su corbata marrón.
Molly era una mujer joven: apenas treinta y siete años (uno más que su esposo), amante del bricolage y de la cocina.
-Hoy voy a preparar musgo con arroz rojo.
-Luego de trabajar me voy a lo de José.
José era el dueño de la taberna que queda a unas cuatro cuadras del centro comercial Tercera Categoría.
-No te olvides de comprar un buen vino.
-En lo de José solo venden cerveza.
-Y un buen vino.
Mientras Molly pensaba en el buen vino que su esposo iba a comprar -cosa que no sucedería pues lo encontrarían ebrio cerca de la ciudad vecina a Tercera, Cuarta (como verán, los elfos no son buenos poniendo nombres a sus ciudades)-, el benjamín de la familia, el principito, James, entraba a la sala leyendo una biografía de Freud (al verdadero príncipe del reino se hallaba esquiando con dos ogros del sexo femenino extranjeras; sí, el elfo le da por los ogros, ¿y qué?).
-Juro que no entiendo a los humanos.
Los humanos no eran bienvenidos en el reino, y nos llamaban cariñosamente "orejas redondas". Inclusive la relación quedó más endeble (si eso era posible) después del juicio que se llevo acabo en contra de dos elfos cuando, sin permiso, entraron al mundo humano ebrios y gritando a los cuatro vientos "los humanos aman que les besen sus traseros raquíticos". Si no fuera por que no llevaban gorros hubiera pasado como humanos y no se hubiera armado tremendo escándalo; sí, lo que nos diferencian de ellos son sus orejas puntiagudas.
-No los entiendas, mátalos -dijo Victoria que apoyaba el exterminio de los humanos, tomando con sus largos y anillados dedos el libro de su hermano.
Mientras que los dos hermanos discutían, Harry se disponía a ir a su adorable trabajo de tiempo completo y luego pasar por lo de José. "Qué el vino lo compre ella, un elfo necesita su tiempo".

-¡Harry King! -una voz rompió la tranquilidad de la calle Zeta (sí, los elfos tampoco saben nombrar sus avenidas).
-Pero si es mi buen amigo y vecino Lucas Posadas.
Lucas Posadas era un trol que hacía cinco años se había mudado a Tercera.
-Deja de tonterías y dime que engendro élfico fue quien estropeó mis hermosas petunias.
El trol era amante de la naturaleza y amaba sus hermosas plantas, además, como típico trol no le gustaban los elfos. Hacía mucho tiempo que había una guerra entre los trols y los elfos, desde que los cuentos de hadas humanos hablaban bien de los últimos y criticaban a los primeros. "Si nos gusta los niños", decía Lucas Posadas indignado porque los libros de los "orejas redondas" contaban que los trols se comían a los niños humanos con un poco de sal y pimienta, "Es una publicidad élfica, nada más".
-No le hagas caso a mi monstruito -dijo Patricia Posadas, esposa de Lucas, saliendo de su cueva con un diminuto bikini rosa que dejaba ver sus carnes verdes-. Pareces un ogro, amor.
-Te advierto Harry King, si vuelvo a ver a uno de tus niños por mi jardín dejaré de hacer mi dieta de vegetales y los comeré con mucho placer.
-Vamos amorcito, entremos -dijo, conciliadora, Patricia.
-Sí Lucas, entra -repitió Harry burlándose de su vecino.
-Si no fuera& -murmuraba el trol levantando el puño.

Con su auto de la década pasada, Harry King condujo al centro comercial Tercera Categoría.

-Oye, Harry, creo que esa mujer está a punto de robarse ese vestido Dior -dijo Oscar viendo uno de los monitores que estaban en el subsuelo del centro comercial-. Parece ser una burócrata.
-Malditos burócratas, quieren nuestros impuestos y ahora nuestros vestidos. Juro por Dior que acabaré con ellos -dijo Harry tomando su cachiporra y su gas paralizante.
-Dior fue un diseñador humano, no creo que haya problemas -acotó Oscar, un joven guardia.
-La moda no conoce de razas.
Cuando Harry por fin capturó a la ladrona de vestidos de diseñadores humanos, la ratera fue conducida a la sala de interrogatorios.
-Dime burócrata de Tercera, además de este costosísimo vestido de Dior, ¿qué robaste?
-Un par de pantys, nada más& Si el alcalde se llegara a enterar me mataría& estamos en plenas elecciones y va segundo en las encuestas.
-Sí burócrata roba pantys, tu alcalde va a perder contra el ogro Smith.
-Esta ciudad se irá al infierno si Smith sube al poder.
-Ya estamos en el infierno, es verano -acotó Oscar. Harry lo miró con resentimiento, él era quién dirigía el interrogatorio.

Luego de hacer las preguntas de rigor a la burócrata, y cuando faltaban tres horas para finalizar su horario de trabajo, Harry se dirigió a la taberna de José, un elfo latino que entró al reino en un cargamento de piñas (por eso su color anaranjado y su olor a ananá constante).
-Mi buen amigo Harry, ¿cómo le va? Espero que bien, yo estoy bien, bueno ando un poco mal, usted sabe, mis parroquianos me tienen como loco& extraño a María. Maldito psicólogo& él la convenció para que me dejara. ¿Quién no sale de vez en cuando con una trol? Son tan fogosas, no se si me entiendes.
-Elfos, ogros, trols son todos iguales& dame un poco de esa cerveza Okky.
-La delicia a tu paladar -dijo José.

-Oye, creo que ya bebiste demasiado -comentó José apagando el televisor. Allí dijeron que había ganado Smith con un margen de un diez por ciento.
-Que se vayan al diablo todos los burócratas -acotó, ebrio, Harry.