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Año V Nro. 376 - Uruguay, 05 de febrero del 2010  
 
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La Europa insegura de sí misma
por Stephen Launay y Jacques Carbou

 
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          La emergencia de países como China, la India y Brasil testimonian los cambios en el orden geopolítico. Estados Unidos y Europa han integrado estos cambios en sus reflexiones estratégicas, pero no llegan necesariamente a las mismas conclusiones.

La Europa problemática

          En 2003, el politólogo norteamericano Robert Kagan planteaba una comparación seria entre Estados Unidos y la Unión Europea . Según este autor, la reacción de Europa frente al 11 de septiembre de 2001 era de compasión y sólo de compasión. Europa habría olvidado pensar estratégicamente, es decir, con el horizonte evidente de una guerra posible que se volvió realidad ese día. Europa –según el mismo Kagan– estaría reduciendo sus esfuerzos a la promoción del derecho internacional en una visión kantiana de las relaciones internacionales, esto es: la paz perpetua existe, está al alcance de la mano, lograrla es una cuestión de esperanza y de voluntad (hay que precisar que Kant no decía que se puede lograr la paz perpetua, sino que se debe actuar con este ideal).

          Por el contrario, Estados Unidos sería consciente de que vivimos en un mundo hobbesiano: cada Estado es un enemigo en potencia para el otro. Una alegoría serviría para ilustrar la diferencia existente a cada lado del Atlántico y, sobre todo, la tremenda debilidad de Europa: “El hombre armado sólo de un cuchillo puede decidir que el oso que merodea en la selva es un peligro soportable, ya que la otra opción –cazar el oso apenas con la ayuda de un cuchillo– es de hecho más arriesgada que agazaparse a esperar a que el animal no ataque. Sin embargo, si dispone de un fusil, el mismo hombre seguramente hará un razonamiento diferente a propósito de lo que constituye un riesgo soportable. ¿Por qué arriesgarse a ser despedazado si se puede evitar? Esta reacción sicológica muy corriente es la que ha enfrentado a Europa y América”.

          Estas observaciones se escribieron en el contexto de la respuesta de varios países europeos a la propuesta de intervención en Iraq –entre los que Francia se encontraba en primer lugar–. Kagan subraya un verdadero problema de Europa, pero sin duda, exagerando la debilidad de aquella región gracias a una comparación demasiado estrecha con Estados Unidos.

          La entidad europea tiene, en efecto, un problema de definición en la escena internacional. Sin embargo, es necesario conocer las razones y no reducir la filosofía europea a una simple expresión de miedo. Europa padece seguramente de una dificultad para afirmar su forma política, lo que se tradujo, hace unos años, en una estrategia de defensa un poco ligera e inacabada, lo que se compensó apenas parcialmente con la reincorporación de Francia al mando integrado de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) durante la presidencia de Nicolás Sarkozy.

Una estrategia de defensa inacabada

          La “estrategia de defensa” de la Unión Europea está manifiestamente inacabada en dos sentidos: no constituye sino un bosquejo si se la compara con el documento de la estrategia de Estados Unidos, tal como se formuló en 2002, revisada en 2006. Además, a esta estrategia europea no se la puede dotar de los medios necesarios que permitirían su realización. De hecho, esta estrategia depende de los instrumentos de la Otan, por lo que está estrechamente ligada a la voluntad de Estados Unidos, aun teniendo en cuenta que hay una colaboración más cercana en estos últimos tiempos, en particular con la designación de un oficial superior francés en un comando localizado en territorio estadounidense.

          El texto de la estrategia europea de defensa aparece como un esbozo, en el sentido de un inicio, y sin duda es un reflejo de baja intensidad de la doctrina estratégica de Washington y de su concepción del mundo actual. Este texto se publicó en Bruselas, el 12 de diciembre de 2003, con el título Una Europa segura en un mundo mejor. Estrategia europea de seguridad. Se integra a la Identidad Europea de Defensa, de la cual la Política de Seguridad y de Defensa es el brazo activo. Este documento se escribió con la responsabilidad del español Javier Solana, el anterior secretario general de la Otan, lo que significa que está enterado de los razonamientos estratégicos. En el texto se insiste sobre la seguridad y la paz de los cuales goza Europa hoy en día, en comparación con la primera mitad del siglo XX. El medio que puede permitir la perennidad de esta paz y su proyección hacia el exterior es el multilateralismo. Las amenazas más importantes a las cuales se enfrenta este multilateralismo y que se deben contener son, sobretodo: el terrorismo, la proliferación de las armas de destrucción masiva, los conflictos regionales (en los alrededores o en otra parte del mundo), la “desintegración de los estados” y el crimen organizado.

          Se ve inmediatamente la debilidad conceptual de este documento: los fenómenos presentados son de naturaleza muy diferente. A pesar de este problema, hay un cierto número de medidas que se proponen para enfrentar tales amenazas. No sólo se trata de la participación en la resolución de los conflictos localizados o regionales y en el control de las crisis, sino que se impone la construcción de “la seguridad en nuestro vecindario”, especialmente en la región de los Balcanes y en el Medio Oriente.
 
          El multilateralismo interviene en este punto para unificar los elementos de diferente alcance y naturaleza citados antes. Pero reaparece con su herramienta imprescindible: el derecho internacional y todas las organizaciones internacionales que lo producen o, por retroacción, que son su producto, y con el “marco fundamental” en este terreno, es decir, la Carta de la Naciones Unidas. La apertura espiritual o mental que preside y se difunde en este texto se lee en la importancia conferida a las “relaciones transatlánticas”: estas relaciones, se dice en el texto, “constituyen uno de los elementos esenciales del sistema internacional, no sólo respecto a nuestros intereses bilaterales, sino también porque fortalecen a la comunidad internacional en su conjunto. La Otan es una expresión importante de esta relación”.

          Finalmente, el aspecto político de esta estrategia se destaca con el particular acento puesto sobre “una capacidad diplomática más fuerte”, lo que afirma una insistencia sobre la cooperación con los socios y la puesta en relieve de lazos operacionales entre la Unión Europea y la Otan. Ahora bien, sobre este plano de dependencia, implícitamente adoptada, con la Otan  se puede considerar la forma política que respondería mejor a la estructura de la Unión Europea, tal como se presenta hoy en día, y también a la consolidación de un conjunto coherente de los lazos y tratados con las entidades extraeuropeas, en especial con Estados Unidos.

Una federación en gestación

          Los debates a propósito de la forma política que puede tomar la Europa institucional no fueron objeto de publicidad ni tampoco expresaron una coherencia similar a las de los federalistas y de los antifederalistas en la naciente república norteamericana en 1787-1788. Algunos observadores, sociólogos, politólogos y juristas han propuesto, a pesar de esta situación, una reflexión que parte de la estructura presente de Europa y que considera que la forma política más adecuada se encuentra en lo que llamamos la federación.

          En este ámbito, el problema teórico tiene gran importancia porque se han originado muchas confusiones alrededor de dicho concepto. Hay que destacar, especialmente, una constante de la reflexión política y jurídica, que consistió, en focalizar la atención en la noción de soberanía, viendo en ella un obstáculo a la constitución de una federación. No obstante, el jurista alemán Carl Schmitt ya había advertido sobre la índole específica de la federación en una de sus obras mayores: su Teoría de la Constitución de 1927. Había subrayado el peligro, para la comprensión de la realidad, de la superposición de la federación y de la soberanía. La confusión central consistía en considerar que si no había soberanía en la entidad donde se agregan muchas entidades, entonces se podría decir que nos encontrábamos en una confederación. En este caso, la federación habría supuesto la superación hasta la anulación de las soberanías de las entidades que se federan en una entidad englobándolas, esta última con los medios y características del Estado clásico. Por supuesto, no se encuentra nada similar en lo que atañe a la Unión Europea, por lo que se requiere repensar la federación teniendo en cuenta con las diversas influencias que concurren en la manera de concebir Europa.

          Estas herencias y características más recientes son las siguientes: en primer lugar, la herencia histórica de la Europa de las naciones, la cual, se ve claramente, perdura en la dificultad de solucionar numerosos puntos de desacuerdo intraeuropeos, en particular en lo que concierne a los temas de política exterior. En efecto, cada Estado de la entidad europea continúa, más o menos (y más que menos), cultivando su propia política a fortiori, cuando se trata de los estados más grandes del conjunto europeo. La segunda herencia es la de la Europa-civilización. Concebida a mediados del siglo XX por Jean Monnet. Se presenta como una combinación de instituciones comunes y de comportamientos nuevos de parte de los ciudadanos europeos que desemboca en los Estados Unidos de Europa.

          Hay que subrayar también una concepción bastante reciente: la de la Europa de los derechos, más precisamente de los derechos humanos, que se fundamenta en el importante camino que ha recorrido el continente europeo en esta materia. Tal concepción parte de un presupuesto no aclarado: que una política común puede y debe fundamentarse sobre estos derechos. El planteamiento es menos que evidente si se confunde con este otro: que la política puede defender los derechos humanos, pero que no es evidente que pueda definirse exclusivamente por estos derechos. Adicionalmente, de esta última definición de la Europa actual, surge un problema de delimitación geográfica porque no comprende fronteras claras y puede, teóricamente, incluir a todos los países que respeten los requisitos esenciales de las declaraciones de derechos . La mezcla de estas Europas y de las prácticas institucionales a partir de finales de los años cincuenta no deja de plantear interrogantes.

          Un aspecto teórico, pese a ser complejo, puede ser parcialmente superado por una noción de federación bien pensada, que contrarreste las debilidades de la Unión Europea (UE). Al respecto, dos autores han desbrozado el terreno durante estas últimas décadas. En un reciente libro, el jurista francés Olivier Beaud  estudia las formulaciones históricas y jurídicas de la institución federal a partir de la cuestión europea actual. No profundiza en esta última, pues su meta es aclarar el problema teórico con base en ejemplos y doctrinas de la época moderna. Sin embargo, su entrada en materia es clara: es imprescindible conocer lo que es una federación para saber si Europa está en curso de volverse una.

          Beaud escribe: “El proyecto de escribir un libro sobre la federación apareció en reacción a la actualidad política. La firma en 1992 del Tratado de Maastricht y la transformación correlativa de la Comunidad Económica Europea en una Unión Europea parecía indicar una profundización política de la Europa institucional que los juristas tienen tanta dificultad para calificar” (p.1). Subraya además: “(…) la tesis central aquí sostenida, aquella según la cual la federación es una entidad político-jurídica autónoma que se distingue (…) del Estado y aun compite un poco con él en la categoría pobre de las formas políticas” (p. 423).

          Aquella búsqueda de calificación la había examinado anteriormente el sociólogo francés Jean Baechler, en quien Olivier Beaud se había inspirado . Baechler consideraba que si los europeos querían estar presentes en la historia, y no salir de ella, deberían erigir una federación europea. Según el mismo autor, la federación tiene “la estructura de una politia”, es decir, que es una “unidad de acción” comparable con el Estado pero diferente y, en el contexto internacional dado, constituye un “individuo”. En cambio, una confederación es una alianza. No es tampoco una nación, pero puede estar compuesta de aquéllas. No es un imperio, porque el imperio tiene un meollo conquistador que no se encuentra en la idea europea contemporánea.

          La federación manifiesta entonces tres niveles de integración: el federal, el nacional y el provincial (o regional, podríamos agregar). Una regla central es el principio de subsidiariedad, es decir, que un asunto público debe tratarse siempre en primer lugar a escala local para garantizar la participación de los ciudadanos. Su régimen político no puede ser sino democrático porque la federación europea no puede reintroducir la aristocracia, ni tampoco un gobierno oligárquico. Su forma particular será pues parlamentaria, para reducir los conflictos entre el presidente (procedente de la mayoría legislativa) y el parlamento. Finalmente, la federación tendrá una cierta morfología, “el cimiento que permite a los hombres vivir en conjunto de una generación a otra y actualizar su humanidad en un contexto cultural dado”.

¿Puede sobrevivir Europa?

          Recientemente se celebró en Francia un coloquio cuyo tema fue “La Unión Europea y el terrorismo” . Después del análisis de todas las formas de terrorismo y de los medios para luchar eficientemente contra él, un conferencista observó que una de las dificultades encontradas por Europa tiene que ver con el hecho de que no es una federación. “Tengo ganas de decir que todavía no es una federación”, agregó. ¿Estados Unidos esperará a que Europa se convierta en una federación para considerarla un socio imprescindible en su estrategia internacional? ¿Cuánto tiempo va a esperar, o quiere continuar tratando con los europeos, socios a veces indóciles pero a quienes puede imponer sus puntos de vista? El 1° de noviembre de 2009 se instaló una nueva Comisión Europea; se esperan nuevas orientaciones y una nueva política para enfrentar los desafíos del mundo.
 
          Es una banalidad decir que vivimos en un mundo multipolar. La emergencia de países como China, la India y Brasil testimonian los cambios en el orden geopolítico. Estados Unidos y Europa han integrado estos cambios en sus reflexiones estratégicas, pero no llegan necesariamente a las mismas conclusiones.

          “China es un país antiguo, pero una potencia económica todavía joven”, escribe el especialista francés François Godement . Es la segunda potencia económica del mundo, superando a Japón en crisis; se aproxima a Estados Unidos, al que puede alcanzar dentro de una década. Jamás en la historia su poder fue tan grande. Algunos no dudan en imaginar un mundo gobernado por China y Estados Unidos: una “quimérica quimera”, según las palabras del británico-americano Niall Ferguson para designar a un país imaginario formado por China y Estados Unidos. Sería el G-2 –comenta graciosamente Luis Bassets –, la institución que va a sustituir al G-8 y al G-20, si los otros, especialmente los europeos, no se espabilan”. Bassets reconoce que “hay también elementos que se repelen por su misma naturaleza. Las estructuras del poder no son tan sólo distintas, sino abiertamente incompatibles.”

          De aquí la suerte de la Unión Europea; si existiera la tentación para Estados Unidos de crear un mundo bipolar con China –como la hubo en el siglo XX con la Unión Soviética–, los riesgos estratégicos serían para Estados Unidos. No se deben olvidar los pesos demográficos: China e India, obviamente, tienen un largo futuro por delante. Brasil tiene una posición regional; es un gigante en América del Sur frente a otros, más gigantes: China, India, Estados Unidos y Rusia.

          Dentro de este nuevo panorama mundial, nos parece que Estados Unidos y Europa no tienen otra solución que reforzar sus relaciones y unirse para mantener sus potencias políticas y económicas. Esa es la estrategia que Occidente debe adoptar en el nuevo juego de ajedrez mundial frente a las nuevas potencias, China e India. Nos parece que la única vía pertinente para el mundo atlántico pasa por la revitalización de Europa gracias a una auténtica federación, y por la conciencia norteamericana de sostener una política de solidaridad con Europa y América Latina pues, después de todo, esta vía se enraíza en la historia común de todos nuestros países.

Jacques Carbou. Filósofo y economista. Venezuela. Stephen Launay. Politólogo. Francia

Fuente: Revista Perspectiva

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