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Año III - Nº 142 - Uruguay, 05 de agosto del 2005

 
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Recorriendo Montevideo
por Fernando Manzoni

 

"Prendida del cielo
la llama de Ancap
color aurirrojo al vuelo
acaricia la rambla portuaria"

Dejamos la Ciudad Vieja con sus veredas estrechas y sus casas de mil colores, desde la Aduana, la Rambla portuaria nos invita a recorrer un mundo hecho de barcos y marineros, por una calle ancha y con muchos árboles desde donde se puede observar la ciudad que nos mira asombrada al nuestro pasar.

Las Bovedas que resisten al pasar del tiempo nos saludan quitandose el sombrero, diciendonos con su presencia que allí la historia dejó su huella, y el Cerro de Montevideo que desde la otra parte de la bahia observa atento y vigilante, nos guiña un ojo complaciente como diciendo: "yo sí que conozco la historia de esta ciudad, desde aqui he visto todo, conservo en mi memoria desembarcos y guerras, amaneceres lluviosos y atardeceres de oro, soy yo el verdadero vigilante de esta ciudad".

De la historia a la modernización, la Rambla de adoquines se transforma rapidamente en una especie de autopista donde los autos corren a toda velocidad como queriendole robarle tiempo al tiempo, ni siquiera se dan cuenta al pasar que las gaviotas están aleteando alrededor de un viejo pesquero que tira sus redes en las aguas marrones del Río de La Plata, el olor de puerto entra por los poros, los viejos galpones abandonados y las nuevas construcciones donde reposan montañas de fardos de lana y donde se apilan como en gigantescas pirámides, miles y miles de bolsas de arpillera llenas de trigo nos saludan al pasar, rapidamente e imaginariamente abandonamos la vieja muralla y nuevamente el Cerro nos mira y nos autoriza a seguir en nuestro viaje diciendonos "adelante" desde su cima impetuosa con su fortaleza que brilla iluminada por los rayos del sol.

La Teja, barrio obrero y trabajador, donde la vida continua a llenar las aceras de cemento y los patios de glicinas, Carlos Maria Ramirez nos recibe con su movimiento inusitado, el 125 que pasa soplando, cansado de su enesimo viaje, por la subida que conduce al Cerro con la sonrisa pintada en la cara, Plaza Lafone, el Club Progreso con sus colores oro y rojo que supieron y saben extremecer una población que ha siempre sido protagonista de la historia reciente del pueblo uruguayo. La Teja siempre presente, solidaria y amiga, en tiempos de lucha, de festejos y de carnaval con su Reina de la Teja llevando el espiritú de su gente por todos los barrios montevideanos.

Y se arrima al Prado
busca el Rosedal
entre senderos y abuelos
testigos de historias centenarias

El Viaducto se sacude
con un ómnibus que sube
se alegra el Parque Posadas
puesta la mirada en la ventana
toda la ciudad por la ventana...

Carlos María Ramirez y Agraciada: estamos en el Paso Molino, punto neuralgico del comercio montevideano, era aqui que en las fiestas de fin de año haciamos nuestras compras, recorriendo los cientos y cientos de puestos que ofrecían de todo, desde la ardillita para los niños hasta las cañitas voladoras para los más grandecitos, pasando por los garotos brasileros y los juguetes "made in Taiwan", uno se bajaba del ómnibus y caminaba esperando de encontrar el lugar justo para comprar los zapatos más baratos, y recorriendo pasabamos por las panaderias y tiendas, bazares y casas de electrodomesticos, casi sin darnos cuenta mientras por Agraciada los ómnibus y autos nos aturdían con sus motores y bocinas.

Cuando levantabamos la mirada, el imponente viaducto nos estaba observando, escondiendo en sus entrañas nuevos negocios y nuevos puestos con articulos de ceramica y artesanias.

El 181 para Pocitos está por salir, es mejor apurarse antes de que se vaya, corremos, cruzamos la vía sin mirar, mientras tanto el arroyo Miguelete corre libremente con sus aguas sucias y mal odorantes hacia la Bahia de Montevideo. "Dos" decimos al guarda que arranca con su mano temblorosa de dedos gastados de cortar boletos, dos pedazos de papel con escrito CUTCSA. La ventanilla nos presenta el panorama, nos invita a recorrer la ciudad que es nuestra, donde nacimos, crecimos y vivimos, el verde del Prado nos va llenando los ojos y el alma, el sol tibiamente calienta nuestros rostros, nos trae recuerdos de la niñez, caminando por el Rosedal y corriendo desenfrenadamente hacia la fuente pintada de blanco donde nadan los peces de mil colores, mientras el agua llena de hojas de los rosales se mantiene limpia y cristalina.

Los enamorados se besan, los abuelos recuerdan su juventud mientras mastican sin dientes un pedazo de pan que llevan escondido en el bolsillo del saco remendado, un gol en la cancha de Wanders nos despierta de la modorra, mientras en la rural del prado, el payador canta sus coplas y el relator grita "campana" para incitar a los jinetes a domar mejor ese pingo.

El Jardín Botánico es un lugar de sueño, es allí que viven en armonía especies de vegetales de todo el mundo, desde el sauce llorón del Río Santa Lucía hasta el Eucaliptus australiano pariente del eucaliptus de Atlántida, tunas, plantas acuaticas o enredaderas conviven en un gigante edén donde el tiempo parece detenerse, los niños con sus bicicletas recorren una y otra vez los senderos llenos de cartelitos negros y blancos que indican en latín los nombres de las plantas, los grandes portones invitan a los enamorados a saltar durante las noches de luna para amarse eternamente sin ser vistos mientras desde la cima de los árboles, ojos curiosos observan y sonrien.

Aparicio Saravia está ahí en la esquina de "Larrañaga" y Millán, con su poncho blanco que lo ha acompañado en gestas heroicas hasta la muerte, mientras el Parque Posadas recibe a los pasantes con sus colores anaranjados en una ciudad en la ciudad.

Seguimos nuestro viaje, recorriendo los rincones de nuestro Montevideo.