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Año V Nro. 315 - Uruguay, 05 de diciembre del 2008   
 

Visión Marítima

historia paralela

 

Ortega rumbo al fascismo
por Daniel Morcate

 
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         Daniel Ortega regresó al poder en Nicaragua con trampa y un exiguo apoyo popular y es evidente que pretende perpetuarse en él de la misma manera. Por eso recientemente presidió sobre el mayor fraude electoral que se recuerda en su país desde los tiempos de la dictadura que él mismo encabezó en los años 1980, cuando su partido sandinista lograba el milagro de las unanimidades aparentes que es consustancial a todas las tiranías que fingen ser democracias. Esta vez, sin embargo, Ortega y sus aliados en el fraude no han logrado evitar un sonado escándalo que podría y debería provocar el aislamiento internacional de Nicaragua.

         Como suele hacer Hugo Chávez en Venezuela, Ortega cocinó el fraude a fuego lento durante los meses previos a las elecciones municipales que se perfilaban como un referendo sobre su gestión. Fue así como socavó a la opositora Alianza Liberal Nicaragüense, declaró ilegales al Partido Conservador y al Movimiento Renovador Sandinista, que agrupa a las personalidades más dignas y consecuentes del sandinismo histórico, burocratizó para demorar la concesión de cédulas a votantes potenciales y usó descaradamente los recursos del estado para promover a su partido durante la campaña electoral. Aun así, el pasado 9 de noviembre, día de las elecciones, tuvo que recurrir al robo desfachatado de la voluntad popular y a la violencia para garantizar los resultados que deseaba.

         Observadores imparciales constataron serias irregularidades durante la votación por lo menos en 33 municipios del país, incluyendo Managua, donde el ex campeón mundial de boxeo, Alexis Argüello, se prestó para afanarle la victoria al empresario liberal Eduardo Montealegre. Se dice que el fraude en la capital se consumó durante una misteriosa paralización del conteo de votos, socorrida artimaña que en su día utilizó el dictador Anastasio Somoza, el antiguo enemigo que, por una ironía del destino, parece haber reencarnado en Ortega. La oposición indignada respondió con una marcha de protesta pacífica. En el estilo fascistoide que lo caracteriza, Ortega la reprimió con las consabidas turbas de ''simpatizantes'' que llevó a Managua desde distintos puntos del interior. La porra orteguista destruyó vehículos de los medios de información y apaleó sin misericordia a periodistas que reportaban el zafarrancho.

         La Unión Europea, la Organización de Estados Americanos y Estados Unidos oportunamente han condenado o cuestionado el fraude electoral en Nicaragua. Lo mismo han hecho influyentes medios, como la revista Time, el diario Washington Post y el semanario The Economist. Pero todos deberían sumarse ahora a la exigencia de la oposición democrática nicaragüense de que se anulen las elecciones o se recuenten los votos, especialmente en los municipios disputados, en un clima de transparencia que a mi juicio sólo pueden garantizar observadores internacionales. Ortega, por supuesto, hará lo posible por impedirlo. Su único reclamo de legitimidad electoral son las felicitaciones que ha recibido de la dictadura castrista y del ALBA, ese aquelarre de caudillos neofascistas disfrazados de dirigentes progresistas.

         El gobierno del presidente Bush, abrumado por problemas nacionales de mayor envergadura, vacila sobre si debe o no suspender la asistencia millonaria con que respalda a la frágil democracia nicaragüense. Esa vacilación debería cesar. El proyecto autocrático de Ortega no deja otra alternativa a los amigos de la democracia en Nicaragua que congelar la ayuda. Así lo han visto ya diversos gobiernos europeos que se preparan para recortar sus generosas dádivas a Managua. Ortega y sus secuaces podrán robarse las elecciones. Pero no tienen por qué adueñarse también de la voluntad de los demócratas dentro y fuera de Nicaragua de resistir a sus designios autoritarios.

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Fuente: AIPEnet
 
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