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Ponerse al día con varios finales inéditos por Fernando Pintos |
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Siempre he disfrutado en grande leyendo las fábulas, todos aquellos magníficos relatos de unos animales que hablan y se comportan como seres humanos y protagonizan historias que suelen terminar convenientemente adornadas con una moraleja. Hasta ahí, todo perfecto.
Pero, al paso que vamos hoy día, salta a la vista que Esopo, Samaniego, lriarte y La Fontaine, los maestros indiscutibles de aquel género, se están quedando obsoletos. Y debido a ello me parece que hoy, en esta época tan diferente, la mayor parte de aquellos encantadores relatos moralizantes debería tener unos finales absolutamente diferentes. He aquí que, consciente acerca de este trascendental asunto, he decidido aportar mi granito de arena para que las generaciones actuales de imberbes y provectos puedan disfrutar de algo más… A giorno… Véanse, entonces, algunos ejemplos.
Fábula primera. Contemplad, si no, aquella deliciosa historia protagonizada por la zorra avorazada y aquel inalcanzable racimo de uvas… Absolutamente furiosa por su mísero fracaso, la raposa comenzó a deambular por el bosque, en tanto se tironeaba con furia los pelos del hocico y gritaba a otros animales unos disparates de tamaño calibre, que mi pluma se resiste a transcribirlos siquiera tangencialmente. Entonces… La enajenada criatura balbuciente llega hasta un supermercado y se encuentra allí con unas botellas de vino chileno, en oferta. La zorra medita entonces el asunto: ¿Es que acaso el vino no se hace con uvas?, soliloquea. De tal guisa, este personaje se colocó, allí mismo, la borrachera del siglo... ¿Y qué decir de la resaca, que le duró por más de tres días?
Moraleja: “si no tienes uvas, bueno será el vino”.
Fábula segunda. He aquí a la gallina de los huevos de oro. Durante varios siglos se ha especulado, morbosamente por cierto, en torno a la idea de que el culpable de su trágica desaparición había sido el zopenco de su dueño. Mas resulta que todos estaban equivocados. Estudios desarrollados recientemente por un equipo científico en la universidad de Harvard demostraron que, en realidad, el causante de aquel lamentable desastre no fue otro que un flamante ministro de Economía y Finanzas. (¿Y cuándo no?).
Moraleja: “Gobiernos y burocracia, en todas las épocas ha habido” (y los seguirá habiendo, lo cual es todavía peor).
Fábula tercera. Contemplemos, ahora, al diminuto ratoncillo que se burlaba del elefante con tan festinado humor. En realidad, se trataba de una ratoncilla. Ahora bien: tal como suele suceder en esas telenovelas al estilo de “Betty la fea” o “Pedro el escamoso”, aquellos personajes tan dispares terminaron enamorándose, poco después pasaron por el altar y, tras vivir una noche de bodas verdaderamente accidentada, vivieron felices... Hasta que él se fugó con su secretaria, una astuta musaraña que se pasaba todo el día murmurándole al oído: ¡Eres todavía más hermoso que el senador Mujica!
Moraleja: “Los diamantes son eternos. En cuanto al amor, ¿quién sabe?”.
Fábula cuarta. Finalmente, veamos qué pasaría con el caso aleccionador de la cigarra y la hormiga. Ésta no conoce el descanso y es de temer que, de continuar así, terminará en el seguro social o en una clínica siquiátrica. Por su parte, la irresponsable cigarra se pasa todo el santo día deambulando caóticamente por el bosque, mientras se dedica exclusivamente a cultivar la chunga, la guasa y el pitorreo. ¡Y a gastar estúpidas bromas a todos los animalitos que se ponen a su alcance! Ahora bien, ¿irá por casualidad aquella inconsciente disoluta a implorar clemencia de la industriosa hormiguita, una vez que haya llegado el crudo invierno? ¡Nada de eso! La cigarra no sólo era una libertina escandalosa. También traficaba con toda clase de estupefacientes. Y para colmo, también se dedicaba a lavar dólares. En consecuencia: mientras la pobre hormiga tiritaba de frío y maldecía, tanto la canasta básica como los precios mundiales del petróleo, ella se fue de crucero por el Caribe, para seguir con su orgía irrestricta debajo de alegres palmeras.
Moraleja: “Cosas veredes, Sancho amigo…”.
Damas y caballeros, que tengan ustedes muy buenas noches (¡Ejem!).
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