Año III - Nº 112 - Uruguay, 7 de enero del 2005

 

 

 

 

EL TURRÓN AMARGO Y EL CHAMPAGNE ÁCIDO
por Graciela Vera
Periodista independiente


Las luces de Navidad brillaron menos quizás porque las bombillas de colores también tienen alma y ésta se entumeció ante el estrépito de la guerra que no se detuvo porque el Hijo del Hombre llegara al mundo.

Nadie se acordó de pedir una tregua para que Papá Noël no fuera a morir por la explosión de un coche bomba o un tren que no llegaría a destino.

Demasiado hambre, demasiada desesperación, demasiados cercanos los recuerdos de la destrucción en las Antillas y la desesperante miseria de los haitianos; todavía visualizados en las retinas la escuela de Osetia del Norte y sus niños, inmolados en una lucha de la que no formaban parte.

Las copas se levantaron en un brindis casi tímido y dejamos para después del día de Navidad, el balance de un año que no dio respiro al dolor.

Masticamos el turrón que nos dejó un sabor ácido quizás porque entre nuestras papilas aún permanecen residuos salobres de lágrimas que aún los menos sentimentales no han podido ocultar.

El 2004 no fue un año como otros. Aún está muy cerca para darle un lugar en la historia pero seguramente lo recordaremos como el año en el que todas las miserias humanas escaparon de la Caja de Pandora.

La decapitación de seres indefensos como forma de presión a los gobiernos; la vejación de prisioneros; la destrucción de ciudades con biliosos y poco sostenibles argumentos de autodefensa de una democracia vejada; humillada desde que se la proclama como pretexto para matar e imponer la muerte.

Nuestro trozo de turrón tuvo el gusto amargo de los que saborearon, real o supuestamente, cuarenta millones de seres infectados de sida. Pero la Noche Buena pasó y esperábamos que terminara el día de Navidad para hacer el tradicional balance de fin de año.

Darfur, donde tres millones de hombres, mujeres y niños esperan en vano una esperanza que nadie les brinda, abre la lista de los fracasos de la institución en la que todos ponemos las esperanzas de paz.

En el 2004 las Naciones Unidas aparecieron a los ojos del mundo incapaces de contener y encausar; el Organismo se desangra transformado en un anfiteatro donde las decisiones se negocian y las verdades se disfrazan.

Un muro se levanta, ignominioso sobre las tierras donde hace dos mil años los poderosos hincaron su rodilla ante un niño humilde y le llamaron Rey de Reyes y en esta parte del mundo preparamos el recibimiento de un nuevo año y en el frigo guardamos una botella del mejor champagne.

Las hojas donde anotamos en escueto resumen un pretendido balance del año que finaliza se salpican de manchas negras. Las observamos con recelo y buscamos explicaciones.

Sangre seca, sangre mal oliente que desborda los ríos de Chechenia y satura los pozos de Irak; en los campamentos de refugiados del Chad el hambre y la sed no dan tregua.

Mientras escribí el párrafo anterior cinco seres humanos murieron de inanición, dos de ellos tenían menos de cinco años y en nuestra mesa se amontonan los dulces y salimos presurosos a realizar las últimas compras del año.

El festejo requiere luces y las luces tintinean, cansadas en su inhumano arrepentimiento, de iluminar tanta desidia.

El balance del año 2004 se cerró en España con la muerte de 74 mujeres por violencia doméstica y miles más en el resto del mundo; en Colombia las Farcs siguen secuestrando y en Chile un dictador sigue haciéndose el loco para que no le recuerden ni los estadios de fútbol sin fútbol, ni las tumbas comunes.

Fue un año diferente, un año en el que más que esperanzas se cimentaron temores. Un año en el que los logros científicos, que los hubieron importantes, no alcanzaron para suplir el horror.

En Marruecos, a diez meses del terremoto aún se lloran los desaparecidos y los sismos recorren en olas de muerte los países más pobres. ¿Será la ira de los dioses lo que hace temblar la tierra?

¡Con cuánta ilusión esperábamos el final de tanta desazón! ¿Qué más podía suceder en un año en el que ni la naturaleza ni los hombres habían escatimado artimañas para destruir?

Faltaba un golpe más, un golpe bajo como todos los que nos había pegado el 2004. Un maremoto asoló Indonesia, Sri Lanka, Tailandia y la India y la gente murió& cuando los gobiernos llegaron a los ciento cincuenta mil se cansaron de contar pero son muchos más los que ya no existen.

Una catástrofe sin precedentes en las últimas décadas. Nunca se sabrá cuántos fueron los muertos; más de la mitad fueron niños ¿Doscientos mil? ¿Quinientos mil?

Mientras los cuerpos se entierran en fosas comunes, sin ceremonias y sin siquiera intentar darles un nombre, la tierra se sigue sacudiendo y el temor a otras olas gigantes se apodera de millones de personas que lo han perdido todo.

En el brindis se había incrustado la desesperanza pero el año terminaba y nada peor podía suceder& ¿qué más si la humanidad ya no tenía fuerzas para clamar por un respiro?

La copa se llena de bebida espumante. ¡Por un 2005 mejor&!, apenas hemos probado el champagne y éste se torna ácido en nuestras bocas& el fuego& Buenos Aires, tan cerquita del paisito, tan caminadas sus calles& la imprudencia, la avaricia, ciento ochenta muertos más para la lista y recién hemos comenzado a garabatear en una hoja en blanco, el dolor de un año que comenzó con dolor.

Almería, el sur del norte, enero 3 de 2005