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Oficialismo y Oposición
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| por Alejandro Olmedo Zumarán |
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Mientras el partido peronista muestra una amplitud exagerada albergando en sus filas candidatos que defienden el neoliberalismo, por llamarlo de alguna manera, como Carlos Menem o un populismo endémico como el actual presidente. Mientras admite hombres de derecha o de izquierda, incluso terroristas, quienes en un principio y siempre en palabras de Juan Domingo Perón merecieron la calificación de juventud maravillosa, para luego ser llamados “estúpidos imberbes” y ser echados de la Plaza de Mayo junto con muchos legisladores también expulsados luego de una reunión que Perón mantuvo con ellos en la Quinta de Olivos, la oposición no puede formar una alianza entre dos candidatos.
Con mucho menos poder de convocatoria, estructura y medios, el verdadero problema de los intentos de alianza, es la intolerancia mutua que hay entre los distintos candidatos opositores.
Los integrantes del partido justicialista se encolumnan verticalmente detrás de quien maneja los hilos del poder, sin que importe la ideología. Tienen a su servicio los recursos del poder y toda la estructura.
La oposición en cambio, no se pone de acuerdo porque miembros de los partidos más progresistas y garantistas tildan por ejemplo al posible socio de ser un representante de poderes económicos concentrados y eso es incompatible con el partido, como ha ocurrido recientemente con el Dr. Ricardo López Murphy, quién ha intentado formar una alianza con el partido de Elisa Carrió.
Al mismo tiempo la líder de ese partido ha formado alianzas con personas cuya característica no es precisamente la lealtad. Personas que utilizaron títulos que no tenían, situación sobre la cual los integrantes del partido no han abierto la boca.
O sea que esta gente que aspira a gobernar envía su primer mensaje, si piensan como nosotros todo bien, sino, todo estará mal.
Kirchner en el pasado reciente, apoyó a Carlos Menem de manera frenética como manda el manual del buen peronista. Ahora su discurso ha cambiado en forma notable, sin que dentro del peronismo esto importe, ya que todos los que apoyaron a Menem en los 90, hoy adhieren al discurso del presidente actual.
En el peronismo todo se mueve en relación a quién ejerce el poder, sin que interese como lo haga, sólo que lo ejerza. Luego podrá venir otro que ideológicamente se manifieste en forma contraria y los integrantes también lo apoyarán respetando la tradición verticalista.
Es por esto que pueden gobernar, aunque en las formas sea cualquier cosa menos una forma de gobernar.
Mientras tanto los opositores no se pueden unir, porque todos creen que son los únicos designados y elegidos, vaya a saber por quién para dirigir los destinos de la Patria.
Ellos se escudan detrás de una ideología, son verticalistas a la ideología que todo lo domina, a tal punto que quien respeta esta manera de pensar, aún cometiendo acciones condenables, es aceptado.
Así es que el presente argentino se debate entre un sistema que se podría llamar de partido único, pues concentra gran parte de los votos y unos partidos mínimos que, aislados, apenas reúnen tan ínfimo porcentaje de los mismos que ni siquiera llega a inquietar a la mayoría gobernante.
¿Dónde queda la defensa de los intereses de la Nación?
¿La oposición piensa en el futuro del país o por el contrario los integrantes de los partidos opositores piensan sólo en su proyecto sin que les importe el bien común?
Al fin y al cabo la Argentina tiene un sistema de partidos en el cual quien domina, gobierna para acrecentar su poder y su patrimonio, lo que obliga a permanecer ininterrumpidamente en el mismo como cobertura de sus acciones, y del otro lado tenemos una oposición que espera el milagro de que su proyecto personal se imponga algún día para quizá hacer lo mismo que el partido gobernante.
Mientras el oficialismo llama a la concentración con los iguales, los opositores esperan que sus colegas se integren pero eso sí pensando igual.
Lo que se percibe es que tanto uno como el otro no ven como objetivo su compromiso con la sociedad sino el propio interés y esto es decepcionante.
Hace décadas que se reclama la aplicación de una serie de políticas de estado frente a problemas tales como la inversión en educación, salud y en seguridad. Asimismo urge una más justa distribución del ingreso, la eliminación de la pobreza y el recupero de las instituciones de la República.
Lo único que han mantenido estable los sucesivos gobiernos es la tasa de corrupción, la decadencia continuada y el quebrantamiento de lo que permitiría insertarnos en el mundo.
Hemos empeorado año a año. ¿Tenemos esperanza?
¿Prevalecerá el sentido común que parece ser en estos momentos el menos común de los sentidos?
Tengo más preguntas que respuestas, tal vez la definitiva será la que nos den las urnas el 28 de Octubre venidero.
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