Miembro de apdu
   
Año IV - Nº 250
Uruguay,   07 de setiembre del 2007
separador Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
 
separador

1

ha

historia paralela

2012

legra

humor político

apdu

 
1

Difundiendo a Quijano

Por caminos, trillados
por Carlos Quijano - Colaboración de Pedro Hernandez
 
separador
 
mail
mail Email del Autor
notas
Otros artículos de este autor
pirnt Imprimir Artículo
   

Sin conocer a grandes trazos la historia del país, difícilmente dejemos de decir y escribir tanto palabrerío hueco y tan fuera de las causas que han conducido al mismo a este cruce de caminos que puede cuestionar su existencia como tal. Seguimos con los discurso de reclamos corporativos sin atender la visión país, como si las crisis no hubieran existido. Las enseñanzas de la historia no se pueden seguir ignorando, la factura al final se paga. Hoy atontados estamos recibiendo los impactos de un mundo que “voló”, mientras nosotros discutíamos diferencia internas, como si a éste le interesaran. Valga como ejemplo; el incremento del valor de los granos que lleva al de la tierra y al de la renta de ésta. La lechería frente a una escalada en el alza de los precios sin precedentes. Todo ello con sus impactos nos toma resolviendo temas de endeudamiento, endémicos. Nos toma de cara  a una despoblación de la campaña - entre 1963 y 2000 emigraron 308000 personas del medio rural - y a un empobrecimiento y envejecimiento relevante de los que quedan en la  misma. Los dirigentes políticos y rurales que por más de 60 años no vieron nada se rasgan las vestiduras, no realizan una reflexión  autocrítica asumiendo la responsabilidad que les cabe. Por el contrario muchos reclaman –una vez más - leyes para resolver un tema de la economía. Un tema fruto de un manejo político que practicamos históricamente, el del dejar hacer y dejar pasar. Hoy todo lo que tenemos para resolver  son temas estructurales; agro, energía, pobreza, etc., etc., que tienen más de 50 años,  no se pueden ocultar más con  discursos electorales. Creo que el nivel de hipocresía está al tope. País de mitos que debe terminar con la “comedia” mediática de cultivar las formas, eludir los hechos y no asumir. La realidad del país hoy no tiene tantas lecturas como el país abogadil le hace decir a la constitución. Leer a Quijano nos permite sucintamente ver trozos de nuestra historia,  mostrándonos la conducta política y ciudadana, nos guste o no. Y este es uno de los muchos méritos que elogiamos de Quijano. En ningún libro de historia encontraremos una  síntesis  del Uruguay desde 1939 a 1984 con tanta certeza y un anuncio de muchas  cosas que nos sucederían  y nos sucedieron por no cambiar, previsión de futuro que no supimos comprender. Claro, los que siguen eludiendo, siempre encuentran algo para disminuir su aporte.
¿Vamos a seguir potenciando la anécdota diaria  en lugar de los de temas de fondo?
Seguimos afirmando, "la historia no se puede cambiar, menos olvidar".
Por ello seguimos difundiendo a Quijano.

Pedro Hernández

            Una política financiera debe ser la expresión de una política económica.

            Dicho de otro modo: la política financiera es una de las formas de realiza­ción por el Estado, de una política económica. Por tal, entendemos una política de conjunto que abarque el proceso en su totalidad y que ajuste a esa visión y a esa finalidad comunes, las distintas y escalonadas soluciones parciales que los hechos reclamen. Es decir, una política económica, y la consecuente política financiera, es un plan más o menos laxo. La redacción y ejecución de ese plan, no supone inevitablemente la supresión de la iniciativa privada y de la lla­mada "libre empresa".

            ¿Qué política económica seguir, hoy y aquí, en el Uruguay?

            En materia de gustos no hay nada escrito. Sin perjuicio de considerar y respe­tar las ajenas opiniones, nosotros vemos las cosas así:

  • El país tiene que producir.
  • Para producir tiene que trabajar e invertir.

            El país se está descapitalizando gradualmente y lucha con crecientes dificultades para lograr los capitales necesarios, fenómeno este último, por otra parte, característico y en la etapa actual agudo, de los países subdesarrollados.

            ¿Producir qué y cómo? Producir por lo pronto de preferencia, aquello para lo cual se poseen más aptitudes y se disponen de mayores posibilidades. El error de los proteccionismos o los estímulos indiscriminados, reside fundamentalmente ahí, en ser indiscriminados. No toda producción por el simple hecho de serlo, debe ser alentada. No lo hemos comprendido así, no lo hemos querido compren­der así y los resultados están a la vista. Hay pues que elegir, ordenar, jerarquizar las producciones y no sacrificar las más rentables a las menos rentables. Esta tarea es previa y exige afinados asesoramientos. Creemos y lo hemos dicho por estos días en un reportaje que nos ha hecho "El País", que en los últimos años, con cabal lucidez o sin ella, hemos practicado una política de sacrificio de la ganadería, en aras de otras actividades. Cabe preguntarse si eso ha sido positiva­mente fecundo para el país. No nos lo parece.

            No nos parece por ejemplo; que haya sido conveniente sustituir a la carne por el trigo. Pero aun dentro del más limitado ámbito de un sector de la producción, no dejan de verse los errores. Más de una vez lo hemos señalado. No es cierto que la lucha por o contra la protección sea una lucha en la cual ofician de exclusivos contendores el comercio y la industria. Si fuera así, el problema no ofrecería mayores dificultades. Hay otra disputa más honda, con prescindencia de la situa­ción del consumo. Y ella se desenvuelve entre las propias industrias. El proceso industrial, en sí, que es parte del proceso general económico, es uno y sus actividades y producciones, están concatenadas. Si se protege, sin aquella necesaria y exigible discriminación a que antes aludimos, a una rama de la industria, corre­mos el peligro de perjudicar o paralizar a otras ramas, más importantes por los capitales invertidos, los obreros ocupados, los mercados que debe servir. La pro­tección a la madera compensada; va a título de ejemplo, perjudica a la industria, del mueble. La protección al hierro, gravita sobre la industria de la construcción. La protección al papel nacional, incide sobre la industria editorial. Lo que debe preguntarse en cada caso, pues, aún vistas las cosas desde el ángulo puramente, industrial, es si la protección reclamada y acordada beneficia o perjudica a otras industrias tan o más importantes que aquella a la que se quiere amparar. Decidir­lo le compete a los cuerpos políticos; pero, ¿cómo pueden ellos adoptar resolución sin antes haber contemplado y analizado los aspectos que señalamos?

            Producir más, repetimos, no puede significar pues, producir todo y cualquier cosa. Es este un slogan simplista y frívolo, un fruto de la incompetencia que se satisface con generalidades y lugares comunes.

            Trabajar. A través de una persistente y dilatada propaganda, de una legislación empírica, improvisada, demagógica, le hemos creado a la gente, el horror al tra­bajo y la ilusión del derecho a un retiro, cada vez más temprano y aún mejor remunerado o igualmente remunerado que la actividad.

            El trabajo es una maldición y el que tiene éxito con su trabajo, un ladrón. Es éste un complejo fenómeno de psicología social, a cuya formación y manteni­miento concurren de una manera que no nos sorprende, por el hábito, todas las fuerzas que influyen, sobre la opinión: los partidos, la prensa, la propia enseñan­za, tan, libresca y teórica, tan orientada a salvar exámenes y obtener títulos, tan desprovista de intención formativa, tan carente de exigencias, de plan y de esfuerzo. Vale a este respecto nuestra, propia y dolorosa experiencia personal, cuando jóvenes rebosantes de vanidad debimos enfrentamos en Europa con estu­diantes de nuestra generación. Tuvimos que empezar de nuevo. Hasta es posible que hubiéramos "leído" más o recorrido más títulos y ambulado por más disciplinas que algunos de ellos. Pero en cambio, ellos poseían lo que a nosotros nos faltaba: la aptitud para pensar, el método, duramente adquirido, para investigar, la formación necesaria para marchar solos, por sus propios medios, sin la ayuda ortopédica de citas y de libros. ¡Cuánta cosa inútil en nuestro morral y cuánta cosa fecunda y simple que nos era desconocida!

            Ahora muchos años después, a través de nuestros hijos, asistimos, impotentes a la repetición, de nuestro pasado. No hemos progresado. La enseñanza está igual o peor que ennuestros años de estudiantes.

            No debe haber país en el mundo, por otra parte, donde el sistema de retiro,  haga brillar ante los ojos de las gentes más engañosas ilusiones. Nos hemos con­vertido en una tierra de jubilados y de aspirantes a jubilados.  

            La perspectiva de la jubilación está presente en todos nuestros cálculos y previsiones. La jubilación, es la gran meta, de nuestras vidas. El coronamiento de nuestra obra. Y cada vez queremos que esta obra, sea menor y mayor la jubilación. Y todavía, como en la, reciente y monstruosa 1ey de jubilaciones bancarias, que el estipendio futuro, se vaya ajustando periódicamente al sueldo que ganarán los que nos sucedan en el puesto. Lo que no nos impide también reclamar, que se nos permita acumular a la jubilación, a mérito de la dispersión de las Cajas o aun dentro de la misma Caja, las entradas provenientes de otra actividad que nos dis­ponemos a cumplir, para redondear las entradas.

            El problema económico, enraíza así, con un subyacente problema moral. Si los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, cabe también pensar que tienen la economía que se merecen. La crisis actual no es pues sólo una crisis de gobier­nos, de partidos, de fracciones políticas. Es una crisis honda, profunda, del país todo. Y el retorno a los hábitos del trabajo, a la disciplina fecunda y libre gozo­samente aceptada, no se conquistará, en días, ni semanas, ni meses. Acaso la bancarrota - ¡oh! manes de Francisco Ghigliani y su teoría catastrófica - pudiera apresurar la necesaria rectificación.

            Invertir. También aquí la misma pregunta vuelve: ¿en qué y cómo?

            El país necesita capitales. Los necesita cada vez más. Necesita capitales para hacer carreteras y caminos y puentes; para ampliar su puerto, para crear su mari­na, mejorar sus medios de transportes, construir usinas eléctricas; para formar y mejorar praderas, instalar centros de experimentación y de investigación aplica­dos a sus exigencias; para alambrar, empotrerar, forestar, hacer surgir aguadas; adquirir maquinarias e implementos destinados a industrias rentables y viables; para decenas y decenas de otras finalidades imprescindibles y también imposter­gables: Todo está por hacerse. No es una frase. Es una realidad que todos los días golpea. El país debe manejar sus recursos con la máxima prudencia. No puede distraer un centésimo en gastos suntuarios, en obras públicas de relumbrón, en inversiones disparatadas. Tiene que seleccionar, ordenar, jerarquizar todas sus inversiones y sólo podrá hacerlo si empieza por redactar el inventario completo de sus necesidades y se lanza en el largo plazo a cubrirlas, con sujeción a un plan, otro aspecto de aquel a que antes referimos.

            Los capitales no nacen por generación espontánea y la inflación - no quere­mos ahora detenemos en desarrollos técnicos - sólo puede proveerlos durante corto tiempo.

            Los capitales se hacen con el ahorro interno o vienen por el empréstito, que es el ahorro externo. Hemos hablado en otras ocasiones largamente sobre el emprés­tito externo. No es ahora oportuno reeditar cuanto hemos dicho. Con los dientes apretados, hay que hacer todo lo posible para no reincidir en el uso de esos em­préstitos. Pero no los evitaremos, si no trabajamos, si no ahorramos, si no deja­mos que la gente gane, si incurrimos en dispendios de tiempo y de dinero, si no obligamos a invertir, por la vía del estímulo y/o el impuesto, a quienes ganan. No hay que andar con espíritu ratonil y ánimo de escándalo lupa en mano, ave­riguando con fruición, cuánto ganan. De lo que hay que preocuparse es del empleo y distribución de esas ganancias. De igual modo, no hay que temerle al monto de los gastos. A lo que se le debe temer, es al destino de los mismos.

            Gastar diez pesos en fruslerías, es más peligroso que gastar un millón en cosas útiles.

            Están la inversión privada y la inversión pública. El Estado no puede tener frente a una u otra la misma actitud, ni emplear los mismos métodos. Que deje el sector privado a los particulares; pero que encauce o canalice las inversiones en ese sector por la vía del crédito, del estímulo, del impuesto y que se trace un plan, al margen del presupuesto de sueldos y gastos regulares, de sus propias in: versiones, para hacer lo que el particular no puede o no quiere hacer.

            Es a la luz de estos principios elementales, por elementales olvidados, que debemos clarificar nuestras ideas y fijarnos el rumbo, en vez de perder el tiempo en desconexos debates retóricos. Producir, trabajar, ahorrar, invertir, capitalizar. Una política económica será buena o mala, si contempla o no con acierto estos fines. Una política financiera expresión, reflejo, instrumento de una política económica, será también buena o mala, según conduzca o no a lograr esos pro­pósitos. No está todo dicho. Sólo queremos agregar hoy: sin duda podemos equivocarnos. La vida nos ha enseñado a desconfiar de nosotros mismos, de las verdades absolutas y de los dogmas. Pero debe creerse que ponemos en estas páginas como en tantas otras lanzadas al viento a través de los años, una profun­da y amarga angustia.

            Nada nos obligaría a escribir de acuerdo con las prácticas usuales entre noso­tros, porque hace tiempo que abandonamos todo partido. Pero por encima de los partidos está nuestra tierra que de todos modos por algo es nuestra. Vemos al país marchar al encuentro de un destino semejante al de Chile, al de la Argen­tina o al del Brasil, con una frivolidad aterradora. Y no diríamos toda la verdad si ocultáramos que tanto o más que los desaciertos de los gobernantes, nos asus­tan las ligerezas y liviandades de cierto tipo de oposición que se derrama y despa­rrama en sueltos festivos, que persigue el detalle y olvida el conjunto, que opina a diestra y siniestra a tenor de la hora que pasa, que se detiene con deleite en la hoja y se despreocupa de las raíces.

Carlos Quijano - MARCHA, 15 de julio de 1955.

1

 
21
Informe Uruguay se halla Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
Depósito legal No. 2371 deposito Nos. 338018 ley No - 9739, dec 694/974 art. 1 inc A
20
Los artículos firmados son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, la opinión de Informe Uruguay
20
 
Estadisticas Gratis